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La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Kensington con una violencia que parecía presagiar el fin del mundo. Pero para Nancy, el mundo ya se había acabado dentro de esa oficina con olor a madera cara y traición.
— Firma.
La voz de Joe Kensington cortó el aire como un látigo de hielo. Él ni siquiera la miraba. Estaba de pie frente al ventanal, su figura imponente recortada contra los rayos que iluminaban el cielo de Londres. Su traje negro, hecho a medida, no tenía una sola arruga; su corazón, al parecer, tampoco tenía una sola grieta de duda.
— Joe, por favor... —la voz de Nancy tembló. Sus dedos, entumecidos, sostenían una carpeta vieja—. Te lo ruego, mira esto. Son los registros de acceso al servidor. Yo no pude haber transferido ese dinero, estaba en el hospital con tu madre, ella puede decirte...
— ¡Cállate! —Joe se giró con una rapidez felina. Sus ojos azules, que una vez la miraron con algo parecido a la calidez, ahora solo reflejaban un asco profundo—. Mi madre está sedada por el impacto de tu robo. No te atrevas a usar su nombre para cubrir tu avaricia de huérfana.
Nancy sintió un golpe en el pecho, más doloroso que cualquier bofetada física. Huérfana. Él sabía que esa era su herida más profunda, y la estaba usando para rematarla.
— Yo te amaba, Joe —susurró ella, con las lágrimas desbordándose finalmente—. Me casé contigo sin nada, ¿por qué te robaría ahora?
— Porque la sangre no miente, Nancy. Te saqué del fango, te di un apellido, te vestí con sedas... y al final, volviste a tus instintos básicos. Te aprovechaste de mi confianza para desfalcar a la empresa que te dio de comer.
Joe caminó hacia el escritorio y, con un gesto lleno de desprecio, arrojó un fajo de papeles sobre la mesa. El sonido del papel golpeando la madera retumbó como un disparo.
— Es el divorcio. No quiero una pelea legal. Si firmas ahora, no presentaré cargos policiales. Te irás de aquí con lo puesto y desaparecerás de mi vista. Si te niegas... te aseguro que te pudrirás en una celda antes de que amanezca.
Nancy miró los papeles. Su nombre junto al de él, una unión que ella creía sagrada, ahora reducida a términos de "disolución inmediata".
— ¿Ni siquiera vas a mirar las pruebas? —preguntó ella, extendiendo la carpeta con manos temblorosas—. Aquí está el nombre de la verdadera persona que usó mi clave... Fue ella, Joe. Tu secretaria, ella...
Joe soltó una carcajada seca y amarga. Se acercó tanto que ella pudo oler su perfume de sándalo y metal, un aroma que antes le daba paz y ahora la asfixiaba.
— ¿Intentas culpar a Cynthia? Ella ha sido leal a esta familia por años. Tú, en cambio, solo has sido una mancha en mi apellido.
Él le arrebató la carpeta de las manos sin mirarla y, con una crueldad metódica, la lanzó a la chimenea encendida. Nancy soltó un grito ahogado al ver cómo las hojas que probaban su inocencia se retorcían bajo el fuego, convirtiéndose en cenizas negras en segundos.
— ¡No! ¡Joe, era lo único que tenía!
— Ahora no tienes nada —sentenció él—. Firma. Ahora.
Con el corazón hecho pedazos y la dignidad herida, Nancy tomó la pluma. Sus manos temblaban tanto que la firma apenas fue un garabato borroso, manchado por una gota de lágrima que cayó sobre el papel.
— Ya está —dijo ella con un hilo de voz—. Me voy.
— Te vas ahora mismo —Joe llamó por el intercomunicador—. Seguridad, escolten a la señora O'Connor a la salida. No se le permite llevarse nada que haya sido pagado con el dinero de los Kensington. Incluyendo las joyas que lleva puestas.
Nancy se quedó paralizada. Con dedos torpes, se quitó los pendientes de diamantes y el collar que él mismo le había regalado en su aniversario. Finalmente, llegó al anillo de bodas. Le costó sacarlo, como si el metal se resistiera a aceptar que el amor había muerto. Lo dejó sobre el escritorio.
Joe no la miró ni una vez mientras los guardias la tomaban del brazo.
Minutos después, Nancy se encontraba frente a las enormes puertas de hierro de la mansión. La lluvia la caló hasta los huesos al instante. Su vestido sencillo se pegaba a su cuerpo y sus pies descalzos sentían el asfalto frío. Detrás de ella, las puertas se cerraron con un estruendo metálico final.
Nancy se giró, mirando hacia la ventana de la oficina de Joe. Él seguía allí, una silueta oscura y distante, cerrando las cortinas para borrarla de su mundo.
— Algún día, Joe Kensington —susurró Nancy, con la voz rota pero los ojos encendidos por un fuego nuevo bajo la lluvia—, no seré yo quien suplique. Serás tú quien se arrodille en el barro, y ese día... no habrá fuego suficiente para quemar lo que voy a hacer contigo.
Nancy O'Connor caminó hacia la oscuridad de la tormenta, sin saber que, a miles de kilómetros de allí, un abogado de la familia Cavendish acababa de encontrar la última pieza del rompecabezas que la convertiría en la mujer más poderosa del continente.







