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Capítulo 4 - La Sombra del Arrepentimiento

El silencio que siguió a la partida de Maxxine Cavendish fue absoluto. En la sala de juntas, Joe Kensington se quedó solo, rodeado de sillas vacías y del eco de su propia derrota. Los accionistas se habían marchado apresuradamente, murmurando entre ellos sobre cómo congraciarse con la nueva dueña, dejándolo atrás como a un mueble viejo que ya no encajaba con la decoración.

Joe caminó lentamente hacia su oficina ejecutiva. Tenía hasta las ocho de la mañana para despejarla, tal como Maxxine había ordenado.

El despacho que había sido su santuario durante una década ahora se sentía ajeno. Empezó a guardar sus objetos personales en una caja de cartón: una foto de sus padres, su pluma de la suerte, un premio de "Empresario del Año" que ahora parecía una broma cruel. Cada objeto que tocaba le recordaba lo alto que había estado y lo bajo que había caído en cuestión de minutos.

Al levantar un pisapapeles de cristal, vio algo que no estaba allí antes.

Sobre la superficie inmaculada de su escritorio, justo en el centro, había un sobre grueso de color azul oscuro con el sello lacrado de Cavendish Global. Junto al sobre, una nota escrita con una caligrafía elegante y afilada que Joe reconoció al instante, aunque no la había visto en cinco años.

"Para que no tengas que buscar en la basura la verdad que quemaste una vez."

Joe sintió un escalofrío. Con manos temblorosas, rompió el sello y extrajo el contenido. No era dinero, ni una demanda. Era un expediente. Un informe de auditoría forense completo, detallado hasta la última coma.

Joe no esperó a llegar a casa. Se dejó caer en su silla de cuero por última vez y comenzó a leer bajo la luz tenue de la lámpara de escritorio.

Página tras página, el informe desmantelaba su realidad. Allí estaban los correos electrónicos recuperados de Cynthia, burlándose de él con sus cómplices. Allí estaban las transferencias bancarias a Cyn-Star Holdings. Pero lo que hizo que Joe dejara de respirar fue el anexo final: "Análisis del incidente de seguridad de 2020".

Maxxine —o Nancy, como su corazón insistía en llamarla— había incluido los registros del servidor de hace cinco años. El rastro digital era innegable. La transferencia que incriminó a Nancy había sido autorizada desde la terminal de Cynthia, usando una VPN barata para ocultar la IP, una maniobra tan burda que cualquier experto en seguridad la habría detectado en cinco minutos.

Joe sintió náuseas. Recordó la noche de la tormenta. Recordó a Nancy suplicándole, con la ropa empapada y los ojos llenos de lágrimas: “¡Míralo, Joe! ¡Solo mira las pruebas!”.

Y él no miró. Cegado por la arrogancia, por creerse infalible, había quemado la única prueba de la lealtad de su esposa en la chimenea de esa misma oficina.

—Dios mío... —susurró Joe a la habitación vacía—. No fue un error. Fue una elección. Yo elegí creerle a la ladrona.

Cerró la carpeta, sintiendo un peso en el pecho que ninguna cantidad de dinero podría aliviar. Había destruido a la única persona que lo amó por quién era, no por lo que tenía. Y lo había hecho para proteger a la víbora que terminó devorándolo.

Tomó la caja con sus pocas pertenencias y la carpeta azul. Salió de la oficina apagando la luz, dejando atrás al Joe Kensington, el gran CEO, para siempre.

Cerca de la medianoche, Joe llegó a su mansión. La casa se sentía enorme y fría, como un mausoleo. Entró en la habitación principal, la cual Cynthia había redecorado con muebles modernos y fríos, borrando cualquier rastro de la calidez que Nancy solía darle al hogar.

Joe dejó la carpeta sobre la cama y caminó hacia el vestidor. Empezó a buscar frenéticamente en el fondo de un antiguo armario de seguridad, apartando las joyas ostentosas que le había comprado a Cynthia. Finalmente, encontró lo que buscaba: una pequeña caja de madera que había sobrevivido a la purga.

Dentro había una fotografía polaroid, vieja y un poco doblada en las esquinas. Era de su luna de miel en Italia. Nancy estaba sentada en una fuente, riendo, empapada y feliz, comiendo un helado barato. No tenía joyas, ni vestidos de diseñador. Lo miraba a él, quien sostenía la cámara, con una adoración tan pura que ahora le resultaba insoportable verla.

Joe apretó la fotografía contra su pecho y se dejó caer en el suelo, sollozando en la oscuridad. El dolor no era solo por haberla perdido; era por saber que él mismo la había empujado al abismo. Y ahora que ella había regresado como una reina de hielo, él sabía que esa mirada de adoración en la foto nunca volvería a dirigirse a él.

A la mañana siguiente, Joe se despertó con una resolución desesperada. Sabía que Maxxine lo despreciaba, y tenía razón para hacerlo, pero necesitaba verla. Necesitaba decirle que lo sabía, que había leído el informe, que se odiaba a sí mismo más de lo que ella jamás podría odiarlo.

Se vistió con su mejor traje, aunque sus ojos inyectados en sangre y su rostro demacrado delataban su tormento. Condujo hasta el Hotel Claridge's, donde la prensa había reportado que se alojaba la delegación de los Cavendish.

El vestíbulo estaba lleno de actividad. Joe intentó pasar desapercibido, pero los murmullos lo siguieron hasta los ascensores.

—¡Es Kensington! —escuchó susurrar a alguien—. Dicen que ahora trabaja en el sótano de su propio edificio.

Joe ignoró la humillación. Su orgullo ya no importaba. Al llegar a la suite presidencial, dos guardias de seguridad con trajes oscuros le cortaron el paso.

—El señor Kensington —dijo uno de ellos, reconociéndolo—. La señorita Cavendish no recibe visitas personales.

—Por favor —suplicó Joe, con una vulnerabilidad que nunca antes había mostrado—. Solo díganle que leí la carpeta. Díganle que sé la verdad. Cinco minutos. Es todo lo que pido.

Los guardias intercambiaron una mirada. Uno de ellos tocó su auricular. Tras una pausa interminable, la pesada puerta doble de la suite se abrió.

Pero no fue Maxxine quien salió.

Frente a Joe apareció un hombre que parecía haber nacido para humillarlo. Alto, de hombros anchos y con una elegancia natural que hacía que el traje de Joe pareciera barato. Sus ojos verdes lo escanearon con una mezcla de curiosidad y desdén.

—Señor Kensington —dijo el hombre con un acento británico aristocrático—. Lamento informarle que Maxxine está ocupada preparándose para el desayuno.

—¿Quién es usted? —preguntó Joe, sintiendo una punzada de celos ácidos en el estómago.

—Arthur Windsor-Windham, Duque de Salisbury —se presentó, sin ofrecerle la mano—. Y amigo muy cercano de la familia Cavendish. He estado cuidando de Maxxine desde que llegó a Nueva York rota en pedazos.

Joe sintió el golpe. Un Duque. Por supuesto. Nancy —Maxxine— ahora pertenecía a un mundo donde los títulos nobiliarios eran la norma.

—Necesito verla —insistió Joe, intentando mirar más allá del Duque—. Tengo que pedirle perdón.

—¿Perdón? —Arthur soltó una risa seca, sin humor—. Señor Kensington, el perdón es un lujo que usted no puede pagar. Maxxine gritó su inocencia hace cinco años y usted le cerró la puerta en la cara. Ahora es ella quien decide qué puertas se abren.

En ese momento, Maxxine apareció al final del pasillo. Llevaba una bata de seda azul cobalto y tenía el cabello suelto. Al ver a Joe, su expresión no cambió. No hubo sorpresa, ni ira. Solo la indiferencia de un glaciar.

—Arthur, cariño —dijo ella, ignorando a Joe—, ¿está listo el coche? No quiero llegar tarde a la reunión con el Primer Ministro.

—Por supuesto, Max —respondió Arthur, suavizando su voz al dirigirse a ella—. Solo estaba despachando una molestia del pasado.

Maxxine finalmente miró a Joe. Sus ojos oscuros recorrieron su rostro cansado y la carpeta azul que él sostenía en la mano como una ofrenda de paz.

—Leí el informe —soltó Joe, desesperado—. Nancy, lo leí todo. Sé que fui un idiota. Sé que Cynthia me engañó, pero yo... yo debí creerte.

Maxxine se acercó unos pasos, deteniéndose a una distancia segura, protegida por el aura de poder que ahora la rodeaba.

—¿Y qué esperas que haga con esa información, Joe? ¿Que te abrace? ¿Que te dé una medalla por descubrir lo obvio cinco años tarde?

—Espero que me des una oportunidad para arreglarlo —dijo él, con la voz quebrada.

Maxxine sonrió, y fue la sonrisa más triste y fría que Joe había visto jamás.

—Ya lo has arreglado. Has firmado tu subordinación. Me has entregado tu empresa. Ese es el único arreglo que me interesa de ti. El resto... el resto murió bajo la lluvia esa noche.

Arthur pasó un brazo protector alrededor de la cintura de Maxxine. Ella se dejó abrazar, apoyando ligeramente la cabeza en el hombro del Duque. Fue un gesto de intimidad casual que destrozó a Joe más que cualquier insulto.

—Vete a tu oficina, Joe —dijo Maxxine suavemente—. Tienes muchas facturas que auditar en el sótano. Y no vuelvas a venir aquí. Mi prometido y yo tenemos una agenda muy apretada.

—¿Prometido? —repitió Joe, sintiendo que el suelo desaparecía.

—Aún no es oficial —dijo Arthur con una sonrisa depredadora—, pero estamos trabajando en ello. Buenos días, señor Kensington.

La puerta de la suite se cerró en su cara con un clic definitivo.

Joe se quedó solo en el pasillo del hotel de lujo, con la carpeta azul en la mano y la certeza absoluta de que el infierno no era un lugar de fuego, sino ver a la mujer que amabas en brazos de un hombre que sí la merecía.

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