El silencio que siguió a la revelación de la emboscada tenía el peso del plomo. En la inmensa nave de la Catedral de San Pablo, bajo la atenta mirada de los santos de mármol y los cien láseres rojos que rasgaban la penumbra, el tiempo pareció detenerse.
Arthur Windsor-Windham, el hombre que había entrado creyéndose un dios vengativo, era ahora un animal acorralado.
Su respiración era irregular, un jadeo áspero que resonaba en la acústica perfecta del templo. Miró a los tiradores apostados en la