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Capítulo 10 - La Mascara Rota

El jueves amaneció con una tensión que se podía cortar con un cuchillo en el piso 50. La fusión con Windsor Enterprises avanzaba a la velocidad de un tren de carga. Tras una ardua tarea de convicción por parte del Duque, quien insistió incansablemente durante días sobre la necesidad técnica de unificar las redes, Maxxine había accedido finalmente a permitir la instalación de los servidores de Windsor con el debido aviso previo. Aunque la autorización estaba firmada y todo se hacía bajo protocolo, la presencia de tecnología ajena en el corazón de Cavendish Global la mantenía en alerta máxima.

Maxxine estaba sentada a la cabecera de la mesa en el salón privado del comedor ejecutivo. Se suponía que era un almuerzo de celebración para los socios senior, pero se sentía más como una toma de rehenes. A su derecha, Arthur bebía vino de una cosecha que costaba más que el sueldo anual de la mayoría de sus empleados. A su izquierda, su abuelo Silas observaba la escena con ojos de reptil, pelando una manzana con una navaja de bolsillo que desentonaba con la porcelana fina.

—La integración de los servidores va de maravilla, amor —dijo Arthur, colocando una mano posesiva sobre la rodilla de Maxxine bajo la mesa—. Mis chicos dicen que tu sistema de seguridad era un poco... anticuado. Pero no te preocupes, lo estamos modernizando.

Maxxine forzó una sonrisa, apartando sutilmente la pierna. —Mi sistema de seguridad nunca ha sido vulnerado, Arthur. Aprecio la ayuda, pero prefiero que tus consultores me envíen informes antes de hacer cambios estructurales.

Arthur soltó una risa condescendiente, tintineando su copa. —Detalles técnicos, querida. No aburras a tu abuelo con eso. Por cierto... necesitamos los libros físicos de auditoría del último trimestre. Mis contadores quieren verificar la depreciación de activos antes del cierre.

Maxxine asintió a su asistente, Sarah. —Dile al auditor junior que suba los libros. Ahora.

Sarah palideció ligeramente, pero salió corriendo. Todos en la oficina sabían que "el auditor junior" era un eufemismo para el hombre que solía ser el dueño del edificio.

Diez minutos después, las puertas dobles se abrieron.

Joe Kensington entró.

Llevaba una pila de carpetas pesadas en los brazos, lo que le obligaba a caminar con cuidado. Pero no fue la carga lo que hizo que el comedor se quedara en silencio. Fue su cara.

Su ojo izquierdo estaba completamente cerrado, hinchado y teñido de un púrpura violento y negro. Tenía el labio partido y una magulladura amarilla en la mandíbula que el cuello de la camisa no lograba ocultar. Caminaba con una ligera cojera, como si cada paso le costara un esfuerzo supremo, pero mantenía la espalda recta y la cabeza en alto.

El corazón de Maxxine dio un vuelco doloroso contra sus costillas. ¿Qué le pasó?

La pregunta casi salió disparada de su boca, pero se mordió la lengua. No podía preguntar. No delante de Arthur, no delante de Silas. Mostrar preocupación sería mostrar debilidad. Sería admitir que Joe Kensington todavía le importaba lo suficiente como para notar si sangraba.

Así que Maxxine hizo lo único que sabía hacer: se puso su máscara de hielo. Pero bajo la mesa, sus manos se cerraron en puños tan fuertes que sus uñas se clavaron en las palmas.

Joe se acercó a la mesa auxiliar para dejar los documentos. Sus movimientos eran lentos y deliberados.

—Aquí están los registros del trimestre, señorita Cavendish —dijo Joe. Su voz sonaba ronca, como si hubiera tragado vidrio, pero era firme. Respetuosa.

Arthur se giró en su silla, con una sonrisa perezosa y cruel curvando sus labios. Él sabía exactamente de dónde venían esos golpes. Ver a su rival destrozado, sirviéndole como un criado, parecía excitarlo más que el vino.

—Vaya, Kensington —dijo el Duque, lo suficientemente alto para que toda la mesa lo oyera—. ¿Te tropezaste en el sótano? ¿O es que la oscuridad del archivo te está afectando la vista?

Algunos de los socios soltaron risitas nerviosas, tratando de complacer al futuro consorte.

Joe no mordió el anzuelo. Terminó de apilar las carpetas y se giró hacia Arthur. —Fue un accidente laboral, su Excelencia. Nada que afecte mi rendimiento.

—Eso espero —dijo Arthur, chasqueando los dedos—. Sírveme más agua. La botella está ahí.

Era una orden humillante. Joe no era un camarero. Era un auditor, un ex-CEO. Maxxine sintió una oleada de indignación. Esto es innecesario, pensó. Miró a su abuelo, esperando que Silas interviniera, pero el anciano seguía pelando su manzana, observando a Joe con una intensidad calculadora.

Joe tomó la jarra de cristal con agua helada. Su mano temblaba ligeramente, probablemente por el dolor en sus costillas rotas, pero se acercó a la copa de Arthur.

Entonces sucedió.

Justo cuando Joe inclinaba la jarra, Arthur movió el codo bruscamente, como si se acomodara en la silla. Fue un movimiento rápido, casi imperceptible, pero calculado. El codo golpeó la muñeca de Joe.

El agua se derramó. No sobre Arthur, sino sobre el mantel de lino blanco y, apenas unas gotas, sobre la manga del traje gris del Duque.

El estallido fue inmediato.

—¡Imbécil! —rugió Arthur, poniéndose de pie de un salto y empujando a Joe con fuerza.

Joe, debilitado por la paliza del día anterior, perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra la mesa auxiliar. Las carpetas volaron por el aire, esparciéndose por el suelo.

—¡Mira lo que has hecho! —gritó Arthur, sacudiendo su manga impecable—. ¡Es un traje de cinco mil libras, pedazo de inútil! ¡Eres tan incompetente sirviendo agua como lo fuiste dirigiendo esta empresa!

El silencio en la sala era sepulcral. Los socios miraban sus platos, avergonzados.

Maxxine se quedó paralizada. No miraba la mancha de agua. Miraba la cara de Arthur. Estaba roja, contorsionada por una ira desproporcionada y fea. Sus ojos, que siempre le habían parecido encantadores, ahora brillaban con una maldad pura, sádica. Era la mirada de un niño mimado que arranca las alas a una mosca solo porque puede.

Luego, Maxxine miró a Joe.

Joe no se defendió. No gritó que Arthur lo había empujado. Desde el suelo, con el rostro magullado y el dolor evidente en cada línea de su cuerpo, se levantó lentamente. Se alisó la ropa barata y bajó la cabeza.

—Lo lamento, su Excelencia —dijo Joe, con una calma que contrastaba violentamente con la histeria del Duque—. Fue mi torpeza. Pagaré la tintorería de mi sueldo.

Se agachó y comenzó a recoger los papeles del suelo, uno por uno.

—¿Tu sueldo? —escupió Arthur—. Tu sueldo no paga ni los botones de este traje. ¡Lárgate de mi vista! ¡Fuera!

Arthur le dio una patada a una de las carpetas que Joe intentaba recoger, enviando las hojas volando de nuevo.

Maxxine sintió algo romperse en su pecho. No fue su corazón; fue la ilusión. La imagen del Duque perfecto, del salvador caballeroso, se desmoronó como un castillo de naipes. En su lugar, vio a un matón.

Y frente al matón, vio a un hombre. Un hombre que había perdido todo, que estaba herido y humillado, pero que mantenía una dignidad silenciosa que Arthur nunca podría comprar con todos sus títulos.

—Basta —dijo Maxxine. Su voz no fue un grito, fue un corte seco.

Arthur se giró hacia ella, respirando agitadamente, tratando de recomponer su máscara de encanto. —Max, amor, lo siento. Es que este idiota... arruinó el almuerzo. Es insoportable tenerlo cerca. Deberías despedirlo hoy mismo.

Maxxine se levantó. Caminó hasta donde estaba Joe. Él se detuvo, con un puñado de papeles en la mano, y la miró desde abajo con su ojo sano. Había vergüenza en su mirada, sí, pero no había odio.

—Deja eso, Kensington —ordenó Maxxine suavemente.

—Lo limpiaré, señorita Cavendish —susurró él.

—He dicho que lo dejes. Sarah lo recogerá.

Maxxine se giró hacia Arthur. Lo miró con una frialdad nueva, una que no nacía del dolor, sino del asco.

—Es agua, Arthur. Se seca. —Su tono era clínico—. Y en Cavendish Global no gritamos al personal por accidentes menores. Si tu traje es tan delicado que no soporta unas gotas de agua, quizás no deberías usarlo en una mesa de negocios.

Arthur parpadeó, sorprendido por la reprimenda pública. Abrió la boca para replicar, pero vio algo en los ojos de Maxxine que lo hizo callar.

—Vete a la enfermería, Kensington —dijo Maxxine sin mirar a Joe—. Que te revisen ese ojo. No quiero que asustes a los clientes en el pasillo.

Fue una orden fría, pero fue una salida. Una misericordia.

Joe asintió levemente. —Gracias, señorita Cavendish.

Se dio la vuelta y salió del comedor cojeando, dejando atrás una sala llena de gente poderosa que de repente se sentía muy pequeña.

Desde el otro extremo de la mesa, Silas Cavendish dejó su manzana a medio pelar. Observó la puerta por la que había salido Joe y luego miró a su nieta.

El viejo patriarca había visto a muchos hombres quebrarse bajo presión. Había visto a ejecutivos llorar por perder un bono y a herederos derrumbarse por una crítica. Pero ese hombre... ese Joe Kensington... acababa de soportar una humillación pública con una estoicidad que Silas no había visto ni en sus mejores generales financieros.

El fuego quema la grasa y templa el acero, pensó Silas.

Joe Kensington ya no era el niño arrogante que había despreciado a Nancy. Era acero templado. Y Arthur... Arthur acababa de demostrar que solo era un fósforo ruidoso.

Silas limpió su navaja y la guardó. Decidió no decir nada. Aún no. Pero por primera vez en cinco años, la balanza en la mente del abuelo se inclinó imperceptiblemente. Quizás, solo quizás, el villano de esta historia no era quien todos creían.

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