Capítulo 121. Epílogo.

Meses después

—¡No me digas que respire! Yo lo hago si me da la gana —rugió molesta.

Su voz ronca rebotó en las paredes blancas de la sala de partos. Apretó los dedos. Las uñas se le clavaron en la mano derecha de Arthur. Le rasgó la piel. Le sacó sangre.

Arthur no se quejó. No apartó la mano. Apretó el agarre. Llevaba una bata médica azul sobre su camisa. Tenía un tapabocas colgando del cuello. El sudor le empapaba la frente. El hombre que no temblaba ante la junta directiva más despiadada d
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