Capítulo 8. El infierno en el piso 40.
Bruno dio un paso más. La invadió por completo. El olor de su colonia cara y su calor corporal marearon a Renata.
Estaba tan cerca que Renata dejó de respirar, pensando que la empujaría o le gritaría.
Pero no.
El pulgar de Bruno se posó sobre el labio inferior de ella.
Fue un roce lento, áspero, posesivo.
Renata tembló. Sus ojos se clavaron en los de él, suplicantes y deseosos a la vez.
—Tienes una boca mentirosa, Renata —susurró él, con la voz ronca por el deseo contenido—. Debería lavarte la