Mundo ficciónIniciar sesiónElena Villalba mintió en un juicio… y con esa mentira destruyó al único hombre que amaba. Para salvar a su padre de la cárcel, acusó a Héctor Bellucci de haber intentado abusar de ella. Damien, el hijo del hombre muerto, la vio jurar en el estrado… y juró odiarla para siempre. Años después, Damien regresa con otra identidad. Ya no es el joven que la miraba con amor, sino un hombre poderoso, frío y dispuesto a cobrar cada lágrima que derramó. Y justo cuando la familia Villalba está al borde de la ruina, él es el único capaz de salvarlos. Pero Damien no hace favores. Y esta vez, Elena será quien tenga que pagar. Entre secretos, resentimientos y una pasión que nunca murió, el pasado vuelve para reclamar su deuda. Porque algunas mentiras no prescriben. Y el odio… puede ser tan peligroso como el amor.
Leer másCapitulo 1: Tu odio me quema
(Elena ) El aire en la sala del tribunal pesa. Pesa tanto que siento que si respiro demasiado fuerte voy a romper algo. O a romperme yo. Siento el mundo girando a mi alrededor. Mi cuerpo no me pertenece, como si estuviera viéndome desde afuera. Todo parece una pesadilla. De esas que sabes que no son reales… pero no puedes despertar. Trago el nudo que se me formó en la garganta e intento no pensar demasiado. Si pienso, me derrumbo. —Elena Villalba, acérquese al estrado. Mi nombre suena extraño en boca del juez. Frío. Distante. Como si ya no fuera mío. Todo mi cuerpo tiembla cuando me levanto. No mires atrás. No mires atrás. Pero lo hago. Y lo veo. Damien. De pie al fondo de la sala, con el traje negro perfectamente ajustado, las manos cerradas en puños. Sus ojos oscuros ya no me miran como antes… ya no me miran como si yo fuera lo único bueno en su mundo, como si yo fuera su único amor. Ahora me miran como si fuera lo peor que le ha pasado en la vida. Trago saliva y subo al estrado. Juro decir la verdad. Qué ironía. La verdad. Si digo la verdad, mi padre va a prisión. Si digo la verdad, mi familia se destruye. Si digo la verdad… lo salvo a él. —Señorita Villalba —dice el fiscal—, ¿puede decirnos qué ocurrió la noche del catorce de octubre en el despacho de su padre? Esa noche… El disparo todavía vive en mis oídos. Recuerdo la discusión. La voz del señor Héctor Bellucci. La puerta cerrándose con fuerza. La pistola en la mano de mi padre. Y después… Sangre. —Yo estaba… —mi voz tiembla, como si no quisiera salir—. Yo estaba en el despacho porque mi padre me pidió unos documentos. No llores. No llores. Trago una bocanada de aire, pero mis pulmones arden. Me estoy ahogando. —Continúe —ordena el fiscal. —El señor Héctor Bellucci entró después. Estaba alterado. Siento la mirada de Damien clavándose en mi piel. No me atrevo a mirarlo. Si lo hago, me derrumbo. —¿Alterado de qué manera? —insiste el fiscal. Mi padre está frente a mí. Su mirada es firme, dura. Puedo sentir cómo me quema la piel… el alma. Horas antes me sostuvo el rostro con fuerza y me susurró al oído: —Si dices la verdad, nos arruinas. A todos. Mi hermano. Mi hermana mayor. Mi madre. Nuestra empresa. Nuestro apellido. Todo depende de mí. Las lágrimas comienzan a caer antes de que pueda detenerlas. —Él… me sujetó. Un murmullo recorre la sala. —Intentó tocarme. Yo le pedí que se detuviera. Mi padre entró y vio lo que estaba pasando. El silencio se vuelve espeso. Y entonces lo escucho. —¡Eso es mentira! —grita Damien con todas sus fuerzas. Mi corazón se detiene. Levanto la mirada. Está de pie, mirándome con una mezcla de rabia y dolor que me desarma. Los guardias intentan detenerlo, pero él avanza un paso más. —¡Dilo bien, Elena! —me grita—. ¡Di la verdad! ¡Mi padre jamás te habría tocado! Mi pecho arde. Quiero decirle que lo siento. Quiero decirle que tengo miedo. Quiero decirle que lo amo. Pero si lo hago… si digo cualquier cosa que no sea esta versión… mi padre irá a la cárcel. Y yo seré responsable de destruir a toda mi familia. —Mi padre… —las palabras no salen. Me siento como la peor persona del mundo. —¡Eres una mentirosa! —su voz se quiebra, pero sigue siendo fuerte—. ¡Estás protegiendo a un asesino! El juez golpea el mazo. —¡Orden en la sala! Pero yo ya no escucho nada. Solo veo a Damien. El chico que me enseñó a manejar bicicleta. El que me besó bajo la lluvia por primera vez. El que me prometió que nos casaríamos después de graduarnos. El hombre con el que soñé formar una familia. Lo estoy perdiendo. Lo estoy perdiendo para siempre… y eso me está destrozando el corazón. —Mi padre me defendió —digo finalmente, aunque siento que cada palabra me corta la garganta—. El señor Héctor Bellucci intentó abusar de mí. Mi padre disparó para protegerme. —¡Mientes! —grita Damien, aún más alterado. Mi mandíbula tiembla. Quiero correr hacia él, abrazarlo, suplicarle que me perdone. Pero es imposible. Todo terminó. Ahora él me odia. Y yo… yo me odio aún más. Miro a mi padre. Él asiente levemente con la cabeza, satisfecho. Yo me siento mareada. Tengo náuseas. Quiero salir de mi piel, desaparecer. Hoy algo dentro de mí murió. La sentencia está dicha. No la del tribunal. La mía. Damien sigue gritando hasta que los guardias lo reducen. Lo veo borroso a través de mis lágrimas. De pronto deja de forcejear. Me mira. Y en sus ojos ya no hay dolor. Hay algo peor. Desprecio. —Te odio —leo en sus labios. No lo grita. No necesita hacerlo. Esas dos palabras me atraviesan más que el disparo que mató a su padre. Quiero correr hacia él. Quiero explicarle. Quiero suplicarle que me perdone. Pero me quedo allí. Inmóvil. Cobarde. Cuando termina la audiencia, los guardias lo sacan primero. No vuelve a mirarme. Mi padre se acerca y me abraza. —Hiciste lo correcto —susurra. ¿Correcto? Salvé a mi familia. Salvé nuestro apellido. Salvé nuestra fortuna. Pero destruí al hombre que amo. Mientras salgo del tribunal rodeada de cámaras y flashes, lo entiendo con una claridad aterradora: Damien Bellucci nunca me perdonará. Ahora soy la persona que más odia. Yo… la que alguna vez fue la que más amó. Siento que mis piernas pierden fuerza. Caigo al suelo. Los flashes me ciegan. El murmullo se vuelve un zumbido lejano. Y mi mundo… Se vuelve completamente negro.El dolor comenzó de madrugada. Al principio pensé que eran las mismas molestias de las últimas semanas. Nada importante. Nada diferente. Pero cuando sentí la segunda contracción tuve que apoyarme contra el borde de la cocina y cerrar los ojos. —Dios… Era demasiado doloroso. —¿Elena? La voz de Nicola llegó de inmediato. Levanté la vista. Había entrado recién. Todavía llevaba la taza de café en la mano, como si fuera un día normal. Solo le bastó mirarme para entenderlo todo. La taza casi termina en el suelo. —¿Ya? —preguntó, tenso. No pude evitar reír. Era la primera vez que pasábamos por esto de verdad… y los dos estábamos completamente nerviosos. Demasiado. Parecíamos dos padres primerizos sin la menor idea de lo que hacían. —Creo que sí —le respondí, intentando mantener la calma. Su rostro perdió el color. —¿Ahora? Pero… faltan dos semanas. Otra contracción me atravesó y cerré los ojos con fuerza. —Nicola… los bebés no suelen pedir cita —murmuré. Él pasó una mano po
Nunca imaginé que organizar mi propia boda sería tan estresante.Ni tan divertida.Ni tan emocionante.Durante semanas enteras René y yo vivimos rodeadas de telas, flores, catálogos, muestras de pastel y listas interminables.—¿Blanco marfil o blanco perla? —preguntó René por quinta vez aquella mañana.La miré desde el otro lado de la mesa.—René.—¿Qué?—Son exactamente iguales.—No son iguales.—Sí son iguales.—No, y debes elegir.—Lo que más te guste a ti.Ella cruzó los brazos.—Por eso tú haces pasteles y no decoración.Terminé riéndome.Porque aquella discusión llevaba casi cuarenta minutos.Y ninguna de las dos pensaba rendirse.Pero la verdad era que estaba disfrutando cada segundo.Porque por primera vez en mi vida estaba planeando algo bonito.Algo feliz.Algo que no estuviera rodeado de dolor.Ni de miedo.Ni de tragedias.Solo amor.Y eso seguía pareciéndome un milagro.Al final decidimos que todo sería blanco.Completamente blanco.Las flores.Las mesas.Las cintas.Las
El sonido de las olas llegaba suavemente desde la distancia.La brisa movía mi cabello.Y el aroma de las flores decorando el lugar hacía que todo pareciera un sueño.Sonreí mientras observaba a René caminar hacia el altar.Se veía hermosa.Radiante.Feliz.Tan feliz que por un momento sentí ganas de llorar.Después de todo lo que habíamos vivido.Después de todos los años de dolor.Ver a mi mejor amiga encontrar la felicidad se sentía casi como un milagro.A mi lado, Nicola entrelazó sus dedos con los míos.Bajé la mirada hacia nuestras manos unidas.Y una sonrisa apareció automáticamente en mis labios.Todavía me seguía pasando.Todavía me seguía emocionando cuando me tomaba de la mano.Cuando me abrazaba.Cuando me miraba.Como si una parte de mí todavía no terminara de creer que realmente estábamos juntos.Que realmente habíamos sobrevivido a todo.La ceremonia continuó.Las voces del sacerdote se mezclaban con el sonido del mar.Las sonrisas.Las lágrimas.Las risas de algunos in
Habían pasado ocho meses.Ocho meses desde que Nicola se había marchado.Y, aunque al principio pensé que aquello me rompería el corazón otra vez, la verdad fue muy diferente.Porque Nicola nunca desapareció.Ni un solo día.Me llamaba todas las mañanas.Todas las noches.A veces incluso durante la tarde solo para preguntarme cómo estaba.O para escuchar al bebé balbucear cosas sin sentido.O simplemente para decirme que me extrañaba.Y poco a poco...La distancia dejó de doler.Porque nunca me sentí sola.Además, la vida empezó a acomodarse.Por primera vez.Como si después de años de tormenta finalmente hubiera llegado la calma.Las revisiones médicas del bebé comenzaron a mejorar.Mes tras mes.Hasta que una mañana el cardiólogo nos dio la noticia que llevaba tanto tiempo esperando.La afección cardíaca había desaparecido.Todavía recordaba haber llorado durante media hora seguida.Y también recordaba a Nicola llorando conmigo a través de una videollamada.Aquel día los dos termina
Último capítulo