Mundo ficciónIniciar sesiónMeivi Villaseñor lo tenía todo bajo control: una carrera brillante, fama en el mundo de la moda y la independencia que siempre soñó. Después de haber sido traicionada por su exprometido y expuesta ante los medios, juró no volver a dejar que nadie decidiera por ella. Hasta que sus padres lo hacen. Su familia, al borde de la ruina, acepta un trato imposible: un matrimonio arreglado con el hijo de sus antiguos socios. El problema no es el matrimonio. El problema es él. Damián Moreau. Heredero de éxito, modelo y heredero, perfeccionista, egocéntrico... y el hombre que más ha disfrutado detestarla desde joven. Ahora están obligados a fingir amor frente al mundo mientras sobreviven a su propio orgullo y a una convivencia que amenaza con consumirlos. Entre celos, secretos y una atracción que ninguno quiere admitir, Meivi y Damián descubrirán que el odio no siempre es lo opuesto al amor Pero del odio al amor solo hay un paso✨
Leer más[Meivi Villaseñor]
Soy una mujer que creció creyendo que el amor era de las pocas cosas que valían la pena. No por novelas ni por cuentos baratos, sino porque lo vi en casa… o al menos eso pensé durante mucho tiempo. Mi abuela —la única persona que nunca me mintió en la cara— me lo dijo una tarde, con esa calma suya que siempre parecía esconder algo más profundo: —Mija, nunca le entregue sus debilidades a nadie. Ni al hombre que ame. Porque el día que quiera romperla… va a saber exactamente dónde apretar. En ese momento me reí. Pensé que exageraba. Pensé que eso no me iba a pasar a mí. Qué estupidez. Lo viví en carne propia. No fue solo una infidelidad. Eso cualquiera lo supera. Fue la forma. La exposición. La humillación pública. Las mentiras filtradas, los rumores que él mismo alimentó, la manera en la que convirtió lo que yo le confié en munición para destrozarme. A días de la boda. A días de firmar una vida que ahora me da asco solo de recordarla. Ahí entendí que el amor no siempre es bonito. A veces es una trampa bien armada. Desde entonces, cerré esa puerta. Con llave… cerrada con cadenas. Me enfoqué en lo único que sí podía controlar: mi trabajo. Mi nombre. Mi reputación. Y lo logré. A mis treinta años, soy una de las diseñadoras más solicitadas en el medio. No lo digo por ego, lo digo porque me lo gané. Cada desfile, cada colección, cada contrato lo levanté yo, sin depender del apellido que cargo. Porque sí, soy una Villaseñor. La hija mayor del gran magnate del entretenimiento. La que todos creen que lo tiene todo resuelto. La que, según la prensa, vive en una burbuja de lujo y privilegios. Si supieran. Tengo dos hermanos menores, gemelos, que todavía están en esa etapa en la que creen que el mundo es un juego. Y yo… bueno, yo me fui de casa hace Dos años. Me fui porque necesitaba aire. Porque vivir bajo el mismo techo que mi padre es como intentar respirar con alguien apretándote el cuello, pero sonriendo para la foto. Lo amo. Claro que sí. Es mi padre. Pero también es un dolor de cabeza constante. Controlador. Metido. De esos que creen que todo lo que hacen es “por tu bien”, aunque te esté jodiendo la vida en el proceso. Por eso vivo sola. En mi departamento. Lejos. Independiente. Sin pedir permiso, sin dar explicaciones. O al menos eso intento. Porque hay algo que he aprendido, aunque no me guste admitirlo: por más que te alejes, la familia siempre encuentra la forma de meterse donde no la llamaron. Y el destino… bueno, el destino tiene un sentido del humor bastante hp. Porque entre tantas mujeres, entre tantas opciones, entre todo lo que podía salir mal en mi vida… tenía que ser esto. Tenía que pasarme a mí. “Papá”. Fruncí el ceño antes de contestar. No porque me sorprendiera la llamada… sino porque conozco ese instinto. Ese pequeño nudo en el estómago que aparece justo antes de que todo se complique. —¿Sí? —respondí, seca, sin adornos. —Necesito que vengas a casa esta noche. No fue una petición. Fue una orden disfrazada. Solté una risa corta, sin humor. —Estoy trabajando. —Cancela. Ahí está. Ese tono. Ese que detesto. Me recargué contra el respaldo de la silla, mirando el boceto frente a mí sin realmente verlo. —No funciona así, papá. —Hoy sí. Cerré los ojos un segundo, inhalando lento, conteniéndome. —¿Qué pasa? Del otro lado no respondió de inmediato. Y eso… eso sí me puso alerta. —Solo ven, Meivi. Colgué sin despedirme, dejando el celular sobre la mesa mientras una sensación incómoda empezaba a expandirse en mi pecho. No era miedo. No exactamente. ----- Suspiré largo, de esos que salen más por resignación que por cansancio. Por un momento consideré no ir. Esa sensación incómoda, como cuando sabes que te van a decir algo que no quieres escuchar, me estaba taladrando la cabeza. Pero también me conozco… y conozco a mi padre. Si no iba, iba a ser peor. Así que me obligué a dejar de darle vueltas. Salí de mi oficina, pasando entre los maniquíes, telas y bocetos que todavía estaban en proceso. El olor a tela nueva y a café frío seguía impregnando el ambiente. Me acerqué a las chicas que estaban concentradas en una mesa larga, ajustando detalles de uno de los diseños nuevos. —Chicas, me voy a tener que ir antes —les dije con calma. Una de ellas levantó la mirada y me sonrió. —No te preocupes, Meivi. Ya estamos cerrando esto, en un rato lo dejamos listo. Asentí, agradecida. —Cualquier cosa me escriben. No necesitaba decir más. Sabían manejarse, por eso trabajaban conmigo. Tomé mi bolso, apagué las luces de mi oficina y salí del estudio. Afuera, el aire de la tarde en Italia estaba fresco, con ese toque elegante y tranquilo que siempre me había gustado de este lugar. Era una de las pocas cosas que lograban bajarme un poco la guardia. Subí al auto y arranqué. El camino se me hizo más largo de lo normal. No por la distancia, sino por el silencio. No puse música, no hice nada para distraerme. Solo manejé, con la mente dando vueltas en lo mismo… ¿qué tan grave tenía que ser para que mi padre sonara así? Después de un rato largo, finalmente llegué a la residencia. La casa seguía igual de imponente que siempre. Elegante, perfecta… fría, si me preguntaban a mí. Estacioné, apagué el motor y me quedé unos segundos dentro del auto, mirando al frente. Me arreglé el cabello por reflejo, respiré hondo y salí. En cuanto crucé la entrada, la señora Claudia apareció como siempre, puntual. —Señorita Meivi —me saludó con una sonrisa cálida. —Hola, Claudia —respondí devolviéndole el gesto, más suave. Ella siempre había sido un pequeño respiro dentro de esa casa. Entré y el ambiente fue el de siempre: silencioso, ordenado, casi demasiado perfecto. Caminé hasta la sala principal y ahí estaban. Mi madre, sentada en su sillón, concentrada en lo que parecía ser algún tejido. Nunca supe realmente qué hacía. Mi padre estaba en el otro extremo, con el periódico en las manos. Cuando me vio, levantó la mirada. Ahí estuvo. Ese segundo en el que todo se queda suspendido. —Siéntate, Meivi —dijo, dejando el periódico a un lado. Obedecí sin discutir, tomando asiento frente a ellos. Crucé las piernas con naturalidad, manteniendo la postura recta. No estaba a la defensiva… pero tampoco relajada. —¿Cómo estás? —preguntó. Lo miré un segundo. —Bien. —¿Y la empresa? —continuó—. ¿Cómo va todo? —Estable. Hemos cerrado dos contratos importantes esta semana. Asintió, como si estuviera evaluando algo más allá de lo que decía. Silencio. No era incómodo todavía… pero estaba cerca de serlo. Lo miré con un poco más de atención, inclinando apenas la cabeza. —Papá… —dije con calma—. ¿Qué pasa? Él soltó un suspiro, de esos que no son comunes en él. Se quitó los lentes con lentitud, como si necesitara tiempo para ordenar lo que iba a decir. Mi madre dejó de mover las manos por un segundo, aunque no levantó la vista. —Las cosas… no están bien —empezó. Fruncí ligeramente el ceño. —¿A qué te refieres? Se apoyó hacia atrás, observándome fijamente. —Hubo un negocio que no salió como esperábamos. Una inversión grande. Sentí cómo algo se me apretaba en el pecho. —¿Qué tan grande? No respondió de inmediato. —Lo suficiente como para ponernos en una posición… complicada. El silencio volvió, pero esta vez más pesado. Lo miré, procesando. —¿Estás diciendo que la empresa está en problemas? Él sostuvo mi mirada. —Sí. Tragué despacio. No entré en pánico, no era mi estilo… pero eso no significaba que no entendiera la gravedad. —Se puede recuperar —dije, más para ordenar mis ideas que para convencerlo—. Siempre hay formas, reestructuración, alianzas,— —Ya lo intentamos. Me cortó, firme pero sin alzar la voz. Eso me hizo quedarme en silencio. Algo dentro de mí empezó a tensarse más. —Entonces… ¿qué queda? —pregunté. Mi padre intercambió una mirada breve con mi madre. Fue rápido, pero lo noté. Y no me gustó. Para nada. Volvió a mirarme. —Hay una opción. No me moví, pero por dentro algo se encendió. —¿Qué tipo de opción? —Una solución… que viene con una condición. Ahí fue cuando sentí esa punzada clara en el estómago. La misma de antes. Más fuerte. Porque de repente ya no era una sensación vaga. Y no tenía nada que ver con dinero. —¿Qué condición? —pregunté, más despacio esta vez. --------- Mi padre no habló de inmediato. Se tomó su tiempo, como si estuviera acomodando las palabras antes de soltarlas, y ese simple detalle ya me tenía tensa. No era normal en él. Nunca lo era. —La familia Moreau —dijo al fin. Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba al instante. No fue sorpresa, fue otra cosa… reconocimiento. Como si mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza. —No —solté, negando con la cabeza sin siquiera dejarlo terminar—. No. Mi padre frunció apenas el ceño. —Escucha primero. —No necesito escuchar nada si tiene que ver con ellos. Mi voz salió firme, sin alzarla, pero con ese filo que ni yo misma intenté suavizar. Ese apellido no era cualquier cosa para mí. No era un simple contacto de negocios. Mi madre dejó el tejido a un lado y me miró por primera vez desde que llegué. —Meivi, por favor. La miré un segundo, respiré hondo, obligándome a no explotar antes de tiempo. —Sigue —dije al final, volviendo a mi padre. Él asintió, serio. —Tu madre y yo hablamos con Laurent Moreau hace unos días. Están dispuestos a intervenir, a cubrir la deuda, a estabilizar la empresa… Cada palabra caía pesada, encajando en algo que ya estaba viendo venir, aunque no quisiera. —¿Y? —pregunté, con la paciencia justa. Hubo una pausa. Demasiado larga. —Quieren una alianza formal entre las familias. Solté una risa corta, seca. —¿Una alianza? ¿Qué somos, una empresa medieval? Mi padre no reaccionó. Ni un gesto. —Un matrimonio. Y ahí se detuvo todo. Me quedé quieta. No por calma… por incredulidad. Como si mi mente se hubiera quedado en blanco un segundo, intentando procesar algo que no encajaba. —¿Un qué? —Un matrimonio —repitió, igual de firme—. Entre tú y su hijo. No pregunté quién. No hacía falta. Sentí cómo se me tensaba la mandíbula antes incluso de decir su nombre. —Damián —murmuré—. Damián Moreau. Mi padre asintió una sola vez, y eso fue suficiente. Me levanté del sofá casi sin darme cuenta, como si quedarme sentada fuera a hacer esto más real. —¿Estás hablando en serio? No grité, pero mi voz salió más baja, más tensa, cargada de algo que apenas estaba empezando a crecer dentro de mí. —Es la única opción viable que tenemos ahora mismo —respondió él con esa calma suya que en momentos como este solo empeora todo. Negué, caminando un par de pasos por la sala, sin saber muy bien qué hacer con la energía que se me estaba acumulando en el cuerpo. —No… no, esto no puede estar pasando. Me pasé una mano por el cabello, intentando ordenar ideas que simplemente no querían acomodarse. —¿Tú quieres que me case con él? —lo miré otra vez—. ¿Con Damián Moreau? ¿Después de todo lo que pasó? Mi padre no desvió la mirada. —Lo que pasó fue hace años. Solté una risa sin humor. —Claro. Fácil decirlo cuando no fuiste tú. Mi madre se levantó despacio. —Hija… —No, mamá —la interrumpí, sin dureza pero sin ceder—. No me digas que piense con la cabeza fría, porque esto no tiene nada de racional. Volví a mirar a mi padre, más firme. —Ese hombre es lo peor que me ha tocado cruzarme en la vida. Es arrogante, insoportable, cree que todo gira a su alrededor… y ni siquiera sabe tratar a las personas como si fueran personas. Y sabía que me estaba quedando corta. —Esto no se trata de si te agrada o no —dijo él. —Claro que sí se trata de eso —respondí al instante—. ¿O qué esperas? ¿Que firme y sonría como si me estuvieran ofreciendo un contrato cualquiera? Mi padre se levantó también, acortando la distancia entre nosotros. —Espero que entiendas la situación. Nos quedamos frente a frente. —La entiendo perfectamente —dije, sosteniéndole la mirada—. Lo que no entiendo es cómo puedes pedirme esto. El silencio que siguió fue pesado, incómodo, definitivo. —No te lo estoy pidiendo, Meivi. Sentí el golpe, seco y directo, pero lo que subió no fue tristeza. Fue rabia. —Claro… —murmuré, bajando la mirada un segundo—. Porque esto nunca fue una opción, ¿verdad? Mi padre no respondió, pero tampoco lo negó. Y eso lo dijo todo. —¿Cuándo? —En dos meses. Dos meses. Solté aire lentamente, intentando asimilarlo, aunque claramente no estaba funcionando.Meivi lo empujó con fuerza, sin medir demasiado el gesto, más por impulso que por intención real de hacerle daño. Damián retrocedió un paso, lo suficiente para soltarla, y terminó de ponerse de pie con una calma que contrastaba completamente con lo que acababa de pasar. La miró apenas un segundo, y esa sonrisa… esa maldita sonrisa ladeada que le salía cuando sabía exactamente el efecto que había provocado.Y eso fue lo que terminó de sacarla.—¡Vete! —soltó, tomando la primera almohada que encontró y lanzándosela sin pensarlo dos veces.Él la atrapó casi por reflejo, pero no hizo el intento de devolvérsela. Solo negó levemente con la cabeza, todavía con esa expresión que no ayudaba en nada a calmarla.—Tranquila —murmuró, como si nada—. No fue para tanto.—¡Sal de mi habitación, Damián!Esta vez no discutió. Giró sobre sus pasos y salió, cerrando la puerta detrás de él con un movimiento firme, pero sin golpearla.El silencio que quedó dentro fue inmediato.Meivi se quedó de pie unos s
Meivi no se movió del lugar cuando la puerta se cerró tras su padre. El silencio volvió, pero esta vez no tenía nada de calmante. Era un silencio cargado, denso, como si cada rincón de la casa hubiera absorbido la tensión que él había dejado atrás. Comenzó a caminar por la sala sin rumbo fijo, pasando una mano por su cabello, intentando ordenar lo que sentía, aunque en realidad solo lograba darle más vueltas. Le irritaba. Le irritaba profundamente que su padre siguiera encontrando la manera de meterse en su vida sin decirlo de frente, sin imponerlo de forma directa… pero igual de efectivo. Cada palabra suya tenía doble intención. Cada advertencia venía disfrazada de preocupación. Y lo peor era que no podía ignorarlo del todo. —Qué fastidio… —murmuró para sí, deteniéndose un segundo antes de volver a caminar. Fue entonces cuando escuchó la puerta. No lo notó de inmediato. Estaba demasiado metida en su propia cabeza. Pero Damián ya estaba dentro, quitándose el abrigo con la misma
Damián se puso de pie, estirando ligeramente los hombros antes de volver al set. El trabajo continuó con la misma intensidad que al inicio, pero ahora con un enfoque distinto. Las poses eran más dinámicas, el juego de luces más marcado, el fotógrafo más exigente con los detalles. Damián respondía sin quejarse, ajustándose a cada indicación con naturalidad, como si ese entorno fuera uno de los pocos lugares donde todo tenía sentido sin necesidad de explicaciones. Las horas pasaron sin que se notara demasiado. Cuando finalmente dieron por terminada la sesión, el estudio empezó a vaciarse poco a poco. El equipo recogía, comentaba resultados, revisaba algunas tomas con satisfacción. Damián se pasó una mano por el cuello, sintiendo el cansancio acumulado ahora que el ritmo bajaba. —Nada mal para alguien que no quería venir —comentó Elena, acercándose con una leve sonrisa. —Nunca dije que no quería —respondió él—. Solo que tenía mejores planes. —Claro —replicó ella—. Seguro eran muy pro
Meivi cerró la puerta de su habitación con más cuidado del que realmente sentía. No estaba tranquila, ni mucho menos, pero tampoco quería darle el gusto de parecer alterada por lo que acababa de pasar. Caminó hasta la cama y se dejó caer sentada, soltando el aire con pesadez mientras se llevaba una mano al rostro. Dios… ¿por qué es tan irritante?, pensó, apretando los labios con frustración. Si alguien tenía derecho a estar molesta era ella, no él. Era absurdo que terminara sintiéndose atacada cuando, en su cabeza, la historia estaba clara desde hacía años. Y aun así… bastaban un par de palabras de Damián para desordenarle todo. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, mirando un punto fijo en el suelo como si así pudiera acomodar sus ideas. Tal vez ambos estaban siendo infantiles. Tal vez ese silencio que arrastraban desde el pasado no era más que una forma cómoda de evitar algo que ninguno quería enfrentar de verdad. Pero incluso si hablaran… ¿qué cambiaría





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