Capítulo 6. Chantaje.

Bruno cerró la puerta tras de sí y le puso el seguro. El clic sonó definitivo.

—Bonito lugar —dijo con sarcasmo, mirando con asco los muebles modestos—. ¿Lo pagaste con el dinero de mi esposa?

—¿De qué estás hablando?

Bruno sacó el papel bancario del bolsillo interior de su saco y se lo lanzó a la cara. La hoja aleteó antes de caer a los pies de Renata.

—Léelo.

Renata lo recogió, temblando. Vio los números. Vio su nombre.

—Cincuenta mil dólares... —leyó—. Bruno, yo no sé qué es esto. Yo no tengo este dinero.

—¡Deja de mentir! —gritó él, acercándose tanto que Renata pudo ver las venas de su cuello palpitando—. ¡Salió de la cuenta de Lourdes horas antes de morir! ¿La obligaste a transferírtelo? ¿La chantajeaste? ¿O simplemente le robaste las claves mientras yo estaba ocupado rechazándote en la terraza?

—¡Te juro que no sé de qué hablas! —Renata retrocedió hasta chocar con la pared. 

Las lágrimas brotaron de nuevo.

—¡Debe ser un error del banco! ¡O una trampa! Alguien más debió hacerlo...

Bruno la acorraló. Puso una mano en su garganta y otra en la pared, justo al lado de la cabeza de ella, atrapándola.

—Nadie tenía sus claves, solo ella. Y tú eras la única muerta de hambre que estaba en esa suite.

Renata intentó empujarlo, pero él era un muro de piedra.

—Si crees que soy una ladrona, llama a la policía. ¡Llámalos! Prefiero estar en la cárcel que aguantar tu odio.

Bruno sonrió. Fue una sonrisa cruel, sin alegría.

—Oh, no, querida. La cárcel es demasiado buena para ti. Si vas a la cárcel, serás solo una presa más. Yo tengo un plan mejor.

Él bajó la voz, convirtiéndola en un susurro letal que le erizó la piel a Renata.

—Vas a pagar cada centavo de ese dinero y con intereses.

—No tengo ese dinero...

—Lo vas a trabajar —sentenció él—. A partir de mañana, eres mi Asistente Ejecutiva Personal. Vas a estar a mi disposición veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Manejarás mi agenda, mis llamadas, mi café y mi mi3rda si yo te lo pido.

Renata lo miró horrorizada.

—¡Estás loco! Yo tengo universidad, tengo mi vida...

—Tu vida se acabó el día que mataste a mi mujer —la cortó él—. Si te niegas, en este mismo momento hago una llamada. No solo irás presa por fraude y homicidio, Renata. Me encargaré de que tu madre pierda su pensión. Me encargaré de que tu hermano no encuentre trabajo ni de barrendero en esta ciudad. Tengo el poder para aplastar a tu familia como a cucarachas. ¿Me estás entendiendo?

Renata sintió que le faltaba el aire. Sabía que él podía hacerlo. Bruno Ávalos no amenazaba en vano.

—¿Por qué? —susurró ella, derrotada—. Si me odias tanto, ¿por qué me quieres cerca?

Bruno se inclinó más. Su nariz rozó la mejilla de ella.

El olor de él la invadió, despertando esa reacción traicionera en su cuerpo, esa electricidad que ni el miedo podía apagar.

—Porque quiero vigilarte —dijo él cerca de su boca—. Quiero ver cómo te quiebras. Quiero tenerte ahí el día que cometas un error y confieses la verdad. Y porque...

Se detuvo. Sus ojos bajaron a los labios de Renata. La tensión cambió de repente. El odio se mezcló con un deseo oscuro, tóxico.

Bruno odiaba desearla, pero su cuerpo no obedecía a su cerebro. Recordaba la piel de ella en Los Cabos. Recordaba sus gemidos.

Renata contuvo el aliento, hipnotizada por la cercanía.

—Y porque me perteneces hasta que yo diga lo contrario —terminó él.

Bruno se apartó bruscamente, como si hubiera tocado fuego. Se arregló el saco con frialdad.

—Mañana a las 7:00 AM en Torre Reforma. Piso 40. No llegues tarde. Y vístete decente, no quiero que parezcas una cualquiera en mi empresa, aunque lo seas.

Se dirigió a la puerta.

—Ah, y una cosa más —dijo sin voltear—. Camila cree que eres una santa que la está apoyando. Sigue fingiendo. Si le dices una palabra de nuestro "acuerdo", destruyo a tu familia. Buenas noches, Renata.

Salió.

Renata se deslizó por la pared hasta caer al suelo, con el papel bancario arrugado en la mano.

Estaba atrapada.

Iba a trabajar para el diablo. Iba a ver todos los días al hombre que amaba y que la odiaba a muerte. Y lo peor de todo: iba a tener que consolar a su mejor amiga mientras dormía o intentaba no dormir con su padre.

Miró el techo, secándose las lágrimas con rabia.

—Muy bien, Bruno —susurró—. Quieres guerra. Tendrás guerra. Voy a demostrarte que soy inocente, aunque me cueste la vida.

Pero Renata no sabía que la trampa bancaria no era lo único que estaba gestándose. 

Había algo más, un secreto que, tarde o temprano, haría volar por los aires la Torre Reforma.

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Omaira Calderon¿quién será que odia tanto a Renata? ¿será Camila? \⁠(⁠◎⁠o⁠◎⁠)⁠/
Guadalupe PomaresHay no que más desgracias le pueden pasar a esta pobre chica.
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