Annelise ya no pudo siquiera terminar de comer. La comida le resultó amarga, no porque no estuviera deliciosa, sino por la maldita amenaza de Aleksei.
Él no tenía ni la menor idea de quién era ella en realidad y aun así, se atrevió a desafiarla.
Ella no quería imaginarse lo que ocurriría si él se enterase de la verdad.
Y Annelise lo que necesitaba era tener nuevamente su arma bajo su dominio.
Una hora más tarde, varios sirvientes irrumpieron en el dormitorio con el rostro frívolo e inexpresivo.