Capítulo 4

Se mordió los labios, ansiosa.

Deseaba largarse cuanto antes de ahí, pero apenas comenzaba su encomienda.

Sacudió la cabeza al saber que tenía que consumir el maldito matrimonio para engendrarle un hijo a ese bastardo y después huir. Pero ¿y si él o ella eran infértiles? No quería sacrificar su cuerpo en vano y mucho menos dejar que Aleksei Reznivok le pusiera las manos encima solo por placer. De ninguna manera.

A regañadientes se vio obligada a levantarse y asomarse a la ventana, en donde el cristal estaba empañado por la calidez de la habitación, pero afuera la nieve casi obstruía el campo visual.

Había más frío ahí que en Rügen.

Se puso el abrigo y volvió a guardar el arma entre sus bragas incluso para ir al baño porque no podía arriesgarse a ser descubierta.

Cuando salió de asearse, se encontró nuevamente con ese cretino, pero ahora sentado sobre la cama, observando un cabello de ella sobre la almohada.

—Te estás quedando calva, ¿sufres de alopecia? —le preguntó con preocupación.

Annelise apretó los puños con rabia.

—¿Qué se te ofrece ahora?

—Vine a llevarte al comedor para que conozcas a mi padre y desayunes—respondió y enseguida sus petulantes ojos grises la escanearon de arriba abajo—. No puedes presentarte así, cámbiate.

—¿Se te olvida que no traje nada más que este vestido y abrigo? No tengo ropa.

Aleksei hizo una mueca de irritación. Ya se había vestido de manera casual, y todo de negro, viéndose muy elegante.

—Déjame ver si hay algo de tu talla en la habitación que era de mi madre. De mientras, date una ducha—. La miró una vez más, pero esta vez con desaprobación antes de dejarla sola.

Aparte de ser un infeliz, era insolente.

Pero tenía razón. Debía darse una ducha rápida para estar lista para la ceremonia falsa de la tarde.

Mientras el agua caliente le limpiaba los residuos de su dignidad, escuchó movimiento en el dormitorio y agradeció mentalmente tener su arma consigo y no afuera.

En cuanto terminó, se enrolló en la toalla que había y salió a confrontarlo, pero no había nadie, solamente yacía un vestido anticuado, pero agradable color oro de manga larga sobre la cama y… ropa interior. Ciertamente eso sí era nuevo porque tenía etiqueta, y no quería saber de donde lo había sacado, así que se apresuró.

Se vistió con rapidez, ajustando el vestido dorado y asegurándose de que el arma quedara oculta bajo la tela. Cada movimiento la hacía sentir una mezcla de poder y vulnerabilidad, como un tigre acechando entre sombras.

Al abrir la puerta, Aleksei estaba apoyado en el marco, los brazos cruzados, con esa sonrisa torcida que la puso de nervios.

—¿Lista? —dijo, y su voz era baja, cargada de ironía, como si supiera cada uno de sus pensamientos.

Annelise levantó la barbilla y se obligó a respirar profundo. No podía permitir que él percibiera miedo.

—Vamos —respondió con frialdad, aunque su pulso estaba acelerado y la piel erizada por la presencia de aquel hombre.

El pasillo parecía más largo que nunca. Cada paso de Aleksei resonaba como un desafío silencioso, y ella sentía que sus ojos la atravesaban, evaluando, midiendo, acechando. La sensación de ser presa y cazadora al mismo tiempo la llenó de adrenalina.

Al llegar al comedor, la luz cálida contrastaba con la frialdad de sus pensamientos. Los hombres del consejo de Mikhail Reznikov la miraban con curiosidad, y ella devolvía cada mirada con calculada serenidad. Sabía que no podía fallar ni un solo gesto.

—Ah, ahí estás —dijo Mikhail, sin levantar la voz, pero con un tono que parecía atravesar la piel. Sus ojos grises estudiaban cada centímetro de ella, buscando señales de debilidad.

—Buenos días, señor —respondió Annelise, con voz controlada, neutra, calculada. Cada palabra medida, cada inflexión pensada para que ese hombre no sospechara nada.

Aleksei se sentó frente a ella, cruzando las piernas, relajado y seguro, como si fuera dueño del lugar. Sus ojos grises no dejaban de recorrerla, y Annelise sintió una mezcla de irritación y un poco atracción que sabía debía controlar. ¿Por qué su padre no le mostró una fotografía de su futuro esposo falso antes?

—Debes saber algo —dijo Mikhail, y Annelise contuvo la respiración—. Aquí, la obediencia es ley. La inteligencia se aprecia, pero la desobediencia se paga con sangre. La familia está por encima de todo.

—Lo entiendo, señor —respondió, manteniendo la calma mientras su mente corría a mil por hora, planeando cada posible movimiento, cada estrategia de escape o de manipulación. Incluso deseó poder agarrar su arma para sentirse más segura.

Un sirviente colocó el desayuno frente a ellos: huevos revueltos, pan recién horneado, café humeante. El aroma le golpeó los sentidos, pero no había tiempo para disfrutarlo. Cada bocado debía ser un acto de concentración, cada sorbo de café, una prueba de su autocontrol.

—Tú pareces… diferente a lo que esperaba —comentó Mikhail, sin apartar los ojos de ella. La frase no era un cumplido, sino un examen silencioso.

—Espero estar a la altura de sus expectativas, señor —respondió, manteniendo la máscara de neutralidad, aunque su corazón latía con fuerza.

Aleksei arqueó una ceja, divertido, como si la respuesta la hubiera traicionado. Pero Annelise apenas le dirigió una mirada; no podía permitir que él la desarmara con su presencia.

—¿Y qué opinas de tu prometido? —preguntó el consejero de Mikhail que acababa de tomar asiento, intentando romper la tensión.

—Es… competente —dijo ella, midiendo cada palabra—. Sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. —No lo miró directamente, pero su advertencia estaba clara: no estaba allí para juegos.

Aleksei inclinó levemente la cabeza, curioso y divertido. Sus ojos grises brillaban con una mezcla de desafío y atracción contenida. La tensión entre ambos podía cortarse con un cuchillo.

Cada movimiento, cada gesto del desayuno era un campo minado: un error y todo podía estallar en violencia, revelando la misión de Annelise, o peor… su propia muerte.

Mientras cortaba un trozo de pan, Annelise observó cómo Aleksei tomaba su café. La forma en que sus dedos largos y firmes se cerraban alrededor de la taza, cómo su tatuaje en el cuello brillaba ligeramente bajo la luz… todo la hizo sentir una mezcla de fastidio y fascinación que debía evitar.

—Te sientas demasiado cerca —susurró, apenas audible, más para sí misma que para él.

—¿Demasiado cerca para ti? —replicó Aleksei, con voz baja y tono juguetón, mientras sus ojos parecían penetrarla.

El silencio volvió a caer, pesado y cargado de electricidad. Annelise apretó los dientes, consciente de que cada palabra, cada gesto, cada respiración podía ser usada en su contra. Cada segundo con él era un recordatorio de lo que estaba en juego: su misión, su vida y la posibilidad de venganza de su propia familia.

Un crujido detrás de ella hizo que girara ligeramente la cabeza; un sirviente distraído había derramado una gota de café, pero en su mente, cada movimiento era una amenaza potencial. Aleksei percibió su reacción y sonrió ligeramente, sabiendo que ella ya estaba alerta, lista para todo, incluso para enfrentarlo si fuera necesario.

El desayuno continuó entre silencios calculados, miradas afiladas y palabras medidas. Annelise contaba mentalmente cada gesto de Aleksei y Mikhail, cada pausa, cada suspiro, cada movimiento del consejo. No podía confiar en nadie. No podía mostrar miedo. Su supervivencia dependía de cada segundo de atención y estrategia.

Y mientras los últimos sorbos de café desaparecían, Annelise supo que este era solo el comienzo. Este desayuno no era una simple comida: era un campo de batalla disfrazado de etiqueta y protocolo. Cada palabra podía ser una trampa, cada gesto, una amenaza.

Porque en la mansión Reznikov, incluso un simple desayuno podía ser mortal.

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