Mundo ficciónIniciar sesión—¿Cuál es tu nombre? —quiso saber Mikhail antes de retirarse de la mesa.
A juzgar por el tono oscuro en su voz y su mirada penetrante, Annelise advirtió que era una trampa. Obviamente que sabía el nombre de la chica que había solicitado secuestrar para que su hijo le engendrara un nieto.
—Nadia Zaytsev—. Contestó con ligereza e incluso se vio obligada a sonreír.
—Muy bien Nadia, espero sepas la razón por la cual desposarás a mi hijo, ¿verdad?
Annelise asintió, controlando el asco que le producía ese hombre de ojos grises, que estaba más cerca del cementerio que de la vida y que le había regalado una sonrisa morbosa mientras hablaba.
Ella levantó la taza de café, tratando de mantener la compostura mientras su mente corría a mil.
De pronto, se escuchó un ruido sordo que vino del ala oeste de la mansión, seguido de un golpe metálico y un grito ahogado. Los hombres del consejo se tensaron, todos menos Mikhail, que se quedó sentado como una estatua, observando la situación con ojos de depredador.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Aleksei, levantándose de un salto, su voz grave y cargada de amenaza.
Annelise sintió cómo su pulso se aceleraba. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que algo había sucedido. Con la taza aún en la mano, se levantó lentamente, manteniendo la calma aparente, ocultando el arma bajo el vestido.
—Parece… un accidente —dijo Mikhail con voz helada, aunque sus ojos grises brillaban con algo que no era casualidad. Sus dedos se entrelazaron sobre la mesa, pero la tensión en su mandíbula decía otra cosa.
Aleksei frunció el ceño y dio un paso hacia la puerta.
—Voy a revisar —dijo, y Annelise lo siguió, sintiendo la necesidad de mantenerse cerca, lista para cualquier movimiento.
Al llegar al pasillo, encontraron un sirviente tirado en el suelo, sangrando levemente de la cabeza. Una bandeja de plata rota estaba esparcida por el suelo, junto a la taza de café derramada. Pero lo que captó la atención de Annelise fue la sombra que desaparecía por el corredor: un hombre armado, veloz y silencioso, que parecía conocer perfectamente la mansión.
—¡Maldita sea! —Aleksei gritó, y su voz era pura adrenalina. Sacó una pistola del cinturón, apuntando a donde había visto la sombra.
Annelise sintió que su corazón se encogía, pero no podía fallar. Rápidamente, desenfundó su arma de entre las bragas y apuntó junto a él, siguiendo cada movimiento del intruso.
El silencio se rompió con un disparo seco. El hombre armado cayó al suelo, pero no sin antes disparar hacia el comedor, donde un golpe de suerte hizo que un cuadro se estrellara contra la pared, cayendo a centímetros de Mikhail.
—¡Cúbrete! —gritó Aleksei, mientras empujaba a Annelise detrás de un pedestal decorativo, sus cuerpos casi pegados, el calor de él mezclándose con la adrenalina que recorría sus venas.
Annelise tragó saliva, pero no bajó el arma. Cada fibra de su ser gritaba peligro, pero también… una extraña fascinación por cómo Aleksei reaccionaba. Él era un lobo enjaulado, y ella la única capaz de igualar su furia y control.
Más disparos resonaron en la mansión, y los sirvientes se escondieron mientras los hombres del consejo buscaban armas o se lanzaban a cubrir posiciones estratégicas. El comedor se convirtió en un campo de batalla improvisado, y cada segundo contaba.
—¿Estás bien? —preguntó Aleksei, su respiración entrecortada mientras apuntaba, los ojos grises brillando con intensidad.
—Más o menos —respondió Annelise, con voz firme, aunque sentía cada latido de su corazón como un tambor de guerra. Sus manos temblaban ligeramente, pero no lo suficiente para delatar su entrenamiento.
Un segundo intruso apareció, esta vez en el corredor lateral. Aleksei disparó primero, y Annelise siguió, coordinando sus movimientos sin palabras, como si hubieran entrenado juntos toda la vida. Cada bala, cada paso, cada reacción estaba calculada al milímetro.
Finalmente, los atacantes cayeron, algunos muertos, otros heridos. La mansión volvió a un silencio tenso, roto solo por los pasos de Mikhail que se acercaba, observando todo sin emitir sonido. Sus ojos grises recorrían a Annelise y Aleksei, evaluando y midiendo.
—Impresionante —dijo finalmente Mikhail, su voz grave y helada—. Pero recuerda, aquí no todos sobreviven. Y este es solo un aperitivo. —Se giró hacia Aleksei—. Enséñale cómo se hace, hijo. No olvides que la familia está primero.
Annelise sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que esta era apenas la primera prueba, y que su misión, su propia vida y la estrategia de su familia dependían de cada segundo, de cada movimiento y de cada mentira que tuviera que mantener frente a Aleksei y su padre.
Mientras se recomponía y guardaba el arma, Aleksei la miró, sus ojos grises llenos de preguntas no formuladas, de desafío, de… algo que Annelise no podía permitirse aceptar. La tensión entre ellos se sentía en el aire, eléctrica, peligrosa.
Y mientras los sirvientes y el consejo evaluaban los daños y aseguraban la mansión, Annelise supo que el verdadero juego apenas había comenzado.
Porque en la mansión Reznikov, incluso un desayuno podía convertirse en un campo de batalla mortal… y ella estaba justo en el centro, lista para sobrevivir, matar y cumplir su misión, sin importar lo que su corazón le susurrara.
Annelise no sabía si Aleksei iba a cuestionarla acerca de su arma, pero aprovechó el momento en el que él comenzó a caminar sin miramientos con su propia arma en alto, en busca de más sospechosos.
—¿Cómo pudieron burlar la mansión? ¿No se supone que hay suficientes hombres aquí para protegerlos? —inquirió ella, siguiéndolo a pasos apresurados.
—Aquí eso no es importante—eludió él, apretando los labios mientras se escabullía por un largo pasillo con Annelise pisándole los talones. Se detuvo detrás de una esquina y estiró el brazo para que ella no siguiera y la miró a los ojos—. ¿De dónde sacaste esa arma que tenías en tus bragas?
Las mejillas de la fémina enrojecieron considerablemente.
—Se la robé a unos vagabundos cuando me encontraba de camino aquí—, respondió con vaguedad—. No podía entrar a esta fortaleza sin un arma de por medio.
—¿Y has matado personas? —inquirió él, arqueando una ceja en su dirección, sin dejar de estar atento al pasillo.
Ella dudó. Pero su padre jamás le prohibió contar sus habilidades, y supuso que no sería mala idea contárselo.
—Obviamente. ¿De qué sirve tener una maldita pistola si no es para meterle un tiro a alguien? —respondió con severidad.
Él iba a replicar, pero se escucharon más disparos cerca de la puerta trasera, cerca de la cocina.
Aleksei revisó cuantas balas le quedaban a su cartucho y le quitó el seguro, comenzando a caminar con mucha seguridad al epicentro de los problemas, a sabiendas de que ella lo seguía.
Cuando llegaron a la cocina, encontraron a dos hombres arrodillados mientras los hombres de Mikhail les apuntaban a la cabeza con rifles.
Las armas de los atracadores estaban en posesión del padre de Aleksei, quien se hallaba como espectador desde el lado opuesto a ellos, mirando fascinado la escena, esperando quien iba a ser el que se animase a ejecutarlos.
—Aleksei, ¿nos haces el honor? —le preguntó a su hijo con lisura.
Pero el joven vástago negó con la cabeza, moviéndose hacia un lado para que pudieran ver a Annelise que se había quedado oculta detrás de él.
En cuanto sintió todas las miradas encima, rápidamente escondió el arma detrás de la espalda.
—Mi futura esposa nos hará ese honor, padre.
Mikhail parpadeó y después frunció el ceño, desconcertado.
—¿De qué diablos hablas? —increpó.
—Ella sabe disparar muy bien—. Convino Aleksei, esbozando una sonrisa lobuna en dirección a ella.
Maldita sea.
Era una trampa.
—¿Qué? ¿Sabes disparar un arma? —Mikhail se dirigió a ella con desdén y desconfianza.
Annelise tragó saliva y cuadró los hombros. No iba a dejarse intimidar por nadie y menos por sus enemigos.
—Por supuesto, señor Reznikov—asintió con una sonrisa triunfal. —En este mundo solo los más fuertes sobreviven. Es como la cadena alimenticia: existen depredadores y presas—, continuó diciendo con suma arrogancia camuflada de emoción—. Y, bueno, yo elegí ser un depredador.
—En ese caso—dijo el líder ruso con suficiencia, aun midiéndola—, adelante. Quiero que mates a estos dos gusanos sin titubear, denle un arma…
—Padre, ella tiene su propia arma—. Interpuso Aleksei, haciéndose un lado para que ella se acercara al par de hombres arrodillados que estaban horrorizados.
Al hombre no le dio tiempo de sobresaltarse al enterarse de que ella había llevado su propia pistola a hurtadillas porque Annelise disparó con una precisión impresionante en la frente de cada uno, y entre espasmos y temblores, los cuerpos de los atracadores cayeron al suelo, salpicando todo a su alrededor.
Por el rabillo del ojo, ella advirtió que el enemigo de su padre había quedado impresionado con ella y su futuro esposo todavía más.
Y ella no estaba segura si esa reacción era buena o mala.







