Capítulo 3

Por un largo rato, permanecieron los dos en el balcón, mirando las tenues luces de la ciudad que apenas se notaban por la neblina causada por la nieve y parecía no importarles que el frío les estuviera calando los huesos, en especial ella.

—¿Nos casaremos esta noche o mañana? —inquirió Annelise sin mirarlo—. Porque me he puesto mi mejor vestido y he caminado bajo la nieve para que me digan que mañana será la boda.

—No creo que de verdad tengas tanta prisa por casarte conmigo.

—Pues no quiero morir gracias a tu familia—carraspeó y lo miró por encima del hombro—. Porque eso harían si me niego, ¿no? Meterme una bala en la cabeza y tirar mi cadáver en alguna parte si me niego.

Aleksei no respondió de inmediato. Se situó junto a ella y se recargó en el barandal mientras encendía un cigarrillo con aire sombrío.

—Aunque no lo creas, en este momento eres muy valiosa, o al menos, tu útero—añadió en tono burlón, dándole una fuerte calada.

—¿Y si resulta que soy estéril? —contraatacó ella en el mismo tono y esta vez, se volvió hacia a él, casi cara a cara.

Él frunció el ceño. Sus ojos grises demostraron sorpresa y perplejidad ante esa pregunta.

—¿Eres estéril?

—No, pero podría serlo—, se encogió de hombros, sonriendo entre dientes—. Y no creo que quieran llevarse una pésima decepción al haberme elegido tu esposa.

La especialidad de ella era fastidiar a la gente.

Aleksei sostuvo su mirada durante unos segundos más de lo conveniente. Era la primera vez que una mujer lo desafiaba así sin temblar, sin bajar la cabeza, sin fingir delicadeza para agradarle.

No era sumisa.

No era dócil.

No era segura.

Era peligrosa.

Le dio otra calada al cigarrillo, dejando que el humo se perdiera en la neblina.

—Te conviene no serlo —respondió al fin, con voz áspera—. La infertilidad no es precisamente… bienvenida en esta casa.

—Oh —murmuró ella con falsa sorpresa, apoyando los codos en el barandal—. Entonces no soy una mujer. Soy una fábrica biológica.

—No eres la primera en descubrirlo.

—Pero quizá seré la última —susurró, en un tono tan bajo que resultaba imposible saber si era una amenaza… o una promesa.

El viento sopló más fuerte. A ella le dolían las manos del frío, pero no se movió. Ceder terreno era perder poder.

Aleksei la observó de perfil. La línea rígida de su mandíbula, el mentón elevado, los labios tensos pero firmes. No había miedo en ella.

Era como si ya hubiera visto la muerte… y hubiese decidido no volver a temerle.

—No pareces asustada —dijo él, casi como un reproche.

Annelise soltó una risa breve, seca, sin alegría.

—El miedo es un lujo para gente que tiene algo que perder.

Él ladeó la cabeza.

—¿Y tú? ¿Qué has perdido?

—Todo —replicó sin dudar—. Pero descuida… eso me hace útil para tu familia.

El silencio volvió a caer entre ellos.

La nieve seguía cayendo.

Las luces de Yakutsk titilaban como estrellas moribundas.

Aleksei se inclinó un poco hacia ella.

—Si eso es verdad… entonces eres más peligrosa de lo que aparentas.

Ella sonrió.

—Eso espero.

Por primera vez, él sintió algo que no había querido sentir desde que escuchó el anuncio de su padre.

Intriga.

Un interés que no tenía nada que ver con política ni con la guerra.

Era algo mucho peor.

Humanidad.

Y justo por eso, se obligó a endurecerse.

—Ve a descansar —ordenó—. Mañana a primera hora se realizará la ceremonia civil. Después… veremos qué tanto valor tiene tu rebeldía.

Annelise lo miró a los ojos, sin parpadear.

—Yo no vine aquí para obedecer —respondió con calma—. Vine para sobrevivir.

—Te equivocas, estás aquí porque serás mi esposa y me darás un hijo.

—Nadie me preguntó si yo quería eso y heme aquí, obedeciendo el capricho de la familia Reznikov.

—No es ningún capricho—espetó Aleksei, apretando la mandíbula.

—Si no lo fuera, tú mismo habrías conseguido a una mujer que amaras para casarte con ella y tener el heredero que tu padre necesita, Aleksei Reznikov.

Y luego… se dio la vuelta y entró a la mansión, dejando tras de sí un rastro de silencio frío.

Aleksei la siguió con la mirada. Algo en su pecho se tensó.

No sabía qué… pero entendía una cosa: Esa mujer no era la prometida que habían elegido.

Y si lo era… Era la equivocada.

O la correcta para destruirlos a todos.

Un par de hombres armados la escoltaron bajo la indicación de Aleksei.

Annelise le había sembrado una espinita a ese idiota para que el resto de la noche tuviera mucho que pensar.

De camino a su dormitorio designado en esa mansión tan careciente de humanidad, observó que todo era tan vacío, simple, elegante, pero sin vida. No había fotografías familiares ni los típicos adornos en casas normales. En su casa tampoco había eso, pero al menos una fotografía enorme de su padre, Saskia y ella en lo alto de la chimenea de la sala, en donde solamente ellos tres tenían acceso.

Los hombretones la empujaron a una puerta y ella tuvo que reprimir el impulso de sacar su arma de entre sus bragas y cargárselos de un tiro cada uno, pero en vez de eso, les agradeció con una sonrisa forzada y cerró la puerta.

La habitación era pequeña y… circular. Una cama individual, un cuarto de baño, un pequeño tocador con una silla y un espejo de cuerpo entero. Literalmente era una pequeña prisión.

Malditos rusos. Ni siquiera se dignaron a otorgarle un sitio adecuado para dormir; pero no podía quejarse.

Al menos no la obligaron a adelantar la noche de bodas y de solo pensar en ello, se estremeció.

Jamás había tenido relaciones sexuales y le molestó la actitud de su padre ante ese tema, restándole importancia.

Como la faena de la noche anterior había sido durísima, apenas pudo pegar el ojo para después presentarse en ese lugar, así que en cuanto tocó la cama, quedó profundamente dormida y despertó gracias a los rayos del sol colándose por la ventana, dándose cuenta de la realidad.

Estaba en la mansión enemiga y en unas horas estaría casada con Aleksei Reznivok para ejecutar el plan a la perfección. Temía que se dieran cuenta de que era una usurpadora, pero tal vez el padre de él estaba muy ansioso por un nieto que no le importaría que su hijo se metiera hasta con una vagabunda.

De pronto, la puerta se abrió y su prometido falso entró con toda la confianza del mundo.

Annelise de inmediato se cubrió con las sábanas y metió disimuladamente el arma por debajo de las almohadas.

—¿Qué haces aquí? Te recuerdo que aun no somos esposos—, expresó ella en un siseo.

—¿Crees que me importa? —increpó, mirándola como si fuera una cucaracha.

Ella advirtió que él ya se había duchado y tenía ropa deportiva. Su cabello oscuro estaba húmedo y su perfume inundó la habitación.

Annelise puso los ojos en blanco.

—¿Y entonces qué pretendes entrando sin tocar a la habitación? Podría haber estado desnuda—. Carraspeó, molesta.

Aleksei se dejó caer en la silla frente a ella, cruzando un brazo sobre el respaldo como si la tuviera bajo control, aunque Annelise sabía que el control real estaba lejos de sus manos.

—¿Y qué querías que hiciera? —murmuró, con esa voz grave que retumbaba como advertencia—. ¿Tocar la puerta y pedir permiso como un caballero decente? —Sonrió con desdén, pero sus ojos no la perdían de vista—. No funciono así, además esta es mi casa.

Annelise lo observó, apretando los dientes. Podía oír cómo su corazón intentaba rebelarse contra su razón. Lo odiaba y… algo más. Algo peligroso.

—Pues la próxima vez —replicó, entre dientes—, avísame antes de irrumpir. Podría haber decidido matarte mientras estabas distraído.

Aleksei arqueó una ceja.

—¿Tú, matarme? —Se inclinó un poco hacia ella, hasta quedar tan cerca que el calor de su cuerpo se mezcló con el frío de la habitación—. Por favor… no creo que tengas la oportunidad.

Annelise sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por miedo. Por alerta. Por cada fibra de su cuerpo gritando que estaba frente a alguien que podía matarla… y al mismo tiempo encender algo dentro de ella que no debía.

Su mano continuaba rozando su arma por debajo de las almohadas.

—Ah, ¿no? —siseó ella, dejando escapar un hilo de voz—. Créeme, tengo más experiencia de la que imaginas… y si algo me amenaza, no tengo problema en disparar.

Él se reclinó, pero no se movió ni un centímetro del borde de la cama. Sus ojos grises eran afilados, como cuchillas.

—Lo sé —dijo finalmente—. Lo percibo. —Se inclinó un poco más—. Esa es la única razón por la que todavía estás viva, ¿verdad?

Ella lo miró, sin pestañear. Un juego mortal se había instalado entre ellos, invisible pero implacable.

—Quizá —respondió, dejándole la ambigüedad como un regalo envenenado.

Hubo un silencio cargado de electricidad. Cada respiración parecía resonar en las paredes de la habitación. La tensión era tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo.

Aleksei se levantó de la silla, acercándose más, sus movimientos seguros, lentos, calculados. Annelise mantuvo la calma, escondiendo el arma bajo la almohada, sintiendo que cualquier error podía costarle la vida… o algo aún peor.

—Esta tarde —dijo él, deteniéndose a centímetros de ella—, nos casaremos. Y entonces veremos si realmente eres tan letal como aparentas cuando te quedes en mi habitación.

Ella sostuvo su mirada, desafiante.

—Veremos quién sobrevive —susurró, dejando un eco de amenaza y promesa en la habitación.

El aire se volvió más pesado, la nieve golpeando la ventana como un recordatorio de que el mundo afuera no estaba preparado para lo que pasaba dentro.

Y mientras Aleksei se retiraba, dejando la habitación con pasos firmes, Annelise exhaló, apenas moviendo los dedos sobre el arma escondida.

"Esto no será un juego de esposos," pensó. "Será una guerra."

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