Capítulo 7

Esa mansión era enorme y no sabía dónde estaba Aleksei, pero recordaba por donde estaba la cocina y comenzó a buscarlo a partir de ahí.

A ella no le asustaban los cadáveres y mucho menos verlos con las cabezas destrozadas, porque su padre acostumbraba a hacer lo mismo en casa, pero la escena que presenció la dejó totalmente fría.

Los Falkenheim se caracterizaban por ser sanguinarios a la hora de rendir cuentas, incluso con ladrones o idiotas que querían pasarse de listos, pero jamás habrían hecho algo como aquello…

Antes de saber lo que estaba pasando, percibió el olor dulce y metálico de la sangre, acompañado de sonidos viscosos muy extraños.

Los hombres de Mikhail se hallaban destazando a los cadáveres que ella misma les arrebató la vida y no para deshacerse de ellos como era lo más normal, sino más bien los estaban colocando en cubetas y otros se hallaban pesando la carne, mientras que dos más, mientras platicaban, molían la carne como si fuera de res o cerdo, de manera sospechosa porque reconoció a algunos que eran de la cocina porque hacía un rato uno de ellos le sirvió el desayuno.

En cuanto se percataron de su presencia, dejaron de hablar y sus semblantes se ensombrecieron.

—¿Qué haces aquí? —le ladró el que tenía la cabeza cercenada de uno de los ladrones en las manos, como si fuera una sandía.

La boca se le secó y sintió la garganta cerrársele y áspera, incapaz de tragar saliva.

—Estoy buscando a Aleksei—afirmó. Aunque estaba horrorizada, no permitió que se le notara.

Ser intimidada en ese lugar les iba a costar.

—Él es uno de los amos de esta mansión y jamás estaría aquí, a menos que sea para ejecutar a ladrones como estos—. Siseó el mismo tipo con desdén, lanzando la cabeza humana en una de las cubetas manchadas de sangre, que sonó como golpeaba el interior del recipiente hasta llegar al fondo en un sonido seco.

Annelise rodó los ojos y se cruzó de brazos, fingiendo indiferencia.

—No pregunté tu opinión —replicó con sorna—. Solo dime dónde está.

El hombre soltó una carcajada seca, llena de burla.

—La muñequita tiene prisa… —canturreó—. ¿O vas a llorar porque te asusta un poquito la realidad?

Ella dio un paso más cerca. El olor metálico de la sangre le raspó la garganta… pero no retrocedió. Estaba acostumbrada.

—La realidad —susurró con una sonrisa afilada— es que uno de ustedes va a decirme dónde está Aleksei. Ahora.

El ambiente se tensó de inmediato. Nadie se movió.

—¿O quieres ser el próximo descuartizado y convertido en carne molina? Voy a ser la futura esposa de Aleksei en unas horas y no te conviene faltarme más el respeto—. Le advirtió con veneno, ensanchando más la sonrisa.

Hasta que otro de los hombres, uno más joven, nervioso, desvió la mirada, asustado.

—Está en el ala oeste… con el señor Reznikov—murmuró.

El tipo que había sostenido la cabeza cercenada gruñó, molesto, pero no lo contradijo.

Annelise asintió con frialdad.

—Gracias.

Se dio la vuelta para marcharse.

Pero antes de cruzar la puerta… escuchó algo.

Un chasquido. Una carcajada. Un comentario en susurros.

—Ojalá la chica no pregunte para qué es toda esa carne, aunque cuando contraiga nupcias lo va a degustar con fascinación.

El corazón de Annelise se heló. No volvió la vista atrás. No podía. Si lo hacía… vomitaría.

El pasillo estaba silencioso, largo, infinito. Sus pasos resonaban como golpes huecos contra el mármol. El aire era frío… pero ella sentía calor. Ira. Repulsión. Determinación.

Le robaron su arma.

Le robaron su control.

Y en esa casa… todo devoraba algo.

Eran caníbales. Y se preguntó si el desayuno de hacía unas horas contenía carne humana de alguien asesinado días atrás.

Se abrazó a sí misma ante esa idea tan repulsiva y sintió escalofríos.

Cuando llegó frente a la puerta del ala oeste, no dudó. La empujó con brusquedad.

Aleksei estaba ahí, frente a un enorme piano de cola, tocando suavemente una melodía y dejó de hacerlo abruptamente al verla.

Sentado con el ceño fruncido, estaba su padre Mikhail. Y ambos se giraron al mismo tiempo.

Sus miradas chocaron.

Y él lo supo al instante. Ella lo sabía.

—Necesito hablar contigo —dijo Annelise, firme, venenosa—. Ahora.

El silencio se volvió afilado.

Mikhail arqueó una ceja, divertido.

—Qué carácter tiene tu prometida…

Aleksei apretó la mandíbula… y se levantó.

—Vamos.

Caminó delante de ella hasta un despacho privado, agarrándola con rabia del brazo. Cerró la puerta y la observó en silencio.

Y entonces ella estalló. Le dio una bofetada con todas sus fuerzas, haciendo que el inmaculado rostro de Aleksei Reznikov viró violentamente hacia la derecha.

Inmediatamente volteó a verla, estupefacto por lo que ella acababa de hacer y se llevó la palma a la mejilla. Sus ojos grises ardían de cólera.

—Devuélveme mi arma—. Exigió ella.

Su voz no tembló. Pero sus ojos ardían.

Aleksei no se sorprendió más de lo que ya estaba.

En cambio … sonrió. Lento. Peligroso.

—Así que te diste cuenta.

Ella dio un paso hacia él con desprecio y sin miedo.

—No vuelvas a tocar mis cosas —escupió y lo miró de arriba abajo con asco—. Y mucho menos vuelvas a tocarme.

Aleksei la sostuvo con la mirada, como si midiera algo que no entendía del todo.

—Te iba a matar porque no confío en ti—dijo en voz baja—. En la cocina. Cuando disparaste.

El mundo pareció detenerse.

—Pero no lo hiciste —respondió ella, helada.

Él negó suavemente.

—No.

Hubo un silencio espeso.

Entre ellos… había fuego. Pero no era odio. Era algo peor.

—Quiero mi arma —repitió ella, más bajo.

Aleksei se acercó lentamente a ella, midiendo su reacción con malicia.

Sacó la pistola de su chaqueta. La sostuvo entre dos dedos, la cual se miraba pequeña en su mano. No se la entregó.

La puso… sobre su pecho. Justo sobre el corazón.

—Entonces gánatela esta noche—susurró con arrogancia—. Ya sabes cómo.

Él bajó la mirada hacia su escote, dándole la respuesta y ella retrocedió, sintiéndose vulnerable.

Y por primera vez… Annelise no supo quién estaba cazando a quién.

Se quedó un momento procesando y recuperó la compostura rápidamente.

—¿Y por qué mejor no tú te ganas el derecho a meterte entre mis piernas? —le espetó, estrechando los ojos y picándole el pecho con dedo índice.

Aleksei cortó la breve distancia que ella puso y la acorraló contra la puerta. Ella sintió su respiración muy cerca de su rostro y su perfume masculino la mareó.

—Me lo he ganado desde que mi padre te eligió para mí—. Gruñó, acercándose peligrosamente a su cuello. Ella le colocó ambas manos en su firme pecho para mantenerlo a raya, pero eso lo hizo sonreír demencialmente—. ¿De verdad crees que podrás librarte de mí esta noche? Recuerda cuál es el único propósito de tu estadía aquí… y de casarte con el heredero de Mikhail Reznikov. Estás aquí para darme un hijo. Y para que eso ocurra, voy a tomarte tantas veces como sea necesario hasta asegurarme de que cumplas con tu obligación, muñeca.

Annelise tragó saliva, sintiendo mucho calor y una extraña sensación en su entrepierna, acompañada de temor.

Aleksei no apartó la pistola de su pecho. La deslizó con lentitud hasta rozar su clavícula, como si el arma fuera una extensión de su propia mano, un recordatorio de quién mandaba allí. Sus ojos grises se clavaron en los de ella nuevamente, penetrantes, crueles, calculadores.

—No confundas las cosas —murmuró, la voz baja, áspera, intoxicante—. No estás aquí para desafiarme… y mucho menos para jugar.

Acercó más su rostro al de ella, y sintió cada músculo de su cuerpo que estaba tenso, un depredador listo para cazar.

—Estás aquí porque me perteneces —susurró, con un hilo de sonrisa que helaba y excitaba al mismo tiempo—. Y cuando decida tomar lo que es mío… no habrá prisa.

Su mano subió lentamente por su brazo, apenas un roce que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

—Será lento. Metódico. Brutal… y exquisito —continuó, cada palabra medida para hacerla sentir vulnerable y atrapada—. Cada segundo será mío, para que recuerdes que tu cuerpo, tu miedo… todo esto, me pertenece, muñeca.

A ella le temblaron las piernas, pero no lo dejó notar. Sus manos se apoyaron con más fuerza sobre su pecho firme, intentando crear un espacio invisible entre ellos. Pero él solo sonrió más, como si disfrutara cada segundo de esa resistencia inútil.

—Y mientras tú luchas por mantenerte… yo disfrutaré de cada reacción tuya —susurró, con esa mezcla de amenaza y deseo que la hizo jadear casi sin darse cuenta—. Porque en esta casa, los fuertes sobreviven… y tú, muñeca… vas a aprender muy rápido quién es el verdadero depredador.

Su respiración se volvió más intensa, acercando su cara aún más, rozando su oído:

—Cada gemido, cada temblor, cada intento de resistirte… será mío. Cada pedazo de tu cuerpo gritará mi nombre antes de que siquiera pienses en escapar.

Ella tragó saliva otra vez, consciente de que estaba atrapada en un juego que no podía ganar… y, sin embargo, por primera vez, una parte de ella quería ver hasta dónde podía llegar ese depredador llamado Aleksei Reznikov.

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