Capítulo 2

La nieve caía sin piedad sobre Yakutsk, borrando huellas y silencios, envolviendo la ciudad en un manto gris y mortal. Los faroles iluminaban calles desiertas, reflejando sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. La mansión Reznikov se alzaba sobre la colina, majestuosa y fría, como un observador omnipresente. Cada ventana era un ojo, cada columna de mármol negro, una advertencia.

Annelise Falkenheim caminaba entre la nieve, tacón tras tacón, calculando cada paso. La máscara de la prometida que nadie esperaba estaba lista, perfecta. El cabello café dorado pegado por la humedad, el vestido blanco impecable, el abrigo negro que la cubría sin ocultar su elegancia letal. Su respiración era tranquila, medida, pero dentro, el corazón latía como un tambor de guerra. Decidió esconder su arma en el interior de sus bragas porque sabía perfectamente que en cuanto pusiera un pie dentro de esa fortaleza, estaría en peligro mortal.

Había pasado la noche anterior reorganizando los últimos movimientos: la muerte de la prometida real, los cuerpos desaparecidos, las pistas eliminadas. Cada detalle estaba bajo su control. Nadie, ni los Reznikov, sospechaba que la mujer que ahora entraba en su mundo era hija del enemigo y la estratega que podía cambiarlo todo.

Los guardias de la entrada la miraron con sorpresa contenida. Su porte y su frialdad los intimidaron al instante. No era la chica frágil que esperaban; era un desafío envuelto en porcelana, una amenaza que nadie podía medir.

Al cruzar el umbral, la mansión la recibió como una bestia dormida: silenciosa, majestuosa, con paredes que parecían escuchar cada pensamiento. Los candelabros colgaban como testigos de un pasado sangriento; el mármol negro reflejaba la luz tenue y las sombras se doblaban en esquinas donde nadie se atrevía a mirar.

Y recordó las palabras de su padre:

—Recuerda que el nombre de la infeliz muchacha que eligieron se llamaba Nadia Zaytsev, ni se te ocurra mencionar nuestro apellido.

En el salón principal, rodeado de diez hombres armados, Aleksei Reznikov la esperaba. Sus ojos grises y gélidos la recorrieron de arriba a abajo, registrando cada gesto, cada respiración, cada movimiento. No la conocía, pero la curiosidad y la sospecha comenzaron a tejer un nudo en su pecho. Había algo diferente en ella: fuerza, frialdad… y un peligro que no había percibido antes en ninguna mujer.

—Bienvenida —dijo, con voz baja, firme, cargada de desdén—. Supongo que debo fingir sorpresa.

Annelise sonrió apenas, una curva mínima de labios que ocultaba filo y fuego.

Ella no lo conocía físicamente y se atrevió a aceptar que el hijo de perra era atractivo, pero seguía siendo un idiota al que tenía que destruir.

—Es un placer… cumplir con el deber —respondió con suavidad calculada, dejando que cada palabra flotara como una promesa silenciosa.

El choque de miradas duró segundos que parecieron horas. Aleksei intentó encontrar en sus ojos la inocencia que esperaba de la prometida original. No la había. Solo un fuego helado que podía devorar todo a su paso. ¿Acaso su padre le había mentido acerca de las características de la chica que eligió para él? Porque era todo lo contrario a lo que le informó, especialmente porque esta mujer tenía una vibra feroz y salvaje, demasiado interesante.

Annelise respiró hondo, poniéndose en el lugar de la chica muerta. Recordó el miedo de la joven atrapada, el terror de ser arrastrada a un mundo de sangre y deber, la fragilidad que ella debía ahora fingir para que nadie sospechara. Esa sensación se transformó en determinación.

—Me llamo Nadia Zaytsev—. Extendió su mano a él con seguridad. Elevó la barbilla para sostenerle la mirada con una media sonrisa. Aleksei le estrechó la mano con una ceja arqueada.

—Sígueme—, le indicó él. Y tanto los hombres armados y como ella, lo siguieron.

Cada paso que daba por la mansión era un cálculo, cada gesto un arma invisible. Ella debía mostrar vulnerabilidad sin perder autoridad, delicadeza sin revelar estrategia. La boda no era amor, no era alianza; era guerra, y ella estaba lista para ganar.

Los criados intervinieron, con nervios y respeto, recordándole los horarios, protocolos y códigos de la casa. Annelise los escuchaba con atención, pero su mente estaba en Aleksei, en cómo mover cada pieza sin ser descubierta, en cómo usar la ignorancia del heredero para su ventaja. Cada sonrisa que ofrecía era medida, cada palabra, un juego de poder sutil.

Aleksei la observaba mientras caminaba por los pasillos, sus pasos resonando como tambores de advertencia. No había contacto físico, no había palabras que explicaran su situación… pero el aire entre ellos vibraba con tensión. Cada cruce de miradas era un extraño duelo silencioso. Él sentía que algo en ella no encajaba. Que la mujer frente a él no era como las demás que había conocido. Y eso lo intrigaba.

Annelise se detuvo frente al balcón principal. La ciudad de Yakutsk brillaba bajo la nieve y la neblina, cada farol un testigo silencioso de la tragedia que acababa de suceder la noche anterior.

Recordó la escena de la prometida real: sangre en Yakutsk, gritos apagados, decisiones irreversibles. Esa noche, la muerte había sido una herramienta; ahora, la misma sangre marcaba el inicio de su juego dentro de los Reznikov.

Un disparo lejano resonó desde la periferia de la propiedad, pero Annelise no se asustó, sino que se puso a la defensiva. Sabía que la guerra no descansaba, que enemigos podían aparecer en cualquier momento. Cada movimiento debía ser perfecto. Cada palabra medida. Cada respiración un acto de supervivencia.

—El deber nos une —susurró, casi para sí misma, mientras sus dedos rozaban el marco del balcón—. Pero el destino nos dirá quién cederá primero.

Aleksei no respondió, solo la observó. La luz de la luna reflejaba su silueta, la elegancia de su vestido blanco contrastando con la oscuridad de la noche y la dureza de su mirada. Él aún no sabía que la prometida que tenía delante era hija de su enemigo, ni que cada movimiento de ella era una amenaza velada.

Annelise bajó los ojos por un instante, recordando que su supervivencia dependía de la máscara perfecta. No podía mostrar emoción, ni miedo, ni duda. La venganza y el deber no permitían titubeos. Cada paso que daba dentro de la mansión era un recordatorio de que estaba jugando un juego que podía costarle la vida… o darle el poder que necesitaba.

La noche envolvía Yakutsk, fría y silenciosa. Los Reznikov no sabían que su mundo estaba a punto de cambiar. Cada mirada, cada gesto, cada palabra entre Aleksei y Annelise sería un campo de batalla. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.

Porque en la mansión de mármol negro, bajo la nieve y la luz de la luna… la guerra no había hecho más que comenzar.

Y Annelise Falkenheim estaba lista para romper todas las reglas y hacer arder a esa maldita familia rusa.

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