La nieve caía sin piedad sobre Yakutsk, borrando huellas y silencios, envolviendo la ciudad en un manto gris y mortal. Los faroles iluminaban calles desiertas, reflejando sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. La mansión Reznikov se alzaba sobre la colina, majestuosa y fría, como un observador omnipresente. Cada ventana era un ojo, cada columna de mármol negro, una advertencia.Annelise Falkenheim caminaba entre la nieve, tacón tras tacón, calculando cada paso. La máscara de la prometida que nadie esperaba estaba lista, perfecta. El cabello café dorado pegado por la humedad, el vestido blanco impecable, el abrigo negro que la cubría sin ocultar su elegancia letal. Su respiración era tranquila, medida, pero dentro, el corazón latía como un tambor de guerra. Decidió esconder su arma en el interior de sus bragas porque sabía perfectamente que en cuanto pusiera un pie dentro de esa fortaleza, estaría en peligro mortal.Había pasado la noche anterior reorganizando los últi
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