Mundo ficciónIniciar sesiónYakutsk, Rusia
La ciudad de Yakutsk dormía bajo un manto de nieve gris, con calles que olían a frío y a hierro oxidado. Era incluso más deprimente que Alemania. La luz de las farolas apenas podía atravesar la bruma helada, y los edificios parecían doblar el tiempo: pesados, antiguos, como si la historia misma se hubiera congelado allí y como si las personas hubiesen abandonado ese lugar desde hacía mucho, pero no. Existía gente que residía tranquilamente en aquella ciudad congelada.
Tres autos negros surcaban las avenidas desiertas, sus motores apenas rompiendo el silencio, los cristales polarizados y sombras entrenadas para matar y desaparecer a quien sea.
Llegaron pronto a Rusia gracias al Jet Privado de Erich Falkenheim porque no había tiempo que perder. Los Reznikov ya estaban en movimiento.
En el vehículo principal, Annelise Falkenheim observaba la ciudad a través del reflejo del vidrio, intentando imaginarse la vida de la chica que debía ocupar su lugar: la prometida original de Aleksei Reznikov. Una joven asustada, entregada sin opciones, que jamás sabría la brutalidad de la guerra que estaba por cruzarla. O tal vez estaría agradecida por ser salvada de un final miserable a manos de esos mafiosos rusos.
—Llegamos a Yakutsk —dijo uno de los hombres al frente, rompiendo el silencio, con voz firme y controlada.
Annelise asintió apenas. La nieve golpeaba el parabrisas como agujas, y cada sonido le recordaba que la ciudad no perdonaba y que había llegado al sitio más frívolo del planeta tanto por el clima y por la ciudadanía.
Por alguna razón, comprendió que tal vez su padre presentía que algo como eso iba a ocurrir algún día porque desde niña, la obligó a aprender inglés, ruso, español y un poco de coreano. Y de no ser así, no iba a poder lidiar con su futuro e imbécil esposo falso.
Su mirada se fijó en las calles vacías. Pensó en la chica Reznikov, que probablemente ahora estaba temblando bajo mantas, ajena a la muerte que su familia enviaría para protegerla… y a la que ella, Annelise, estaba a punto de poner en movimiento.
—Recuerden, nadie sobrevive si se interpone —ordenó la líder del equipo, Erich Falkenheim supervisando desde atrás—. El objetivo es… exacto y definitivo.
En otras circunstancias, el padre de ella no habría asistido personalmente, pero en esta ocasión tenía que cerciorarse de que todo saliera en orden.
Sus fuentes confiables le habían prometido que esa misma noche se movilizaría la gente de Reznikov y no podía fallar.
Annelise respiró hondo. Por un instante, se permitió ponerse en el lugar de la chica Reznikov. Sus dedos se tensaron sobre el arma que descansaba en su regazo, su mente reprodujo cada escenario de miedo: la puerta que se abre, la mirada de hombres armados, los pasos que resuenan en un pasillo interminable, el olor a metal y pólvora mezclado con adrenalina.
Era ella. Pero no era ella.
Era ella quien debía morir.
El auto frenó frente a un edificio de ladrillo gris, casi invisible bajo la noche y la nieve. Ventanas cerradas, ningún signo de vida, pero Annelise sabía: las apariencias siempre mienten.
—Desplegarse —dijo Erich—. Segundo piso primero. Precisión máxima.
Los hombres descendieron en silencio, moviéndose como espectros. La nieve se pegaba a sus botas y al negro de sus trajes. Annelise bajó al último, con pasos medidos, casi ceremoniales. Tacones sobre el pavimento húmedo. Cada golpe era un aviso, un recordatorio de que, en ese mundo, la elegancia no impedía la muerte.
El pasillo olía a humedad, polvo, miedo… y muerte.
Alrededor de diez de los hombres de su padre comenzaron a movilizarse por los alrededores a pasos silencios al interior del edificio que aparentaba estar vacío.
Y de pronto, los primeros disparos rompieron la quietud.
Bala tras bala.
Y comenzó la cacería brutal.
Sangre que manchaba paredes y suelos, mezclándose con la nieve que se filtraba desde las ventanas rotas, gritos de horror y miedo, maldiciones, todo.
Annelise no se movió. Sus ojos fríos calculaban cada trayectoria, cada error, cada posible superviviente. La chica Reznikov estaba a unos metros, ignorante de que su salvación era en realidad su sentencia. Era, probablemente de la edad de Saskia y a Annelise le resultó repulsivo. ¿Por qué habían elegido a una chica que casi era una niña? Porque por lo que ella sabía, Aleksei tenía veintiséis años, mucho mayor que esa pobre chica.
Subieron al segundo piso. La escalera estaba manchada de rojo; huellas torpes mostraban la desesperación de quien intentaba escapar. La realidad que Annelise imaginaba mientras se ponía en los zapatos de la prometida era brutal: terror absoluto, adrenalina pura, el corazón martillando contra costillas ajenas… y saber que cada paso podría ser el último.
Al llegar a la puerta, el llanto de la joven atravesó el muro de sangre y pólvora. Un sonido que habría quebrado a cualquiera. Menos a Annelise.
—Por favor… yo… yo no pedí esto… —susurró la chica, temblando.
Annelise avanzó un paso. No para salvarla.
No para detener al equipo.
Para mirar. Para ver cómo se derrumbaba un mundo que ella jamás tendría.
—Lo siento mucho, pero no puedo tener cabos sueltos—. Dijo, antes de apuntarle directamente a la cabeza y apretar el gatillo.
Annelise ni siquiera parpadeó ante el leve retroceso y detonación del arma.
El disparo fue limpio.
Rápido.
La sangre marcó la pared como un recordatorio mientras el cuerpo de la chica emitía un extraño espasmo, a causa de la bala directamente en su cerebro, justo en terminaciones nerviosas.
El cuerpo cayó, despacio, en silencio. Nadie lo nombró. Nadie lo lloró. Nadie cuestionó la justicia de la muerte.
—Desaparezcan el cuerpo —ordenó Annelise. Nadie dudó. Nadie la cuestionó.
El eco de la tragedia quedó atrapado en las paredes. La ciudad seguía su curso indiferente, pero la mansión de Yakutsk no sabía.
Los Reznikov no tendrían a la prometida.
Sabía que alguien había dejado de respirar en su nombre.
Pero la violencia no había terminado.
Aún era el comienzo.
En la puerta, un hombre desconocido, quizás un guarda de Reznikov, irrumpió con un disparo. Una bala atravesó el pecho de uno de los hombres de Falkenheim. Su cuerpo golpeó el suelo con un sonido seco que resonó como advertencia.
El atacante corrió.
No llegó lejos porque desconocía que una simple chica que camufló muy bien su expresión dura mientras dirigía el arma hacia su espalda, lo llevaría a su muerte.
Un solo disparo de Annelise, limpio, mortal, puso fin a la amenaza. Sangre en la boca, ojos abiertos hacia el techo. La chica Reznikov había muerto, sí… pero la guerra recién comenzaba.
El equipo arrastró los cuerpos, el edificio volvió a ser un secreto. Annelise, de pie junto a la ventana, dejó que la nieve fría tocara su piel. Por un instante, permitió que la tragedia se filtrara, que el dolor de quien no tenía elección le atravesara los huesos.
Pero ese instante fue breve.
Porque la venganza y el deber no esperan.
Porque la sangre derramada no se olvida.
Porque Aleksei Reznikov… algún día… tendría que pagar y ella sería quien le pondría el precio a ello.
Cuando los autos arrancaron, la noche los tragó. La ciudad volvió a su indiferencia habitual.
Pero muy lejos de allí… en la mansión de mármol negro, alguien pronto descubriría que la prometida había dejado de existir.
Y que, desde ese momento… ninguno de los Reznikov estaría a salvo.







