Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de ese momento cardiaco, Aleksei abandonó la estancia, dejándola con el corazón latiéndole desenfrenadamente. No llevaban ni veinticuatro horas de conocerse y ya quería regresar a casa y abortar la misión.
No quería nada de él. No quería darle un hijo. No quería robarle a su engendro.
Corrió hasta el dormitorio y colocó varios muebles para atrancar la puerta. Se sentó a los pies de esa estúpida cama y abrazó sus rodillas, meciéndose para calmar su ansiedad.
No quería tener relaciones sexuales con ese sujeto. Le aterraba la idea de que la tocara con sus manos promiscuas, y ni siquiera importaba que fuese atractivo.
Le generaba repulsión.
Y tal como el pervertido de Aleksei había dicho, envió a un sirviente a buscarla para llevarla al comedor.
Annelise, escoltada por ese hombre, recordó enseguida la atrocidad que habían hecho en la cocina con ese par de ladrones y se le revolvió el estómago. ¿Cómo era posible que de verdad pudieran entregarse al canibalismo? Y no podía estar equivocada porque incluso estaban preparando carne molida y desmembrando los cadáveres minuciosamente como si se tratase de una vaca.
Se sorprendió cuando se encontró sola en el comedor. Había dos platos servidos y otros snacks, pero ella era la única ahí.
Volteó a ver al sirviente, pero este también se había marchado.
La comida, por lo que ella había investigado, parecía inofensiva hasta donde podía ver, pero se encargó de echarle un vistazo más de cerca a los alimentos.
—Es comida tradicional rusa, por si piensas que es carne humana—. Le informó Aleksei con una sonrisa burlona, apareciendo por el pasillo.
Ella enderezó la espalda en el asiento.
—No me puedo fiar de nada en este lugar—. Musitó, irritada.
—Eres muy crédula, por lo que veo—, dijo él, sentándose frente a ella—. Además, deberías reconocer los platillos de tu propio país.
Annelise se tensó.
—Aunque… —los ojos grises de él se estrecharon con curiosidad—, tienes un acento extraño, ¿eres extranjera?
—Mi familia por parte de mi madre es de Ucrania—mintió con seguridad—. Y la mitad de mi vida viví ahí.
Aleksei asintió, pensativo y de pronto buscó algo en sus bolsillos. Sacó una pequeña caja de terciopelo color oro y la deslizó a través de la mesa hasta llegar a ella.
—¿Qué es esto? —preguntó Annelise con el ceño fruncido.
—Es un collar. Mi padre dice que era de mi abuela—, se encogió de hombros con aburrimiento.
—¿Y yo para qué quiero un fósil de tu abuela? —increpó, mirándolo como si fuera idiota.
Él elevó los ojos al techo, fastidiado.
—Idiota, es para que lo uses en la ceremonia, a mí me da igual que uses joyas o no, pero es una orden directa de mi padre—espetó con dureza—. Y todo lo que él dice se cumple.
Con curiosidad, abrió la caja y alzó las cejas, asombrada por aquella joya, que para nada era un fósil, sino una reliquia familiar muy bella.
Era un collar de perlas muy hermoso.
—¿Y tu padre no vendrá a comer?
—Está ocupada terminando de arreglar los preparativos de la ceremonia—explicó con ambigüedad—. El clima empeoró y se hará aquí adentro, en el ala norte de la mansión y todos los empleados están moviendo las cosas del jardín para acá.
Entonces Annelise aventuró a usar su táctica persuasiva para sacarle información a ese idiota, siendo cuidadosa de no ser tan obvia.
—¿Y por qué es tan importante que tengas un hijo? Creo que ni siquiera llegas a los treinta años todavía, ¿no? —preguntó como quien no quiere la cosa, poniendo a un lado la caja del collar y acercando un plato de sopa.
—Por si no lo has notado, soy el único heredero de los Reznikov y mi padre es el líder de la mafia Rusia más poderosa, y no puede simplemente confiar en que yo voy a sobrevivir mucho tiempo, teniendo en cuenta que tenemos enemigos en todos los países, comenzando con Alemania.
Annelise tragó con dificultad la cucharada de sopa al escuchar mencionar su país.
—¿Por qué Alemania? —quiso saber, fingiendo curiosidad.
Él se encogió de hombros, jugueteando con un trozo de pan.
—De ese país es el hombre que mi padre más odia y tiene su propia organización similar a la nuestra.
—¿Es un capo como tu padre?
Aleksei asintió con aburrimiento.
—Lo tedioso de ser hijo de un capo es que tienes que reemplazar su lugar en algún momento.
—¿Y no estás interesado en ello? —arqueó una ceja, interesada de verdad porque lo entendía perfectamente—, es decir, fuiste criado para serlo.
Los ojos grises de aquel chico se posaron duramente en los de ella.
—¿Crees que es fácil pertenecer a esto? Todos los malditos días corremos peligro y no sabemos si vamos a amanecer con vida.
—Tienen una enorme mansión para resguardarse—le recordó ella.
—Sí, pero tú misma fuiste testigo de la facilidad con la que logran meterse las personas. Los guardias sirven una m****a al momento de poner fin a una vida.
Annelise chasqueó la lengua, evitando a toda costa de no burlarse.
Ella recordó que en varias ocasiones intentaron hacer lo mismo en su casa y los hombres ni siquiera llegaron a saltar los muros porque fueron acribillados por ella misma desde su habitación con el rifle que recibió como regalo de cumpleaños a sus dieciocho y como ansiaba mucho usarlo, aprovechó la ocasión.
Y solo en una cosa Aleksei tenía razón: los guardias no sabían hacer su trabajo.
—Si dices que esta mansión es insegura, ¿por qué demonios me quitaste mi arma?
—Porque mientras te mantengas en mi cama, estarás protegida de cualquiera que quiera hacerte daño.
—No pienso estar todo el maldito día ahí.
Aleksei enderezó la espalda y fue suficiente para que el aire cambiara.
—No es una sugerencia —dijo en voz baja—. Es una orden.
Ella alzó la barbilla, desafiante.
—Solo para darte un maldito hijo.
Él sonrió de lado, lento, peligroso.
—Para cumplir lo que eres aquí —corrigió—. No lo que quieres ser.
La miró como si la desvistiera sin tocarla, como si ya le hubiera quitado toda defensa.
—Tu cuerpo no es tuyo en esta casa —murmuró—. Es una promesa. Una herramienta. Una deuda. Es mío. —Hizo una pausa para evaluar su reacción—. Mejor dicho, eres mía.
Ella apretó los puños.
—No te confundas —continuó—. No te necesito valiente. Te necesito obediente. Callada cuando te lo diga. Presente cuando te lo exija. Y recordando, cada segundo… que tu lugar lo decido yo.
Se inclinó apenas, lo justo para que ella sintiera su sombra encima.
—Así que deja de hablar como si tuvieras elección —susurró—. Porque aquí no te preguntan qué quieres. Aquí solo se decide qué te toca.
Annelise bajó la mirada con cólera. Se había quedado sin palabras y estaba a nada de lanzársele encima como una loca.
—Mírame —ordenó Aleksei.
Ella no lo hizo.
Él se levantó de la silla, rodeó la mesa y la tomó bruscamente del mentón con dos dedos, sin apretar… pero sin dar opción.
—Cuando te hablo, me miras —murmuró—. Porque necesito que recuerdes quién tiene el control incluso cuando tiemblas.
Sus ojos se encontraron. El aire ardía.
—No te deseo porque seas mía —continuó—. Te deseo porque luchas. Porque cada vez que me odias, tu cuerpo traiciona a tu orgullo.
Ella respiraba rápido. No dijo nada, pero la rabia iba incrementando dentro de su ser.
—Eso me excita más que tu obediencia —susurró—. Que me mires como si quisieras matarme… mientras tu pulso me pertenece.
Se inclinó hasta rozar su oído.
—No te tocaré hoy, aunque nos casemos en un rato más —dijo—. Pero vas a pasar la noche pensando en lo que podría hacerte…y odiándote por querer que lo haga.
Se apartó, dejándola ardiendo sola.
—Dormirás con eso, muñeca —murmuró al irse—. Mañana… veremos quién se rompe primero.







