Capítulo 6

Mikhail Reznikov chasqueó los dedos para que sus hombres limpiaran el desastre y aprovechó a agarrar a Aleksei del brazo con brusquedad para hablar en un rincón con él, lo más lejos posible de su prometida.

—¿Cómo sabías que tenía un arma? —le siseó, escéptico.

El rostro de Aleksei se ensombreció y forcejeó para liberarse de su agarre.

—¿Por qué piensas que yo lo sé? Fuiste tú quien la eligió para ser mi esposa—le respondió con recelo—. No tengo la menor idea de cómo logró ingresar con esa pistola.

El viejo gánster se frotó el puente de la nariz con las yemas de sus dedos, intentando no perder el control.

—Tú deberías saber a quién elegiste para la madre de mi hijo—. Vaciló Aleksei y se encogió de hombros—, después de todo, no me dejaste elección a mí y cualquier sorpresa que esa chica nos dé, será por tu culpa.

El chico se abrió paso fuera de la cocina, llevándose a Annelise de la muñeca para evitar más confrontaciones.

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos de ahí, ella se zafó rudamente de él y lo empujó. Se guardó nuevamente el arma entre sus bragas sin importarle que ese chico ruso la estuviera mirando, pero ni siquiera estaba sorprendido, más bien, aburrido.

—Vendré por ti en unas horas para que comas y después te dejaré el vestido que usarás para la ceremonia. —Le indicó, pero ella lo ignoró, observando unos extraños adornos en la pared.

Él no estaba acostumbrado a que lo ignoraran y mucho menos una desconocida que era una completa idiota sarcástica, por lo que decidió demostrarle que el que mandaba en ese lugar era él.

La agarró de la muñeca con fuerza, haciendo caso omiso al momento en el que ella protestó y lejos de mirarla, la arrastró consigo hasta la pequeña habitación, abrió la puerta y la empujó al interior con brusquedad, cerrando la puerta de una patada.

La recámara quedó en silencio, apenas iluminada por la tenue luz ámbar de las lámparas antiguas porque las cortinas estaban cubriendo la ventana.

Ella había aterrizado de espaldas a la cama, con la respiración controlada, negándose a darle el gusto de mirarlo primero en cuanto se incorporó.

—Eres imprudente y pretenciosa, muñeca, no te conviene jugar con nosotros, especialmente conmigo—dijo él finalmente, su voz baja, áspera, como si reprimiera algo que no sabía nombrar—. Y también eres peligrosa, lo que me hace pensar que no eres fácil de dominar.

Annelise ladeó el rostro apenas, esbozando una sonrisa fría.

—Entonces estamos a mano. A mí tampoco me gusta que me den órdenes.

Sin embargo, en aquel segundo, Annelise se olvidó de fingir bien el acento ruso y se le salió su acento alemán, pero Aleksei pareció no notarlo porque estaba ocupado fulminándola con la mirada que eso fue lo de menos.

Sus ojos grises parecían dos enormes monedas de plata adheridas a su rostro.

Él dio un paso hacia ella. Después otro. El suelo crujió bajo su peso. Estaba demasiado cerca… lo suficiente para que ella pudiera oler el perfume amaderado mezclado con pólvora.

—No vuelvas a hacer algo así sin que yo te lo ordene —murmuró, clavando sus ojos grises en los de ella—. Aquí cada bala tiene consecuencias y también la desobediencia. En unas horas serás mi esposa y con mayor razón deberás acatar cada una de mis exigencias.

—No soy una mascota entrenada y tampoco seré tu esclava sexual. Engendraré un hijo tuyo y me largaré, porque esto es un contrato y no hay nada de amor de por medio—replicó con calma gélida—. Y con respecto a lo que sucedió en la cocina, me defendí. Te defendí a ti. Y a tu padre. Eso debería bastar para que los dos no desconfíen de mí. Las mujeres también sabemos manipular armas y pelear cuerpo a cuerpo de ser necesario, principito.

Aleksei apretó la mandíbula.

—No lo hiciste por mí, muñeca.

Ella no respondió. No podía. Porque él tenía razón y no quería ser descubierta. Estaba haciendo exactamente lo que su padre le había dicho que no hiciera.

El silencio se volvió denso. Incómodo. Cargado de algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir.

—Dime la verdad —susurró él, inclinándose apenas, como quien habla al oído de un enemigo—. ¿Quién te enseñó a disparar así y de dónde sacaste el arma?

El pulso de Annelise se aceleró… pero su rostro permaneció inmutable.

—La vida.

Él sonrió sin humor.

—La vida no entrena asesinos.

Sus ojos chocaron como cuchillas. Por un segundo… ninguno respiró.

—Al parecer nuestras vidas nos entrenaron, ¿no? Porque ambos sabemos asesinar sin remordimiento, o al menos yo sí. A ti no te vi matar a nadie.

Entonces Aleksei se apartó, seco, como si se obligara a romper algo invisible entre ambos.

—Prepárate —dijo con frialdad—. A partir de ahora, no bajaré la guardia contigo.

Ella alzó la barbilla con arrogancia.

—Excelente —susurró—. Yo tampoco.

—Esta noche sí lo harás, y me encargaré de ello—. La amenazó, y Annelise se sintió desnuda ante la mirada lasciva que ese idiota ruso le envió a su cuerpo. —Y si te niegas, no tengo problema con follarte en contra de tu voluntad, después de todo, ya estaremos casados y en mi mansión mando yo, para que ni siquiera pienses que alguien te ayudará.

Y sin más Aleksei se marchó sin mirar atrás. Y en el profundo silencio del pasillo… Annelise comprendió algo aterrador: No solo estaba infiltrándose en la familia Reznikov.

Estaba entrando en la boca del lobo…y el lobo comenzaba a mirarla con curiosidad.

Tenía veinte malditos años. ¡Veinte años!

Ese cretino le llevaba seis años y estaba muy experimentado.

No era feo, de hecho, era sumamente atractivo, pero tampoco podía hacerse la idea de entregarse a un hombre que no conocía y que era hijo del enemigo mortal de su padre y peor aún, engendrarle un heredero.

Avergonzada consigo misma, se miró en el espejo del tocador y comprendió que, en unas cuantas horas, dejaría de ser suya a ser de ese infeliz, al menos solo de cuerpo. Y sintió náuseas.

Cerró los ojos, consternada, respirando hondo tres veces y preparándose mentalmente para darse ánimos.

Y comenzó a enumerar con los dedos lo que por el momento sabía de Aleksei Reznikov:

Apariencia:

Altura: 1.88 metros aproximadamente

Complexión: atlética, torso marcado, espalda ancha

Piel: clara con matices olivados y muy suave

Cabello: negro, ligeramente ondulado, corto a los lados

Ojos: gris acero — fríos, analíticos, casi inhumanos cuando se tensa

Tatuaje:

En el cuello, de ambos lados, tenía un símbolo antiguo que seguramente tenía algún tipo de significado para él.

Otro en el antebrazo interior, oculto bajo la ropa, que no se ve bien, a menos que se arremangue las mangas de la camisa.

Ropa: camisas negras impecables, abiertas al primer botón, reloj caro… nada ostentoso, todo dominante y oscuro.

A comparación de él, ella era mucho más baja, medía 1.65 metros, delgada con un poco de curvas, nada exageradas, piel clara, con la que lucha cada día para mantenerla sin acné porque de adolescente sufrió mucho y tuvo que someterse a tratamientos carísimos para erradicar las cicatrices. Su cabello era café dorado, largo y ondulado, muchas personas, en especial su hermana Saskia, le decía que sus ojos color caramelo hacían juego con su cabellera.

Suspiró, retirándose del espejo.

¿En qué se había metido?

Se lanzó a la cama para descansar un poco y de pronto volvió a sentarse.

De un salto, se levantó, pasó la mano por su vestido, la cama e incluso buscó bajo la cama y palideció.

Aleksei Reznikov le había confiscado su única manera de defenderse. ¿Pero cómo lo había hecho? No lo sabía.

Y no iba a permitírselo.

Si él quería jugar con fuego, ella le enseñaría cómo se domina el fuego sin quemarse.

Se colocó el abrigo encima, echó un último vistazo al espejo antes de salir de la habitación en busca de su futuro esposo al que le daría una paliza si no le devolvía su arma.

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