Mundo ficciónIniciar sesiónEn el despiadado mundo de las mafias, la lealtad se firma con tinta, pero la traición se paga con vida. Alessandra Bianchi es entregada como un sacrificio político al hombre más temido de Moscú: Nikolai Petrov, el Demonio de Siberia. Atrapada entre un matrimonio forzado y una familia que la quiere muerta, Alessandra descubrirá que en la ciudad del hielo nada es lo que parece. ¿Es Nikolai el monstruo que todos dicen ser, o es el único refugio en una guerra de identidades ocultas? Cuando los secretos de estado se mezclan con un deseo prohibido, la única regla es sobrevivir. "Nadie toca lo que es mío... ni siquiera el destino."
Leer másEl aire en la pequeña capilla de Sicilia se sentía tan denso como el plomo, pesado con el perfume de los lirios y el miedo que me apretaba el pecho, mi vestido de novia, blanco impoluto y confeccionado con la seda más fina, se sentía como una mortaja, mis manos adornadas con encaje, temblaban ligeramente mientras sostenía el diminuto ramo. Podía sentir las miradas de todos los capos de mi padre, hombres de trajes caros y sonrisas falsas, evaluándome, juzgándome, como si fuera una pieza de ganado.
Era Alessandra Bianchi, la hija del Don, y hoy era mi sacrificio.
Estaba a punto de casarme con un fantasma, un nombre que solo había escuchado en susurros, Nikolai Petrov, el mafioso ruso, el Demonio de Siberia, lo llamaban. Un hombre al que nunca había visto, pero cuya reputación me precedía como un escalofrío helado. El matrimonio no era por amor, ni siquiera por una alianza estratégica normal, era una venta, una fusión forzada para unir dos imperios de oscuridad.
El padre Benedetto carraspeó, incómodo, mientras el silencio se prolongaba. Habían pasado ya veinte minutos de la hora acordada, y mi prometido no aparecía. Un murmullo tenso comenzó a extenderse entre los invitados. Mi padre, Don Vito Bianchi, un hombre cuya presencia podía congelar la sangre, estaba tenso en la primera fila, su rostro pétreo. Sé que en el fondo le dolía entregarme, pero los negocios eran los negocios. El honor, la familia, la sangre, todo se mezclaba en un caldo oscuro de intereses.
De repente, la gran puerta de roble de la capilla se abrió de golpe, y todos los murmullos cesaron. Un escalofrío, esta vez real, recorrió mi espalda. No era el viento, era él.
Nikolai Petrov.
No entró, irrumpió. Su figura alta y poderosa llenó el umbral. Iba vestido con un traje oscuro, impecable en su corte, pero manchado. Manchas rojas, oscuras y pegajosas, salpicaban su camisa blanca y la solapa de su chaqueta. La sangre aún parecía fresca, un contraste brutal con el blanco inmaculado de mi vestido. Su rostro, marcado por un pómulo ligeramente hinchado y una pequeña herida sobre la ceja que apenas goteaba, era una máscara de desafío y una crueldad helada. Sus ojos, de un azul tan intenso que parecían capaces de perforar el alma, escanearon la habitación hasta que se fijaron en mí. Ni una pizca de vergüenza, ni una disculpa, solo una determinación fría y depredadora.
El aire se volvió más espeso, electrificado, la belleza y la brutalidad en una misma persona, así, de sopetón. Su olor llegó hasta mí, una mezcla de sándalo, pólvora y... ¿hierro? El sabor metálico de la sangre en el aire se hizo evidente. Acababa de salir de una masacre, de una reunión previa que claramente había sido un baño de sangre y ahora estaba aquí, para casarse conmigo.
Mis entrañas se revolvieron. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a presentarse así en mi boda, en el día de mi sacrificio? era una humillación pública no solo para mí, sino para mi familia, para la Casa Bianchi. Mi padre apretó los puños, pero se mantuvo en su sitio, ni siquiera él se atrevía a desafiarlo en este momento.
Nikolai comenzó a caminar por el pasillo central, cada paso resonando como un tambor de guerra en el silencio sepulcral, los hombres de mi padre retrocedían ligeramente a su paso, sus rostros pálidos. La capilla, que antes parecía grande, se encogió con su presencia, me sentí como un insecto bajo su mirada, pero una furia ardiente comenzó a gestarse en mi interior, quemando el miedo. No iba a ser un cordero pasivo, no iba a ser la esposa trofeo que este bárbaro ruso esperaba.
Se detuvo frente a mí, a solo unos pasos de distancia, era más alto de lo que imaginaba, su sombra cubriéndome por completo. Podía ver los detalles de su rostro, la mandíbula cuadrada, los labios finos y una cicatriz que cruzaba apenas su mejilla izquierda, casi imperceptible. Era un hombre peligroso, y la sangre en su camisa solo lo confirmaba.
El padre Benedetto tosió, intentando recuperar el control de la situación, o al menos intentando no temblar.
—Señor Petrov—comenzó el cura con voz trémula— estamos… esperándole.
Nikolai no le prestó atención, sus ojos seguían fijos en mí, analizando cada detalle, cada pliegue de mi vestido, la curva de mi cuello, la furia silenciosa en mis ojos. No había cortesía, solo una evaluación fría, como si estuviera decidiendo si valía la pena el precio que había pagado.
Sentí que mi dignidad se desmoronaba, todo el mundo me estaba viendo, viéndome humillada por este hombre, por este matrimonio forzado. La rabia burbujeó, una llama incontrolable que prendió en mi pecho, no podía permitirlo, no en mi propia iglesia, no frente a mi padre, no frente a los que me consideraban débil.
Mis ojos se encontraron con los suyos y en ellos vi la crueldad, la indiferencia, un vacío que prometía una vida de soledad, pero también vi una chispa, algo que no pude descifrar, algo que me incitaba a desafiarlo. Mi mano, que aún sostenía el ramo, se alzó por sí misma, no pensé y solo reaccioné.
¡PAF!
El sonido de mi palma golpeando su mejilla resonó en toda la capilla, un eco ensordecedor en el silencio, no fue un golpe suave, puse toda la frustración, toda la rabia y el miedo de los últimos meses en esa bofetada. Su cabeza se giró bruscamente hacia un lado, y por un instante, un microsegundo, vi una sorpresa genuina en sus ojos, pero solo fue un instante.
Todos los presentes contuvieron la respiración, podía sentir sus miradas de horror, de incredulidad. Había abofeteado al Demonio de Siberia, había firmado mi sentencia de muerte. Mi padre se levantó de golpe, su silla cayendo al suelo con un estrépito.
—¡Alessandra! —su voz era un trueno.
Pero ya no podía echarme atrás, La adrenalina me inundaba, el miedo se había transformado en una valentía ciega. Mis ojos, llenos de lágrimas contenidas y una furia inquebrantable, no se apartaron de los suyos, quería que viera mi desprecio, mi desafío.
Nikolai giró lentamente su cabeza hacia mí, la mancha roja de mi mano, donde mis dedos habían impactado su mejilla, resaltaba sobre su piel pálida. Sus ojos azules ahora eran pozos sin fondo, fríos, calculadores. La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa lenta, escalofriante, que no transmitía alegría, sino una promesa de dolor. Un escalofrío me recorrió de nuevo, esta vez de auténtico terror.
Su mano se alzó, no para devolverme la bofetada como esperaba, sino para rozar suavemente su mejilla, justo donde le había golpeado, sus dedos ensangrentados dejaron una estela rojiza sobre su piel. Luego, su mirada volvió a mis ojos, intensa, como si quisiera quemarme viva y el resto del mundo se desvaneció, solo estábamos él y yo en esa pequeña capilla.
Inclinó su cabeza, su aliento cálido rozando mi oído, su voz un susurro grave, cargado de una amenaza apenas velada que me erizó la piel.
—Ese será el último toque que me des sin permiso, cara mia—dijo, y la última palabra, pronunciada en mi idioma natal, sonó como una burla, una apropiación. Su voz era como terciopelo raspado sobre hielo, prometiendo tanto placer como dolor.
El aire se volvió insoportable, mi corazón latía desbocado, no sabía si por el terror, por la adrenalina o por algo más, algo primitivo que ese hombre tan peligroso había despertado en mí. Acababa de sellar mi destino, y el de él también, no iba a ser un matrimonio tranquilo, no iba a ser una víctima.
Él se enderezó, su sonrisa helada se amplió ligeramente. Luego, con una calma espeluznante, tomó mi mano, la misma mano que le había abofeteado, y me arrastró hacia el altar. Su agarre era firme, inquebrantable, prometiendo que no habría escape. La boda continuó, pero para mí, ese fue el verdadero inicio de todo, el sacrificio había comenzado, pero yo no sería una víctima silenciosa. La guerra entre el hielo y la sangre había sido declarada, y yo, Alessandra Bianchi, acababa de lanzar el primer golpe. El padre Benedetto, con una voz temblorosa, comenzó la ceremonia, pero sus palabras se perdían en el eco del último toque de Nikolai. Mi vida, tal como la conocía, había terminado. Mi nueva vida, incierta y peligrosa, acababa de empezar, y el hombre que tenía a mi lado era la encarnación misma de esa promesa.
Mi mente estaba en un torbellino, mi cuerpo rígido mientras el padre Benedetto recitaba las plegarias, cada palabra era un martillo en mi cabeza, cada frase me ataba más a este hombre, a este destino. Podía sentir la mirada de Nikolai sobre mí, incluso sin verlo directamente, era una presencia abrasadora, una que me hacía sentir como si estuviera siendo quemada lentamente por dentro. Quería gritar, quería correr, pero mis pies estaban clavados al suelo, mi voz se había quedado atrapada en mi garganta. La desesperación se mezclaba con una extraña sensación de desafío. No podía huir, pero tampoco me doblegaría.
Cuando llegó el momento del "sí, acepto", mi voz apenas fue un susurro, rasposa, casi inaudible, pero fue suficiente. La de Nikolai, sin embargo, fue clara, profunda, con una autoridad innegable, un "Da" rotundo que resonó por la capilla, sellando nuestro pacto de sangre. El anillo de oro blanco, con un diamante enorme y frío como el corazón de su dueño, se deslizó en mi dedo anular, se sentía pesado, una cadena más que una joya.
Los invitados comenzaron a aplaudir, un sonido hueco, casi forzado, nadie se atrevía a mostrar una alegría genuina, no con la sangre aún fresca y la tensión palpable en el aire. Nikolai, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, me tomó del brazo y me guio hacia la salida. Su toque, firme y posesivo, quemaba a través de la tela de mi vestido, me sentía como un objeto, una propiedad, pero al mismo tiempo, la llama de la resistencia ardía más fuerte en mi pecho.
Mientras pasábamos entre los invitados, pude ver las expresiones en sus rostros: algunos con lástima, otros con miedo, y algunos, los más jóvenes, con una chispa de admiración por mi atrevimiento. Los hombres de mi padre nos observaban con una mezcla de respeto y temor hacia Nikolai. Sabían que este matrimonio, más allá de la unión de familias, era el nacimiento de algo mucho más grande, algo más peligroso.
Una vez fuera de la capilla, el sol siciliano me golpeó, cegándome por un instante. Una limusina negra, imponente y blindada, esperaba en la entrada, las puertas se abrieron, revelando un interior lujoso, pero con una atmósfera igualmente sofocante. Nikolai me empujó suavemente hacia el asiento, subiendo tras de mí, los guardias, hombres enormes y de miradas vacías, cerraron las puertas, sellándonos dentro de nuestra prisión móvil.
El viaje al aeropuerto fue silencioso, el cristal blindado no dejaba ver nada del exterior, pero yo no tenía ganas de mirar. Me sentía agotada, vacía, pero a la vez, una extraña energía me recorría, había desafiado a Nikolai Petrov y lo había abofeteado, y él no me había matado. Eso significaba algo, significaba que quizás no era el monstruo despiadado que todos pintaban, o al menos, no lo era conmigo ¿O simplemente era un juego de gato y ratón? ¿Un preludio a una tortura más exquisita?
Me atreví a mirarlo de reojo, él estaba mirando por la ventana, su perfil afilado recortado contra la luz que se filtraba, la mancha de sangre en su camisa seguía ahí, un recordatorio constante de su violencia. Había una frialdad en él que parecía emanar del mismísimo invierno ruso, era el hielo, y yo era la sangre, estábamos destinados a chocar, a consumirlos mutuamente.
La limusina se detuvo en la pista de aterrizaje, donde un jet privado, negro como la noche, esperaba con las escaleras ya desplegadas. Más hombres, todos rusos, vestidos con trajes impecables, nos esperaban. Me sentí completamente rodeada, engullida por su mundo, al bajar de la limusina, el viento me golpeó, trayendo consigo el olor a combustible y la promesa de un viaje lejano, a un lugar que no conocía, con un hombre que apenas conocía, pero que ya me había marcado.
Nikolai puso una mano en la parte baja de mi espalda, guiándome hacia el avión, era un gesto que podría haber sido considerado de caballerosidad, pero sentí su posesividad, era su forma de decir: "Eres mía". Mis ojos se encontraron con los suyos por un breve instante antes de subir las escaleras, no había una sonrisa, ni siquiera una chispa de emoción en su rostro. Solo esa intensidad azul, esa mirada que prometía un infierno y quizás, solo quizás, un tipo diferente de paraíso.
Mientras subía los escalones, mi mente se aferraba a la única certeza que tenía: no importa lo que este matrimonio trajera, yo no sería una prisionera silenciosa. La hija del Don, Alessandra Bianchi, acababa de casarse con el diablo, y ahora, el infierno la estaba llamando. La partida del jet privado, con su rugido ensordecedor, fue el sonido del último fragmento de mi antigua vida desvaneciéndose. Estaba a punto de entrar en el frío y desconocido mundo de Nikolai Petrov,
El eco del disparo que terminó con Lorenzo todavía retumbaba en mis oídos mientras caminaba por los pasillos de mármol de nuestra residencia en San Petersburgo, el frío del Báltico se me había quedado pegado a los huesos, pero no era nada comparado con el peso de las palabras finales de mi hermano, Lorenzo estaba muerto, hundido en el abismo, pero había dejado una semilla de duda plantada en el centro de mi pecho, un veneno más lento y doloroso que el de cualquier daga, me detuve frente a los grandes ventanales que daban al río Nevá, observando cómo los bloques de hielo chocaban entre sí con un crujido sordo, igual que las piezas de mi vida que intentaban encajar en una realidad que ya no reconocía.Nikolai apareció tras de mí, su presencia era un calor sólido que siempre lograba calmar mis demonios, me rodeó la cintura con sus brazos y apoyó la barbilla en mi hombro, sentí la aspereza de su barba contra mi piel y el aroma a tabaco y nieve que siempre lo acompañaba, no dijimos nada d
El viento en la terminal de Ust-Luga aullaba como un animal herido, arrastrando partículas de hielo que golpeaban contra el metal de las grúas y los depósitos de gas, mientras Nikolai y yo caminábamos por la pasarela de servicio, suspendidos a treinta metros sobre las gélidas aguas del Báltico, las luces de la flota del Consejo de los Diez parpadeaban en el horizonte, merodeando como tiburones de acero esperando un rastro de debilidad para desgarrar la soberanía rusa, pero mi atención no estaba en los barcos, sino en el rastro de sangre que manchaba la rejilla metálica a mis pies, Lorenzo estaba allí, acorralado en la última plataforma, herido y despojado de toda la arrogancia que una vez lo definió como el heredero de los Bianchi.—Quédate atrás Nikolai —dije, sintiendo el peso del arma en mi mano derecha y el medallón de mi madre golpeando rítmicamente contra mi esternón— esto comenzó en una habitación de seda en Palermo y termina aquí, entre el hierro y el frío, es mi deuda y yo s
El polvo blanco del mármol flotaba en el aire como una mortaja de nieve, pegándose a mis pestañas y mezclándose con el sudor que me corría por la nuca, mientras el cuerpo de Lorenzo desaparecía en el abismo de la cantera, el silencio que siguió no fue de paz, sino el de un vacío absoluto, como si la montaña entera hubiera contenido el aliento ante la caída del último de los Bianchi, me quedé inmóvil, con el brazo todavía extendido y el arma humeante, sintiendo que la sangre de los Petrov, esa que Lorenzo tanto despreció, reclamaba finalmente su lugar en mi pecho, Nikolai se acercó a mí, sus pasos crujiendo sobre los escombros, y sentí su mano cálida posarse en mi hombro, un gesto que me trajo de vuelta de la oscuridad antes de que el abismo terminara de devorarme.—Ya está Alessandra, el pasado se ha hundido en la piedra —susurró él, su voz siendo el único sonido real en aquel infierno de mármol y pólvora— míralos, mírame, ahora no hay nadie que pueda decirnos quiénes somos, tú has e
La costa de Calabria apareció ante nosotros como un lomo de animal prehistórico, oscuro y amenazante bajo la bruma del amanecer, el aire olía a pino, a tierra mojada y a ese aroma metálico que solo precede a la muerte a gran escala, me encontraba en la proa del yate, sintiendo el rocío salado en mi rostro mientras ajustaba las correas de mi chaleco táctico, Nikolai estaba a mi lado, revisando su fusil con una parsimonia que solo los hombres que han hecho las paces con su propio fin pueden permitirse, no era el hombre herido de San Petersburgo, ni el Don arrogante que me compró en Sicilia, era mi igual, mi sombra y mi verdugo, un ser forjado en el mismo fuego que ahora consumía mis entrañas.—Este es el corazón de la bestia, Alessandra, si cruzamos esa línea de árboles, no habrá mediadores turcos ni territorio neutral que valga —dijo Nikolai, su voz siendo un susurro ronco que el viento se llevaba hacia los acantilados— Lorenzo ha reunido a los clanes que quedan, están atrincherados e
El caos se desató con la precisión de una sinfonía macabra, mientras el Palacio de Topkapi, con sus siglos de historia y secretos, se convertía en el escenario de una carnicería que Estambul no olvidaría en décadas, el olor a pólvora quemada anuló por completo el aroma de las rosas, y el grito de agonía del viejo Moretti, al ver a sus hombres caer como fichas de dominó, fue la señal que Nikolai y yo esperábamos para movernos, no corrimos como fugitivos, avanzamos como depredadores que ya habían marcado su territorio, Nikolai me sujetaba con una mano, guiándome entre el humo, mientras con la otra vaciaba el cargador de su pistola sobre cualquier sombra que intentara cerrarnos el paso, sentía la adrenalina recorriéndome las venas, un fuego líquido que me hacía sentir más viva, más letal, más Petrov que nunca.—¡Dimitri, el convoy al muelle sur, ahora! —grité por el radio, mientras saltábamos sobre el cuerpo inerte de uno de los guardaespaldas italianos— ¡no dejen que los Moretti se rea
El aire de Estambul era una mezcla densa de especias, humedad marina y el sordo rugido de una ciudad que nunca terminaba de cerrar los ojos, me encontraba en el balcón de nuestra suite privada en el Pera Palace, observando cómo las luces del Cuerno de Oro centelleaban sobre las aguas oscuras del Bósforo, Estambul no era solo un puerto, era el lugar donde Occidente chocaba con Oriente, y para nosotros, era el tablero donde el ajedrez se jugaba con balas de punta hueca y traiciones de seda, Nikolai salió a mi encuentro, caminando con esa soltura felina que indicaba que sus heridas ya eran solo un mal recuerdo, me rodeó con sus brazos desde atrás, apoyando su mentón en mi hombro, mientras su calor me protegía del viento fresco de la noche turca.—Los Moretti han llegado, están instalados en una mansión fortificada en el lado asiático, creen que cruzar el puente los mantiene a salvo de nuestra furia rusa, Alessandra, pero no saben que el Bósforo es pequeño para quien tiene hambre de just
Último capítulo