CAPITULO 2

El interior del jet privado era una oda al lujo opulento, un contraste brutal con la miseria emocional que me invadía. Asientos de cuero crema, madera pulida, detalles en oro y cristal, pero todo se sentía frío, aséptico, como una jaula de oro flotando en el cielo. Nikolai se sentó en el extremo opuesto del pequeño salón, su figura imponente se recortaba contra la ventana, observando el paisaje siciliano que se encogía bajo nosotros. No me miraba, pero podía sentir su presencia como una corriente eléctrica. El silencio, roto solo por el suave zumbido de los motores, era pesado, cargado de expectativas y de la tensión que se había instalado entre nosotros desde mi bofetada.

​Me senté en el asiento más cercano a la puerta de la cabina, con la espalda tan recta que me dolía. Mis manos, todavía temblorosas, jugaban con el dobladillo de mi vestido de novia, ahora una burla a la pureza. No había comido nada desde el desayuno y el estómago me rugía, pero el nudo en la garganta era más fuerte. Mi mente, sin embargo, trabajaba a mil por hora. Sicilia desaparecía, y con ella, cualquier esperanza de escape inmediato, pero no me rendiría, eso nunca.

​El jet era grande, con varias secciones, podía ver una pequeña barra con licores caros, una televisión de pantalla plana y, más allá de una puerta corredera, intuía los dormitorios, pero lo que realmente me interesaba era la salida. ¿Había alguna forma de abrir esa puerta en pleno vuelo? La idea era descabellada, suicida, pero la desesperación te empuja a pensar en lo impensable. Necesitaba un plan, cualquier plan, antes de llegar a la fría Moscú, a la jaula definitiva.

​Nikolai, sin apartar la vista de la ventana, interrumpió mis pensamientos, su voz era grave, con un ligero acento ruso que hacía que cada palabra sonara exótica y peligrosa.

​—Hay comida caliente en el compartimento, Alessandra—dijo, sin un ápice de emoción— no has comido en todo el día.

​El mero hecho de que supiera eso me irritó. ¿Me había estado observando? ¿Era una burla?

​—No tengo hambre—respondí, mi voz más firme de lo que esperaba, cargada de desafío.

​Un suspiro imperceptible escapó de sus labios, finalmente giró su cabeza para mirarme. Sus ojos azules, penetrantes, se clavaron en los míos, y por un momento, me sentí desnuda bajo su escrutinio.

​—No es una pregunta, cara mia—dijo, y la familiaridad de esas palabras en mi idioma me hizo apretar los puños— necesitas fuerza, Moscú no es Sicilia, y mi mundo no perdona a los débiles.

​El tono de su voz me heló la sangre. ¿Era una advertencia? ¿Una amenaza?

​—¿Y tú crees que soy débil? —lo desafié, sintiendo el calor subir a mis mejillas. La furia, esa vieja amiga, volvía a darme fuerza.

​Una leve sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios, no era una sonrisa de alegría, sino de… diversión.

​—Aún no lo sé—admitió— pero la debilidad no se permite en mi casa, come.

​El ultimátum era claro. Si no comía, él me obligaría y no quería saber de qué forma. Con un resoplido de exasperación, me levanté y caminé hacia el compartimento de la comida, había una bandeja elegante con pasta fresca, focaccia y un poco de ensalada. Platos italianos, para mi sorpresa. ¿Un intento de cortesía? ¿O simplemente sabía que no comería la comida rusa?

​Cogí un tenedor y comencé a comer, cada bocado un acto de resistencia silenciosa. La pasta estaba deliciosa, para mi sorpresa, y la comida me dio una inyección de energía. Mientras comía, mis ojos se movían por el avión, buscando cualquier punto débil, cualquier rendija en la armadura de mi prisión.

​Mi mirada se posó en la puerta del baño, una pequeña puerta de madera que parecía más endeble que el resto. No era una salida, pero quizás un refugio, un lugar donde poder pensar sin su mirada, tenía que intentar algo, cualquier cosa era mejor que la resignación.

​Terminé de comer, dejando el plato a un lado, Nikolai no se había movido, pero sentía sus ojos sobre mí. Me puse de pie, mis piernas aún temblaban un poco por la tensión, pero las obligué a mantenerse firmes.

​—Voy al baño—dije, mi voz ronca.

​No esperé su permiso y caminé hacia la puerta, mi corazón latiendo con fuerza, la abrí y entré, cerrando con pestillo. El baño era pequeño pero lujoso, con un espejo grande y un lavabo de mármol. Me miré en el espejo: mi rostro estaba pálido, mis ojos grandes y asustados, pero con una chispa de desafío.

​Mi mirada se posó en la ventana del baño, un óvalo pequeño y grueso. Era minúscula, ridícula, pero una idea descabellada cruzó mi mente ¿y si intentaba romperla? ¿Llamar la atención? ¿O simplemente hacer ruido? No, eso era estúpido, pero ¿y la puerta de emergencia? Los aviones privados suelen tener una.

​Comencé a buscar con desesperación, toqué las paredes, buscando un picaporte oculto, un botón de emergencia. No había nada visible, solo el lujoso revestimiento de madera, la frustración me invadió, estaba atrapada.

​Entonces, mis ojos se fijaron en la puerta corredera que separaba el salón principal del área de descanso, que incluía los dormitorios, esa puerta no tenía un pestillo visible desde el exterior, pero sí desde el interior de los dormitorios. Si pudiera llegar allí, quizás…

​Una idea, desesperada y arriesgada, tomó forma en mi mente, salí del baño, dejando el pestillo suelto. Nikolai seguía en su asiento, aparentemente inmerso en sus pensamientos, pero sabía que era una farsa, era una trampa.

​Caminé hacia la parte trasera del avión, hacia los dormitorios, cada paso era una batalla contra el miedo, sentía los ojos de Nikolai perforándome la espalda.

​—¿A dónde vas, Alessandra? —su voz, tranquila y peligrosa, me detuvo en seco.

​Me giré, enfrentándolo.

​—Necesito un momento a solas—mentí, mi voz temblorosa.

​—Ya lo tuviste en el baño—respondió, sin una pizca de humor.

​—Quiero ir al dormitorio—dije, elevando un poco la voz, no iba a suplicar.

​Nikolai se levantó lentamente, era como ver a un depredador acechar, cada movimiento era fluido, controlado. Se acercó a mí, sus ojos fijos en los míos, el aire se cargó de su presencia, de su olor a sándalo y pólvora.

​—El dormitorio es para nosotros, esposa—dijo, la palabra esposa pronunciada con una cadencia que me hizo temblar— no para que te escondas.

​—No me estoy escondiendo—repliqué, mi voz apenas un hilo, pero mi mirada seguía siendo desafiante.

​—No me mientas, Alessandra—susurró, su rostro a solo centímetros del mío, podía sentir el calor de su aliento, mis ojos se desviaron por un instante hacia la puerta del dormitorio, apenas visible detrás de su hombro.

​Él notó mi mirada, una sonrisa cruel apareció en sus labios.

​—Estás pensando en escapar—afirmó, no como una pregunta, sino como una certeza.

​Mi corazón dio un vuelco, él lo sabía, él siempre lo sabía.

​—¿Y si lo estoy? —lo desafié, elevando la barbilla.

​Nikolai soltó una risa seca, sin humor. Luego, su mano se movió con la rapidez de un rayo, atrapando mi muñeca, su agarre era de hierro, doloroso, pero no llegué a gritar.

​—Escúchame bien, cara mia—su voz se endureció, volviéndose fría como el acero— este avión está blindado, la puerta de la cabina está cerrada, la puerta de salida no se abre en pleno vuelo y si intentas algo estúpido, como romper una ventana, mis hombres te detendrán antes de que causes un rasguño y luego, te juro, lamentarás no haberme obedecido.

​El terror me invadió, un frío que caló hasta mis huesos, no era una amenaza vacía. Él era capaz de todo, lo había visto en sus ojos, había sentido su crueldad en el toque de su mano.

​—¿Qué quieres de mí? —pregunté, mi voz rota.

​Él me soltó la muñeca, y el alivio fue instantáneo, aunque breve. Sus ojos me estudiaron, buscando algo, pero no supe qué.

​—Quiero que entiendas tu posición—dijo finalmente— eres mi esposa, eres la futura matriarca de la Bratva y no hay escape de eso. Tu padre te entregó, no hay vuelta atrás.

​Cada palabra era un puñal, pero la verdad, por dolorosa que fuera, era innegable. Mi padre me había vendido, estaba sola.

​La desesperación me invadió, y las lágrimas que había estado conteniendo con tanta fuerza comenzaron a brotar, calientes y amargas. Mis rodillas flaquearon, y me desplomé en el asiento más cercano, el rostro entre las manos, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba. La imagen del jet alejándose de Sicilia, de mi hogar, se reprodujo una y otra vez en mi mente.

​Sentí una presencia a mi lado, Nikolai se había sentado en el asiento contiguo. No me tocó, no me consoló, solo estuvo allí, un observador silencioso de mi miseria. Me sentí expuesta, vulnerable, pero también, extrañamente, segura. A pesar de todo, él era mi esposo y mi protector, al menos por ahora.

​Cuando mis lágrimas se calmaron, levanté la vista. Él seguía mirándome, con esa intensidad inquebrantable.

​—¿Ya terminaste tu berrinche? —preguntó, su tono carente de burla, casi… pragmático.

​Me indigné.

​—¡No es un berrinche! —exclamé— ¡Me has arrancado de mi vida! ¡Me has encadenado a un monstruo!

​Una ceja de Nikolai se alzó.

​—Monstruo, dices—repitió, saboreando la palabra— ¿Crees que soy un monstruo?

​—Sí—respondí, sin dudar— estás cubierto de sangre, me has arrancado de mi hogar, me has forzado a esto ¿Qué otra cosa eres?

​Él se inclinó hacia adelante, y mis instintos gritaron peligro. Su mano, grande y fuerte, se movió, y por un momento pensé que iba a golpearme, pero en lugar de eso, sacó algo de su bolsillo interior. Era una daga pequeña, elegante, con una empuñadura de ébano y una hoja de acero templado que brillaba peligrosamente bajo la luz de la cabina, la punta era afiladísima, y el filo, letal.

​Mi aliento se contuvo en mi garganta ¿Iba a matarme? ¿A terminar con mi sufrimiento de una vez por todas? Cerré los ojos, esperando el final.

​Pero no llegó.

​Sentí el frío metal contra la palma de mi mano, abrí los ojos lentamente, Nikolai había colocado la daga en mi mano, cerrando mis dedos alrededor de la empuñadura. Su tacto era firme, pero no violento, mis ojos se posaron en la daga, luego en su rostro, confusa.

​—Para qué… ¿Para qué es esto? —pregunté, mi voz temblorosa.

​Sus ojos azules me miraron con una seriedad que no le había visto antes.

​—Para que te defiendas—dijo, su voz un susurro grave— mi mundo es cruel, Alessandra, tendrás enemigos, te pondrán a prueba y no siempre estaré a tu lado para protegerte.

​La revelación me dejó sin aliento, me estaba dando un arma ¿Confianza? ¿O una prueba más de su retorcida mente?

​—¿Protegerte de quién? —pregunté, mi mente trabajando a toda velocidad.

​Una sombra cruzó su rostro, era una expresión que no había visto antes, una mezcla de dolor y preocupación, algo que no encajaba con el Demonio de Siberia.

​—De los demás—respondió, su voz más suave, casi con un matiz de advertencia— no de mí, jamás te haré daño Alessandra, pero los otros… los otros no son tan considerados.

​La daga se sentía pesada en mi mano, una extensión de mi propia incertidumbre ¿De quiénes tenía que defenderme? ¿De los otros mafiosos rusos? ¿O de mi propia familia, de la que acababa de huir? La mención de mi propia familia me trajo un escalofrío. Mi padre, Lorenzo... ¿Podrían ellos hacerme daño? ¿Por qué Nikolai me advertiría así?

​El jet continuaba su ascenso, las nubes se extendían como un mar blanco bajo nosotros, la daga en mi mano era un recordatorio tangible de la nueva y peligrosa realidad en la que me había sumergido. Nikolai Petrov, el hombre que me había arrancado de mi hogar y me había forzado a casarme con él, ahora me entregaba un arma y me advertía de peligros que apenas comprendía, era una contradicción andante, un enigma.

​Miré la daga, luego a Nikolai. ¿Quién era este hombre realmente? ¿Un monstruo o un protector? Quizás era ambas cosas, una paradoja andante. No tenía idea de lo que me esperaba, pero una cosa era segura: no iba a ir a Moscú como una víctima. Había desafiado a Nikolai, y ahora tenía su daga, la partida se había vuelto mucho más interesante. La pregunta ya no era cómo escapar, sino cómo sobrevivir, y en el proceso, cómo entender al hombre que me había dado mi propia arma.

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