El estruendo de la alarma perforó el aire de la habitación como un grito metálico, desgarrando el breve momento de paz que habíamos construido, Nikolai reaccionó en una fracción de segundo, olvidando por completo la herida de su espalda mientras me empujaba con firmeza hacia el rincón más alejado de la estancia, sus ojos azules, que un instante atrás se habían suavizado con una vulnerabilidad extraña, ahora eran dos esquirlas de hielo, fijas en la puerta de madera reforzada que vibraba bajo el