CAPITULO 6

El olor a antiséptico y a hierro me perseguía por los pasillos de la mansión, una fragancia estéril que no lograba ocultar el caos que latía bajo la superficie de esta fortaleza de cristal, mis manos seguían manchadas, la sangre de Nikolai se había secado bajo mis uñas, creando una costra oscura que me recordaba, a cada segundo, que su vida pendía de un hilo por mi culpa. Los médicos habían extraído la bala en una cirugía de emergencia en el ala privada, pero la tensión entre los generales rusos era tal que el aire se podía cortar con un suspiro, Iván me miraba como si fuera un parásito que debiera ser extirpado, mientras los demás guardaban un silencio sepulcral, esperando a ver si su líder se levantaba o si debían empezar a matarse entre ellos para sucederlo.

​—La Donya entrará sola, el Don lo ha exigido así —sentenció uno de los enfermeros, un hombre de hombros anchos que parecía más un guardia que un profesional de la salud, mientras me abría la puerta de la habitación de Nikolai.

​Entré con el corazón martilleando contra mis costillas, la habitación estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor azulado de los monitores y una pequeña lámpara de mesa que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes. Nikolai estaba sentado en el borde de la cama, negándose a permanecer tumbado, su torso estaba desnudo y envuelto en vendajes blancos que ya empezaban a teñirse de rojo en la zona del omóplato, su piel, generalmente pálida, tenía un tinte grisáceo por la pérdida de sangre, pero sus ojos, esos ojos azules que parecían ver más allá de la carne, se clavaron en mí con una lucidez aterradora.

​—Acércate Alessandra, no muerdo... al menos no hoy —susurró, su voz era un hilo ronco, marcado por el dolor, pero conservaba esa ironía punzante que era su sello personal.

​—Deberías estar descansando, los médicos dijeron que perdiste mucha sangre —respondí, caminando hacia él con pasos vacilantes, sintiendo cómo la calidez de la calefacción chocaba con el frío que aún llevaba en los huesos desde la Plaza Roja.

​—Los médicos son burócratas con batas blancas, necesito que tú lo hagas, Yelena y los demás tienen manos demasiado pesadas y no confío en nadie más en esta casa para tocar mi espalda ahora mismo —dijo él, señalando con un gesto débil un kit de curación que reposaba sobre la mesita de noche.

​Me senté detrás de él, mis dedos temblaban cuando tomé las tijeras para cortar el vendaje empapado, el silencio de la habitación se llenó con el sonido del roce de la gasa contra su piel y mi propia respiración entrecortada. Al retirar la última capa, la herida se reveló: un agujero violáceo y feo, cosido con puntos irregulares que debían arder como el infierno, pero no fue la herida de bala lo que me detuvo el aliento, sino el resto de su espalda.

​Era un mapa de horror y supervivencia, su piel era una red de cicatrices blancas, algunas largas y finas como latigazos, otras circulares y rugosas, marcas de quemaduras de cigarrillos o quizás de algo peor, no había un solo centímetro de su espalda que no contara una historia de tortura, de guerra o de una infancia que debió ser una pesadilla constante. Nikolai Petrov no era un monstruo nacido de la nada, era un hombre que había sido moldeado a golpes y fuego.

​—Son muchas, ¿verdad? —preguntó él, sin girarse, pero pude notar la tensión en sus músculos, como si estuviera esperando mi rechazo, mi asco.

​—¿Quién te hizo esto, Nikolai? —pregunté, mi voz apenas un susurro mientras mojaba una gasa en desinfectante y comenzaba a limpiar el borde de la herida de bala con una delicadeza que no sabía que poseía.

​Él soltó un gruñido ahogado cuando el alcohol tocó su carne abierta, pero no se movió, sus manos apretaban las sábanas hasta que los nudillos se pusieron blancos.

​—Diferentes personas, diferentes momentos, algunas son de mi padre, para enseñarme que el dolor es solo una distracción, otras son de enemigos que pensaron que me habían quebrado, y las más pequeñas... —hizo una pausa, dejando que el silencio pesara— esas son las que me recordaban que debía seguir vivo para llegar hasta ti.

​Me detuve en seco, la gasa suspendida en el aire. La idea de que este hombre hubiera soportado tanto, impulsado por una obsesión conmigo que yo ni siquiera comprendía, me revolvió el alma, no podía decidir si era romántico o aterrador, pero en ese momento, bajo la luz tenue de su habitación, solo sentí una profunda y desgarradora compasión.

​—Me proteges de todos, pero ¿quién te protege a ti? —le pregunté, volviendo a mi tarea, sintiendo cómo la piel bajo mis dedos era cálida y firme a pesar de todo.

​Nikolai soltó una risa seca que terminó en una mueca de dolor.

​—Nadie protege al Don Alessandra, el Don es el muro, si el muro cae, todos mueren, por eso tengo que ser más cruel que ellos, más rápido que ellos... y por eso tú tienes que ser fuerte, porque si yo caigo, tú serás el siguiente objetivo de Lorenzo y de cualquiera que quiera herirme a través de ti.

​Terminé de limpiar la herida y comencé a aplicar una pomada antibiótica, tratando de no mirar las otras cicatrices, aunque mis dedos, por voluntad propia, rozaron una de las marcas más antiguas en su hombro, una que parecía la huella de una mano quemada. Él se estremeció ante mi toque, no por dolor, sino por una reacción que pareció casi... eléctrica.

​—No me mires así, con esa lástima italiana —me advirtió, girando un poco la cabeza para mirarme de reojo— cada una de estas marcas me hizo quien soy, si no fuera por ellas, no habría tenido la fuerza para sacarte de Sicilia antes de que tu hermano te enviara a una tumba sin nombre.

​—Sigo sin entender por qué Lorenzo haría algo así, éramos compañeros, él me cuidaba cuando mi padre estaba fuera —dije, sintiendo que las lágrimas que había estado conteniendo empezaban a quemar mis ojos.

​Nikolai se dio la vuelta por completo, ignorando el tirón de sus puntos, y me tomó de las manos, sus palmas estaban callosas pero sus dedos eran largos y elegantes, me obligó a mirarlo a los ojos, esa mirada azul que ahora estaba teñida de una intensidad oscura.

​—Lorenzo no te cuidaba Alessandra, te vigilaba, te guardaba como un activo que pensaba cobrar cuando llegara el momento, él sabía que tu padre te había dejado una parte de la herencia que solo podrías reclamar casada o al cumplir los veinticinco, matarte ahora, después de que el dinero de la dote rusa llegara a Italia, era su plan perfecto para quedarse con todo.

​Me quedé helada, el frío de Moscú parecía haberse instalado permanentemente en mi corazón, la traición de mi propia sangre era un veneno que no sabía cómo combatir. Nikolai apretó mis manos, acercándome un poco más a él, el espacio entre nosotros se redujo hasta que pude sentir el calor de su cuerpo y el olor de su piel, una mezcla de tabaco, sudor limpio y el persistente aroma del antiséptico.

​—Yo no soy un santo, he hecho cosas que te harían gritar si las supieras, pero nunca te mentiría sobre esto —susurró, su voz bajando a un tono íntimo que me erizó la piel— en este mundo de sombras, yo soy la única verdad que tienes ahora mismo, y aunque me odies, aunque me hayas abofeteado frente a mis hombres, soy el único que moriría por ti.

​No supe qué decir, las palabras se me quedaron atascadas en la garganta mientras lo miraba, viendo al hombre detrás del monstruo, viendo las cicatrices que eran su verdadera armadura. Por un impulso que no pude controlar, acerqué mi mano a su rostro y, con la punta de los dedos, acaricié la pequeña herida sobre su ceja que se había hecho en el atentado.

​Nikolai cerró los ojos, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso, como si mi toque fuera el único alivio que hubiera conocido en años, en ese momento, la tensión sexual y emocional en la habitación se volvió casi insoportable, una cuerda estirada al máximo que amenazaba con romperse.

​—Me tienes miedo —afirmó, más que preguntar, sin abrir los ojos.

​—Te tengo miedo a ti, pero me aterra más el mundo sin ti ahora mismo —admití, mi voz quebrándose.

​Él abrió los ojos y me miró con una vulnerabilidad que me dejó sin aliento, por un segundo, no fue el Don de la Bratva, sino un hombre sediento de algo que no fuera sangre ni poder. Se inclinó hacia adelante, muy despacio, dándome todo el tiempo del mundo para alejarme, para salir corriendo de esa habitación y de su vida, pero no lo hice, me quedé allí, hechizada por su presencia.

​Sus labios rozaron los míos, fue un beso ligero, casi una pregunta, cargado de un respeto que no esperaba de alguien como él, sabía a hierro y a promesa, a un amor oscuro que estaba empezando a florecer entre las grietas de nuestras vidas rotas. Me alejé solo unos centímetros, mi respiración agitada chocando con la suya.

​—Tengo que terminar de vendarte —susurré, intentando recuperar un poco de cordura.

​—Véndame, entonces, pero no te vayas, quédate aquí esta noche, no te tocaré si no quieres, pero necesito saber que estás a salvo, que estás cerca —me pidió, y por primera vez, escuché una súplica real en su voz.

​Terminé de colocar las vendas nuevas, asegurando los nudos con cuidado, mientras él me observaba con una intensidad que me hacía sentir más viva que nunca. Me acosté a su lado, por encima de las colchas, mientras él se acomodaba con dificultad, soltando un suspiro de alivio al encontrar una posición que no castigara su herida.

​El silencio volvió a reinar, pero ya no era un silencio pesado, sino uno compartido. Nikolai se quedó dormido poco después, agotado por la pérdida de sangre y la medicación, pero incluso en sueños, su mano buscó la mía, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza sorprendente.

​Miré el techo, escuchando su respiración rítmica, y me di cuenta de que mi vida había cambiado para siempre, ya no era solo la víctima de un matrimonio arreglado, ahora era la guardiana de un hombre roto y la enemiga declarada de mi propia familia. La guerra estaba en marcha, y aunque Nikolai estaba herido, sentí que bajo el hielo de su mansión, se estaba gestando un incendio que acabaría consumiéndolo todo.

​¿Qué pasaría cuando Lorenzo se enterara de que el atentado había fallado? ¿Qué haría Iván si veía que el Don se estaba volviendo blando por una mujer italiana? la duda seguía ahí, pero por ahora, en la seguridad de esta habitación sombría, me permití cerrar los ojos, protegida por el hombre que llevaba sus cicatrices como galones de una guerra que yo apenas empezaba a comprender.

​Mañana el mundo volvería a ser cruel, pero esta noche, bajo el cielo negro de Moscú, Nikolai y yo éramos dos almas heridas tratando de encontrar un camino entre la sangre y el frío. ¿Sería capaz de aprender todo lo necesario para ser la reina que él necesitaba, o terminaría siendo otra cicatriz en su espalda?

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