CAPITULO 4

La mañana en la mansión de los Petrov se filtró por las pesadas cortinas como una luz gris y anémica, recordándome que el sol de Sicilia era ahora un sueño lejano, una fantasía de otra vida. No pude pegar ojo en toda la noche, mis dedos acariciaban constantemente el relieve de la daga que Nikolai me había entregado, mientras mi mente repetía una y otra vez la imagen de esa habitación secreta llena de fragmentos de mi pasado. Él me conocía, me había acechado durante años, y esa revelación pesaba más en mi pecho que el propio miedo a la muerte, porque significaba que mi libertad nunca había sido real, ni siquiera antes de cruzar el océano.

​A media tarde, la mujer de rostro de piedra, cuyo nombre supe que era Yelena, entró en mi habitación sin llamar, dejando sobre la cama un vestido de terciopelo verde esmeralda, tan oscuro que parecía negro bajo las sombras de la habitación.

​—El Don espera que esté lista a las ocho, habrá invitados, generales de la Bratva que desean conocer a la nueva joya de la corona—dijo, con una voz que no admitía réplicas, mientras sus ojos evaluaban mi palidez con una mezcla de lástima y desdén.

​—Dile a tu Don que no soy una joya, y mucho menos suya—respondí, aunque mis manos ya buscaban la seda del vestido, comprendiendo que en este lugar, la apariencia era mi única armadura.

​Me preparé con una precisión casi quirúrgica, pintando mis labios de un rojo intenso que recordaba a la sangre que Nikolai traía en su camisa el día de la boda, y ajustando el corpiño del vestido hasta que casi no podía respirar. Necesitaba sentirme rígida, inquebrantable, una Bianchi en territorio enemigo. Antes de salir, escondí la pequeña daga en el liguero de mi muslo izquierdo, un secreto frío contra mi piel que me devolvía una parte del control que me habían arrebatado.

​Bajé las escaleras con la barbilla en alto, el eco de mis tacones golpeando el mármol como una cuenta atrás hacia el cadalso. El comedor principal era una estancia cavernosa, presidida por una mesa de roble negro que parecía capaz de albergar a cincuenta personas, bajo la luz titilante de cientos de velas que daban a la habitación un aire de ritual pagano. Nikolai ya estaba allí, sentado a la cabecera, luciendo un traje impecable que ocultaba al monstruo que había visto en la capilla, pero cuyos ojos azules se encendieron al verme aparecer en el umbral.

​A su alrededor, cinco hombres de aspecto rudo, con cicatrices que contaban historias de guerras que yo no quería conocer y tatuajes que asomaban por sus puños, dejaron de hablar y beber vodka para observarme con una curiosidad carnívora. Eran los generales de la Bratva, los pilares sobre los que Nikolai sostenía su imperio de terror, y su mirada me hizo sentir como si estuviera entrando en una jaula de leones hambrientos.

​—Alessandra, te presento a mi consejo—dijo Nikolai, su voz resonando con una autoridad que hizo que los hombres se enderezaran en sus asientos— caballeros, mi esposa, Alessandra Petrov.

​El uso de su apellido me escoció como sal en una herida abierta, pero me obligué a caminar hacia el asiento vacío a su derecha, sintiendo el peso de las miradas sobre mí. Apenas me hube sentado, uno de los generales, un hombre con la nariz rota y una risa ronca que olía a tabaco barato, soltó un bufido de desprecio.

​—Así que esta es la famosa italiana, parece que un soplo de viento de Moscú podría romperla en pedazos—dijo en un ruso tosco, asumiendo estúpidamente que yo no entendería el idioma de mi nuevo hogar.

​—Iván, ten cuidado con tu lengua, los invitados deben ser respetados—advirtió Nikolai, aunque su tono era extrañamente neutro, como si estuviera esperando ver qué hacía yo.

​No bajé la mirada, al contrario, me incliné ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en la mesa con una elegancia que aprendí en las cenas de mi padre, donde la supervivencia dependía de saber cuándo atacar.

​—Si el viento de Moscú es tan sutil como sus modales, general Iván, dudo que pueda romper nada, mucho menos a alguien que ha sobrevivido a una familia que desayuna traidores antes de misa de ocho—respondí en un ruso fluido, con un acento que los dejó paralizados.

​El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el crujir de la madera en la chimenea. Iván se puso rojo, su mano apretando la copa de vodka hasta que sus nudillos blanquearon, mientras los otros generales intercambiaban miradas de asombro. Nikolai, a mi lado, soltó una carcajada corta y seca, un sonido que por primera vez no me pareció amenazante, sino casi orgulloso.

​—Parece que la gatita tiene garras, y además habla nuestro idioma mejor que tú, Iván—se burló otro de los generales, un hombre más joven con una cicatriz que le atravesaba el labio.

​—No es más que una cortesana de lujo enviada por un siciliano desesperado por salvar su pellejo, ¿qué sabe ella de nuestra sangre? ¿qué sabe de lealtad? —escupió Iván, recuperando el habla mientras me señalaba con un dedo grueso y lleno de anillos.

​—Sé que la lealtad no se demuestra insultando a la mujer de tu líder en su propia mesa, general—ataqué de nuevo, mi voz cargada de un sarcasmo letal que cortaba el aire como un bisturí— a menos, claro, que en Rusia la valentía consista en atacar a quien no tiene un ejército a su espalda, si es así, mis disculpas, pensé que estaba cenando con guerreros, no con matones de taberna que necesitan alcohol para sentirse hombres.

​Iván se levantó bruscamente, tirando su silla, y por un momento vi la violencia estallar en sus ojos. Nikolai no se movió, no hizo ademán de protegerme, se limitó a seguir bebiendo su vino con una parsimonia exasperante, pero supe que estaba observando cada uno de mis movimientos, evaluando mi resistencia bajo presión.

​—¡Cómo te atreves, niña insolente! —rugió el ruso, golpeando la mesa con el puño— ¡deberías estar agradecida de que no te hayamos devuelto a Italia en una caja!

​—Si me devolvieran en una caja Iván, mi padre se encargaría de que Moscú ardiera antes del amanecer, y dudo mucho que tú tengas la capacidad de apagar ese incendio con tu inteligencia limitada—le espeté, manteniendo una calma glacial mientras tomaba un sorbo de agua, aunque por dentro mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado.

​—¡Basta! —la voz de Nikolai no fue un grito, fue un latigazo de mando que congeló a todos en sus puestos.

​Iván temblando de rabia, se sentó lentamente, bajando la cabeza ante su Don, aunque sus ojos seguían prometiéndome mil tormentos. Nikolai se giró hacia mí, y por un segundo, la frialdad de su mirada se suavizó, dejando paso a una chispa de genuina admiración que me hizo sentir un calor extraño recorriéndome la espalda.

​—Alessandra ha demostrado tener más fuego en su lengua que muchos de ustedes en sus corazones—sentenció Nikolai, recorriendo con la vista a sus generales— y les recuerdo que ella es mi mujer, lo que significa que un insulto hacia ella es un insulto directo hacia mí, espero que no necesiten que se lo explique de una manera más... física.

​El resto de la cena transcurrió en una calma tensa, los generales hablaban de negocios, de rutas y de cargamentos en el puerto, ignorándome en gran medida, pero de vez en cuando sentía la mirada del joven de la cicatriz sobre mí, una mirada que no era de odio, sino de respeto. Yo me mantuve en silencio, observando, aprendiendo quiénes eran los aliados de Nikolai y quiénes, como Iván, eran bombas de tiempo esperando el momento justo para estallar.

​Cuando la cena terminó y los hombres se retiraron para fumar cigarros en el despacho, Nikolai me indicó que lo siguiera hacia la terraza que daba a los jardines nevados. El aire frío fue un alivio después del calor asfixiante del comedor, y me apoyé en la barandilla de piedra, mirando la inmensidad blanca que rodeaba la mansión.

​—Me has impresionado hoy, Alessandra—dijo, colocándose a mi lado, pero manteniendo una distancia prudencial— no esperaba que supieras ruso, y mucho menos que tuvieras el valor de humillar a Iván delante de todos.

​—No fue valor Nikolai, fue supervivencia—respondí, sin mirarlo— en mi casa, si dejas que alguien te pise una vez, lo hará el resto de tu vida, y no pienso empezar mi estancia aquí siendo la alfombra de tus carniceros.

​—Iván es un idiota, pero es poderoso, te has ganado un enemigo peligroso hoy—comentó él, encendiendo un cigarrillo cuyo humo desapareció rápidamente en el viento gélido.

​—Ya tengo suficientes enemigos en Italia, uno más en Rusia no marcará la diferencia—le contesté con amargura, recordando las fotos de la habitación secreta.

​Nikolai se quedó callado un momento, el brillo de su cigarrillo iluminando sus facciones duras. Luego, se acercó un paso más, lo suficiente para que pudiera sentir su calor, y su voz bajó de tono, volviéndose una advertencia que me erizó el vello de los brazos.

​—Crees que tu familia te envió aquí para salvarte o por negocios, pero la realidad es mucho más oscura Alessandra, Iván es el menor de tus problemas, lo que tu hermano Lorenzo planea desde Sicilia es lo que realmente debería quitarte el sueño.

​Me giré bruscamente hacia él, buscándole los ojos en la penumbra.

​—¿Qué quieres decir? Lorenzo me quiere, él... él intentó detener esta boda—mentí, intentando convencerme a mí misma más que a él.

​Nikolai soltó una risa amarga y se acercó a mi oído, sus labios casi rozando mi piel mientras susurraba palabras que me helaron la sangre más que el viento del norte.

​—Tu hermano no quería detener la boda por amor a ti, querida mía, quería detenerla porque tú eres la clave para una herencia que él no puede tocar mientras estés viva y bajo mi protección, él no te envió a mis brazos como un sacrificio, te envió esperando que yo te matara por tu insolencia para que el camino quedara libre de obstáculos.

​Me aparté de él, con el pecho agitado y la mente gritando en negación ¿Lorenzo? ¿Mi hermano mayor, el que me cuidaba de niña? No podía ser verdad. Nikolai me estaba mintiendo para ganarse mi lealtad, para que me refugiara en él.

​—¡Mientes! —exclamé, aunque mi voz sonó débil.

​—¿Por qué mentiría sobre algo que puedo probar? —respondió él con una calma aterradora, sacando un pequeño sobre de su bolsillo y extendiéndolo hacia mí— léelo cuando estés sola, son comunicaciones interceptadas de la red de tu hermano, verás que el monstruo ruso no es el único que tiene secretos sangrientos.

​Tomé el sobre con manos temblorosas, sintiendo que el mundo volvía a girar fuera de control. Nikolai me dio una última mirada, una mezcla de protección y posesividad, antes de entrar de nuevo a la mansión, dejándome sola en la nieve con una verdad que amenazaba con destruir lo poco que me quedaba de fe en mi sangre.

​Abrí el sobre con dedos torpes, y bajo la luz de la luna, leí las primeras líneas, mi corazón se detuvo. Eran órdenes claras, escritas con la caligrafía elegante de Lorenzo, discutiendo mi eliminación accidental una vez que la alianza se consolidara.

​—No puede ser—susurré, dejando que el sobre cayera al suelo mientras el frío de Moscú finalmente se filtraba en mi alma.

​¿Estaba realmente Nikolai protegiéndome de mi propia sangre? ¿Era este matrimonio mi única salvación frente a la traición de mi familia? la duda se enterró profundamente en mi mente, mientras miraba hacia la oscuridad del bosque, preguntándome si algún día dejaría de ser una pieza en el tablero de hombres despiadados. La cena de la Bratva había sido un éxito, pero el postre había sido un veneno que ahora corría por mis venas, obligándome a mirar a mi esposo no como un carcelero, sino como la única persona que, por razones que aún no comprendía, me quería viva.

​¿Sería capaz de confiar en Nikolai después de esto, o estaba simplemente cambiando un verdugo por otro más inteligente? La noche moscovita se cerró sobre mí, guardando el secreto de una traición que apenas empezaba a comprender, mientras el eco de las palabras de Lorenzo quemaba mi memoria.

​¿Qué me pediría Nikolai a cambio de mi vida ahora que sabía que no tenía a dónde volver? La respuesta me aterraba casi tanto como la propia muerte.

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