El polvo blanco del mármol flotaba en el aire como una mortaja de nieve, pegándose a mis pestañas y mezclándose con el sudor que me corría por la nuca, mientras el cuerpo de Lorenzo desaparecía en el abismo de la cantera, el silencio que siguió no fue de paz, sino el de un vacío absoluto, como si la montaña entera hubiera contenido el aliento ante la caída del último de los Bianchi, me quedé inmóvil, con el brazo todavía extendido y el arma humeante, sintiendo que la sangre de los Petrov, esa q