El polvo blanco del mármol flotaba en el aire como una mortaja de nieve, pegándose a mis pestañas y mezclándose con el sudor que me corría por la nuca, mientras el cuerpo de Lorenzo desaparecía en el abismo de la cantera, el silencio que siguió no fue de paz, sino el de un vacío absoluto, como si la montaña entera hubiera contenido el aliento ante la caída del último de los Bianchi, me quedé inmóvil, con el brazo todavía extendido y el arma humeante, sintiendo que la sangre de los Petrov, esa que Lorenzo tanto despreció, reclamaba finalmente su lugar en mi pecho, Nikolai se acercó a mí, sus pasos crujiendo sobre los escombros, y sentí su mano cálida posarse en mi hombro, un gesto que me trajo de vuelta de la oscuridad antes de que el abismo terminara de devorarme.
—Ya está Alessandra, el pasado se ha hundido en la piedra —susurró él, su voz siendo el único sonido real en aquel infierno de mármol y pólvora— míralos, mírame, ahora no hay nadie que pueda decirnos quiénes somos, tú has e