Mundo ficciónIniciar sesiónLa nieve moscovita, esa que ayer me parecía un sudario de cristal, hoy se sentía como el único escenario posible para la farsa que era mi vida. El sobre que Nikolai me había entregado seguía quemando en mi mente, cada palabra de Lorenzo, cada instrucción fría sobre mi eliminación, se repetía como un eco macabro mientras Yelena me ayudaba a ajustarme un abrigo de piel blanca, tan pesado y lujoso que me hacía sentir como una reina de hielo lista para su ejecución. Nikolai quería que lo acompañara a un desfile militar en la Plaza Roja, un evento de propaganda donde la Bratva y el gobierno mostraban sus músculos, y donde nosotros, la pareja del momento, debíamos ser la imagen de una estabilidad que no existía.
—Mantente cerca de mí, Alessandra, no te alejes ni un paso y sobre todo, no dejes de sonreír, aunque sientas que el mundo se cae a pedazos—me advirtió Nikolai mientras subíamos al coche blindado, su voz era un susurro gélido pero, por primera vez, noté un matiz de ansiedad en sus ojos, una sombra que no encajaba con su máscara de hierro.
—¿Por qué me llevas a un lugar tan público si sabes que mi familia me quiere muerta, Nikolai? —le pregunté, sintiendo cómo el frío del asiento se filtraba por mi ropa, mientras el coche arrancaba escoltado por motocicletas negras que cortaban el tráfico de Moscú como cuchillos.
—Porque la oscuridad no puede esconderse por siempre, y prefiero que el ataque venga cuando estoy preparado, a que te sorprendan en la soledad de tu habitación—respondió él, revisando su propia arma bajo la chaqueta con una naturalidad que me revolvió el estómago, recordándome que para él, la violencia era tan común como respirar.
Llegamos a la plaza y el ruido fue ensordecedor, una mezcla de motores de tanques, música militar y los gritos de una multitud que nos miraba como si fuéramos deidades o monstruos, quizás ambas cosas. Nikolai me tomó del brazo, su agarre era firme, casi doloroso, pero en ese momento agradecí la presión, era lo único que me mantenía anclada a la realidad. Caminamos por una alfombra roja rodeados de generales y políticos, mientras el viento arrastraba copos de nieve que se pegaban a mis pestañas, nublándome la vista de un mundo que se sentía irreal.
—Respira Alessandra, solo son rostros, no son personas—me susurró Nikolai al oído, mientras nos deteníamos en el palco de honor, saludando a una cámara que transmitía nuestra imagen a todo el país, y quizás, a una oficina oscura en Sicilia donde Lorenzo esperaba noticias.
El desfile comenzó, una demostración de poder bruto que me hacía sentir minúscula, pero mi instinto, ese que había sido entrenado entre las sombras de la mafia italiana, empezó a gritar. Había algo mal, el aire se sentía estático, cargado de una tensión que iba más allá del protocolo militar. Empecé a escanear los edificios circundantes, las ventanas oscuras, los tejados donde los francotiradores del gobierno se suponía que vigilaban, pero entonces lo vi, un destello metálico en un balcón del tercer piso, justo enfrente de nosotros.
—Nikolai...—comencé a decir, mi voz apenas un soplido de terror.
Pero no tuve tiempo de terminar, el sonido de un disparo seco, como el chasquido de una rama rota, desgarró el aire, seguido inmediatamente por el caos. Antes de que pudiera procesar que la bala iba dirigida a mi pecho, sentí un impacto brutal que me arrojó al suelo, el peso de Nikolai me aplastó contra el pavimento frío, mientras su cuerpo se convertía en un escudo humano que me cubría por completo.
—¡Abajo, quédate abajo! —rugió él, su voz cargada de una furia animal que nunca le había escuchado.
Otro disparo impactó en la barandilla de piedra justo encima de su cabeza, soltando esquirlas que le rozaron la mejilla, pero él no se movió, no intentó ponerse a salvo, simplemente se mantuvo sobre mí, protegiendo cada centímetro de mi cuerpo con el suyo. El pánico estalló en la plaza, la gente corría en todas direcciones, los guardias gritaban órdenes y el aire se llenó del olor a pólvora y miedo.
Sentí algo caliente empapando mi abrigo blanco, un líquido espeso que se extendía rápidamente por mi hombro. Mi primer pensamiento fue que yo estaba herida, pero cuando miré a Nikolai, vi que sus dientes estaban apretados en una mueca de agonía, y que la sangre que manchaba mi ropa provenía de un agujero en su espalda, justo por debajo del omóplato.
—Estás herido... ¡Nikolai, te han dado! —grité, intentando moverme, pero él me presionó más fuerte contra el suelo, ignorando su propio dolor.
—Cállate y no te muevas Alessandra, todavía no sabemos si hay más—respondió él, su respiración era pesada, entrecortada, pero sus ojos seguían escaneando el perímetro con una ferocidad que me helaba la sangre.
Sus hombres finalmente llegaron, formando un muro de escudos y metal alrededor de nosotros, mientras los francotiradores de la Bratva devolvían el fuego hacia el edificio de enfrente. Sentí que me levantaban del suelo, Nikolai se puso en pie con un esfuerzo sobrehumano, sujetándose el costado mientras me empujaba hacia el coche blindado que se había acercado a toda velocidad.
—¡Súbela primero, saquen a la Donya de aquí ahora mismo! —ordenó a sus hombres, su voz no flaqueaba a pesar de la palidez mortal que empezaba a cubrir su rostro.
Entramos en el coche y la puerta se cerró con un golpe metálico que nos aisló del infierno exterior. Nikolai se desplomó en el asiento frente a mí, su cabeza cayó hacia atrás y cerró los ojos, mientras el vehículo aceleraba bruscamente, dejándonos en un silencio sepulcral que solo se rompía por su respiración sibilante. Me acerqué a él, mis manos temblaban tanto que apenas podía tocarlo, el abrigo blanco que Yelena me había puesto con tanto cuidado ahora era una mancha roja y horrorosa.
—¿Por qué lo hiciste? —le pregunté, las lágrimas cayendo por mis mejillas sin que pudiera detenerlas— sabías que iban a por mí, podrías haberme dejado, podrías haberte salvado tú.
Él abrió los ojos lentamente, la intensidad azul de su mirada estaba velada por el choque, pero todavía había una chispa de ese hombre que me había confesado que me quería desde niño. Extendió una mano temblorosa y, con los dedos manchados de su propia sangre, rozó mi mejilla, dejando una estela cálida que contrastaba con el frío de mi piel.
—Te dije que eras mi condición, Alessandra... no te traje a Rusia para que fueras una tumba más en mi jardín—susurró, su voz fallando mientras un hilo de sangre corría por la comisura de su boca— Lorenzo envió a sus mejores hombres, pero olvidó que, en mi territorio, incluso el diablo tiene que pedir permiso para cazar.
Sentí una mezcla de horror y una gratitud que me avergonzaba, el hombre que yo consideraba un monstruo acababa de recibir una bala que estaba destinada a mi corazón. Mi hermano, mi propia sangre, me quería muerta, y este extraño, este mafioso ruso que me había comprado, se estaba muriendo por mí. La ironía era tan cruel que quise reír y gritar al mismo tiempo.
—No te mueras Nikolai, por favor, no me dejes sola en este lugar—supliqué, presionando mis manos contra la herida de su espalda, intentando detener el flujo constante de vida que se le escapaba entre los dedos.
Él soltó una risa ronca que terminó en un ataque de tos sangrienta, pero sus ojos no se apartaron de los míos.
—Todavía tienes que aprender a ser una reina Alessandra, y yo... yo tengo que enseñarte quiénes son los verdaderos monstruos—dijo antes de que sus ojos se pusieran en blanco y su cuerpo se quedara flácido en el asiento.
—¡Nikolai! —grité, golpeando el cristal que nos separaba del conductor— ¡Vayan más rápido, se está muriendo!
El coche volaba por las calles de Moscú, pero el tiempo parecía haberse detenido dentro de ese habitáculo de cuero y sangre. Miré mis manos, rojas hasta las muñecas, y luego miré al hombre que yacía frente a mí, mi vida en Sicilia había terminado con un disparo, y aquí, en el corazón del hielo, estaba naciendo algo nuevo, algo oscuro y aterrador que me vinculaba a Nikolai Petrov mucho más que cualquier pacto de sangre.
Si Nikolai moría hoy, yo estaría a merced de los generales que me odiaban y de una familia que me había traicionado. Estaba sola, en un país extraño, con el cadáver potencial de mi único aliado sobre mis piernas. El desfile había sido una trampa, pero el verdadero atentado no había sido contra mi vida, sino contra la poca cordura que me quedaba.
¿Sobreviviría Nikolai a la bala que detuvo con su cuerpo? Y si lo hacía, ¿qué versión de él despertaría? El miedo me atenazaba, pero bajo ese miedo, una furia nueva empezaba a arder. Lorenzo me quería muerta, pero si Nikolai vivía, yo me encargaría de que Sicilia recordara mi nombre con terror, la guerra ya no era solo de ellos, ahora era mía también.
El coche frenó violentamente frente a un ala oculta de la mansión, donde un equipo médico ya esperaba con camillas y luces de emergencia. Los hombres de Nikolai me apartaron de él con brusquedad, llevándoselo hacia el interior, mientras yo me quedaba allí, de pie en la nieve, con mi vestido de novia y mi abrigo de piel destrozados por la sangre del hombre que, por alguna razón que aún no comprendía, me consideraba lo único que valía la pena salvar en este mundo podrido.
Me abracé a mí misma, sintiendo el frío calar hasta mis huesos, mientras miraba hacia el horizonte oscuro. La protección de Nikolai tenía un precio, y hoy había empezado a pagarlo con su propia sangre ¿Qué me pediría el destino a continuación? La incertidumbre se clavó en mi alma mientras veía cómo desaparecía tras las puertas de la clínica privada, dejándome sola con la sospecha de que, a partir de hoy, Alessandra Bianchi ya no existía, solo quedaba la mujer que aprendería a sobrevivir bajo el hielo de los Petrov.
¿Qué secreto guardaba la bala que le habían disparado? El presentimiento de que esto era solo el comienzo de una carnicería mayor me persiguió mientras caminaba, sola y ensangrentada, hacia el interior de la mansión de hielo.







