El caos se desató con la precisión de una sinfonía macabra, mientras el Palacio de Topkapi, con sus siglos de historia y secretos, se convertía en el escenario de una carnicería que Estambul no olvidaría en décadas, el olor a pólvora quemada anuló por completo el aroma de las rosas, y el grito de agonía del viejo Moretti, al ver a sus hombres caer como fichas de dominó, fue la señal que Nikolai y yo esperábamos para movernos, no corrimos como fugitivos, avanzamos como depredadores que ya habían