El caos se desató con la precisión de una sinfonía macabra, mientras el Palacio de Topkapi, con sus siglos de historia y secretos, se convertía en el escenario de una carnicería que Estambul no olvidaría en décadas, el olor a pólvora quemada anuló por completo el aroma de las rosas, y el grito de agonía del viejo Moretti, al ver a sus hombres caer como fichas de dominó, fue la señal que Nikolai y yo esperábamos para movernos, no corrimos como fugitivos, avanzamos como depredadores que ya habían marcado su territorio, Nikolai me sujetaba con una mano, guiándome entre el humo, mientras con la otra vaciaba el cargador de su pistola sobre cualquier sombra que intentara cerrarnos el paso, sentía la adrenalina recorriéndome las venas, un fuego líquido que me hacía sentir más viva, más letal, más Petrov que nunca.
—¡Dimitri, el convoy al muelle sur, ahora! —grité por el radio, mientras saltábamos sobre el cuerpo inerte de uno de los guardaespaldas italianos— ¡no dejen que los Moretti se rea