El eco del disparo que terminó con Lorenzo todavía retumbaba en mis oídos mientras caminaba por los pasillos de mármol de nuestra residencia en San Petersburgo, el frío del Báltico se me había quedado pegado a los huesos, pero no era nada comparado con el peso de las palabras finales de mi hermano, Lorenzo estaba muerto, hundido en el abismo, pero había dejado una semilla de duda plantada en el centro de mi pecho, un veneno más lento y doloroso que el de cualquier daga, me detuve frente a los g