El eco del disparo que terminó con Lorenzo todavía retumbaba en mis oídos mientras caminaba por los pasillos de mármol de nuestra residencia en San Petersburgo, el frío del Báltico se me había quedado pegado a los huesos, pero no era nada comparado con el peso de las palabras finales de mi hermano, Lorenzo estaba muerto, hundido en el abismo, pero había dejado una semilla de duda plantada en el centro de mi pecho, un veneno más lento y doloroso que el de cualquier daga, me detuve frente a los grandes ventanales que daban al río Nevá, observando cómo los bloques de hielo chocaban entre sí con un crujido sordo, igual que las piezas de mi vida que intentaban encajar en una realidad que ya no reconocía.
Nikolai apareció tras de mí, su presencia era un calor sólido que siempre lograba calmar mis demonios, me rodeó la cintura con sus brazos y apoyó la barbilla en mi hombro, sentí la aspereza de su barba contra mi piel y el aroma a tabaco y nieve que siempre lo acompañaba, no dijimos nada d