CAPITULO 49

El viento en la terminal de Ust-Luga aullaba como un animal herido, arrastrando partículas de hielo que golpeaban contra el metal de las grúas y los depósitos de gas, mientras Nikolai y yo caminábamos por la pasarela de servicio, suspendidos a treinta metros sobre las gélidas aguas del Báltico, las luces de la flota del Consejo de los Diez parpadeaban en el horizonte, merodeando como tiburones de acero esperando un rastro de debilidad para desgarrar la soberanía rusa, pero mi atención no estaba en los barcos, sino en el rastro de sangre que manchaba la rejilla metálica a mis pies, Lorenzo estaba allí, acorralado en la última plataforma, herido y despojado de toda la arrogancia que una vez lo definió como el heredero de los Bianchi.

​—Quédate atrás Nikolai —dije, sintiendo el peso del arma en mi mano derecha y el medallón de mi madre golpeando rítmicamente contra mi esternón— esto comenzó en una habitación de seda en Palermo y termina aquí, entre el hierro y el frío, es mi deuda y yo s
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