El viento en la terminal de Ust-Luga aullaba como un animal herido, arrastrando partículas de hielo que golpeaban contra el metal de las grúas y los depósitos de gas, mientras Nikolai y yo caminábamos por la pasarela de servicio, suspendidos a treinta metros sobre las gélidas aguas del Báltico, las luces de la flota del Consejo de los Diez parpadeaban en el horizonte, merodeando como tiburones de acero esperando un rastro de debilidad para desgarrar la soberanía rusa, pero mi atención no estaba