CAPITULO 8

La oscuridad de la madrugada todavía envolvía la mansión cuando el sonido de los motores me arrancó de un sueño inquieto, cargado de imágenes de cartas perfumadas y cicatrices que se retorcían como serpientes, me levanté de un salto, con el corazón golpeando mis costillas con una urgencia eléctrica que no lograba calmar, Nikolai había dicho que me enviaría a las montañas al alba, pero algo en mi interior, ese instinto siciliano que nunca duerme, me gritaba que una vez que cruzara esas puertas bajo su custodia, perdería la última pizca de voluntad que me quedaba, no podía ser una pieza que él moviera a su antojo, aunque sus razones fueran protegerme de la víbora de mi hermano, necesitaba aire, necesitaba espacio para pensar fuera de estas paredes de cristal y sangre.

​Me vestí rápido, desechando los vestidos de seda por unos pantalones oscuros y un jersey de lana que encontré en el fondo del vestidor, me puse el abrigo de piel más sencillo que tenía, uno que no gritara riqueza a un kil
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