El búnker subterráneo se sentía como una tumba de hormigón y acero, el zumbido constante de los generadores eléctricos era lo único que llenaba el silencio de nuestra nueva realidad, mientras yo me sentaba en una silla de metal frío, mirando mis manos todavía manchadas de la pólvora y el polvo de la mansión destruida, Nikolai estaba a unos metros de mí, hablando por un teléfono satelital en un ruso rápido y cortante, su voz era un látigo de mando que reorganizaba lo que quedaba de su imperio, p