El búnker subterráneo se sentía como una tumba de hormigón y acero, el zumbido constante de los generadores eléctricos era lo único que llenaba el silencio de nuestra nueva realidad, mientras yo me sentaba en una silla de metal frío, mirando mis manos todavía manchadas de la pólvora y el polvo de la mansión destruida, Nikolai estaba a unos metros de mí, hablando por un teléfono satelital en un ruso rápido y cortante, su voz era un látigo de mando que reorganizaba lo que quedaba de su imperio, pero a pesar de su postura rígida, pude ver cómo su hombro herido cedía ligeramente bajo el peso del cansancio y la pérdida de sangre, el hombre que hace unas horas parecía un demonio invencible en la nieve, ahora se veía peligrosamente humano bajo la cruda luz de los fluorescentes.
Finalmente colgaron, y el silencio volvió a caer sobre nosotros, más denso que nunca, Nikolai caminó hacia un pequeño mueble, sacó una botella de vodka y dos vasos de cristal, sirviendo el líquido transparente con un