CAPITULO 3

El descenso hacia Moscú fue como hundirse en un pozo de obsidiana, las luces de la ciudad centelleaban abajo, frías y distantes, mientras el jet cortaba las nubes cargadas de nieve. Nikolai no volvió a decir una palabra, se limitó a observar cómo guardaba la daga en el muslo, ocultándola bajo las capas de tul de mi vestido destrozado, un secreto afilado que ahora me pertenecía. Cuando las ruedas tocaron la pista privada, un estremecimiento me recorrió la columna, recordándome que Sicilia, con su sol de justicia y su olor a salitre, era ahora un recuerdo borroso, una vida que me habían arrancado de cuajo.

​Al abrirse la compuerta del avión, el aire de Rusia me golpeó la cara como una bofetada física, un frío tan seco y cortante que mis pulmones ardieron al primer contacto. Nikolai bajó primero, sus pasos resonando en el metal, y yo lo seguí, sintiendo cómo el viento gélido se filtraba por la seda fina de mi ropa de novia, convirtiéndome en una estatua de hielo. Una fila de todoterrenos negros nos esperaba con los motores en marcha, sus escapes soltando nubes de vapor blanco que se mezclaban con la niebla de la noche.

​—Bienvenida a casa, Alessandra—dijo Nikolai, aunque no había calidez en su voz, solo una fría formalidad mientras me abría la puerta de uno de los vehículos.

​—Esto no es mi casa, es una prisión con mejor calefacción—respondí, mis dientes castañeando mientras me hundía en el asiento de cuero calefactado.

​Él no se inmutó, simplemente se sentó a mi lado y el coche arrancó, deslizándose por carreteras desiertas flanqueadas por bosques de abedules que parecían esqueletos blancos bajo la luz de la luna. El trayecto fue largo, un silencio sepulcral llenaba el habitáculo, interrumpido solo por el crujido de la nieve bajo los neumáticos. Finalmente, llegamos a una estructura que me dejó sin aliento, una mansión de piedra oscura y cristal que se alzaba como una fortaleza en mitad de la nada, rodeada de muros altos y cámaras que vigilaban cada movimiento.

​La mansión de los Petrov era imponente, una mezcla de arquitectura moderna y brutalista que gritaba poder y aislamiento. Al entrar, el vestíbulo nos recibió con suelos de mármol negro y techos altísimos, donde las sombras parecían cobrar vida propia. Nikolai se quitó el abrigo ensangrentado, entregándoselo a un hombre que apareció de la nada, y me miró con esos ojos azules que seguían pareciendo dos témpanos bajo la luz de las lámparas de araña.

​—Tus cosas ya están en tu habitación, tienes una hora para asearte antes de que nos retiren la cena, el servicio sabe que no debe molestarte a menos que yo lo ordene—sentenció, dándose la vuelta para subir una escalera señorial sin esperar respuesta.

​Me quedé allí, plantada en mitad del mármol, sintiendo el peso de la daga contra mi piel y la soledad más absoluta cerrándose sobre mí. Una mujer madura, vestida con un uniforme impecable y un rostro que parecía tallado en granito, me indicó con un gesto que la siguiera. Subimos por pasillos interminables, decorados con cuadros de paisajes desolados y armaduras antiguas, hasta llegar a una puerta doble de madera tallada.

​Mi habitación era enorme, una suite que desbordaba un lujo que no lograba quitarme el escalofrío. Había una chimenea encendida que crepitaba suavemente, llenando el aire con el olor de la leña quemada, y una cama de dosel que parecía una isla en mitad de un océano de alfombras de lana. Sin embargo, no me sentía cómoda, sentía que las paredes me observaban, que cada rincón de esta mansión de hielo guardaba un secreto que yo no estaba preparada para descubrir.

​Me encerré en el baño, dejando que el agua caliente borrara el rastro de Sicilia y la sangre de Nikolai de mi piel, pero mi mente no dejaba de dar vueltas ¿Por qué me había dado esa arma? ¿Por qué decir que me protegía de los demás? La imagen de mi hermano Lorenzo, con su sonrisa perfecta y sus ojos llenos de ambición, cruzó mi mente, recordándome que el peligro no siempre viene de los extraños.

​Al salir, envuelta en una bata de seda negra que encontré en el vestidor, la curiosidad pudo conmigo, no podía quedarme quieta, necesitaba entender dónde estaba metida. Salí al pasillo con cuidado, mis pies descalzos hundiéndose en la moqueta gruesa, evitando las zonas donde la luz era más intensa. La mansión estaba en silencio, un silencio antinatural que solo se rompía por el silbido del viento contra los cristales.

​Caminé sin rumbo fijo por la segunda planta, pasando por puertas cerradas y salas de estar sumidas en la penumbra, hasta que llegué a un ala de la casa que parecía más antigua, donde el aire se sentía más pesado y el polvo bailaba bajo las luces de emergencia. Allí, al final de un corredor estrecho, encontré una puerta que no era como las demás, no tenía pomo, sino una pequeña hendidura que parecía funcionar con algún mecanismo magnético.

​Recordé la daga que Nikolai me había dado, su empuñadura tenía un diseño extraño, un relieve que encajaba perfectamente en la forma de mi mano. Por puro instinto, o quizás por una locura momentánea, saqué el arma que había dejado sobre la mesilla y acerqué el pomo a la hendidura. Hubo un chasquido metálico, sutil pero definitivo, y la pared se desplazó unos centímetros, revelando una habitación oculta.

​Mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en los oídos mientras empujaba la puerta. El interior estaba a oscuras, olía a papel viejo y a un perfume que me resultó dolorosamente familiar, una mezcla de jazmín y algo dulce. Encendí la luz con un interruptor pequeño junto al marco y lo que vi me obligó a taparme la boca con la mano para no gritar.

​No era una sala de tortura, ni una oficina llena de mapas de guerra, era una biblioteca personal, pero las paredes no estaban llenas de libros, sino de fotografías. Cientos de ellas, me acerqué a la pared principal, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies, eran fotos mías.

​Había fotos de cuando tenía cinco años, jugando en el jardín de nuestra finca en Palermo, fotos de mi graduación que yo ni siquiera sabía que existían, fotos mías caminando por las calles de Italia, riendo con amigas, distraída, completamente ignorante de que alguien me observaba desde las sombras. No eran fotos de una investigación policial, no tenían ese tono frío de la vigilancia criminal, eran... íntimas.

​Mis manos temblaron cuando alcancé una pequeña caja de madera sobre un escritorio lateral. Al abrirla, encontré una pulsera de tela que había perdido cuando era niña, un objeto sin valor que mi madre me había hecho. Al lado, había una flor seca, un jazmín prensado entre hojas de papel.

​—¿Qué demonios es esto? —susurré, sintiendo que una náusea repentina me subía por la garganta.

​Nikolai Petrov, el hombre que acababa de conocer hoy, el hombre que me había tratado como un objeto de intercambio en una capilla sangrienta, tenía una habitación dedicada a mi vida entera. No era un interés de un par de meses por el trato de la mafia, era algo que venía de años atrás, una obsesión que me hizo sentir una mezcla de terror y una extraña, muy extraña, sensación de importancia.

​—Te dije que el servicio no debía molestarte, Alessandra—la voz de Nikolai llegó desde la puerta, tan fría y repentina que salté, dejando caer la caja de madera al suelo.

​Me giré bruscamente, con la daga en la mano por puro reflejo, apuntándole. Él estaba allí, apoyado en el marco de la puerta secreta, vestido ahora con una camisa negra desabrochada en el cuello, observándome con una calma que me resultó insultante. No parecía enfadado porque hubiera descubierto su secreto, parecía casi... resignado.

​—¿Quién eres tú? —le pregunté, mi voz quebrada por la confusión y el miedo— ¿Por qué tienes fotos mías de cuando era una niña? ¡Ni siquiera sabía que existías hasta hace una semana!

​Nikolai dio un paso hacia el interior de la habitación, ignorando la punta de la daga que temblaba en mi mano. Se agachó con elegancia para recoger la pulsera de tela que había caído al suelo, acariciándola con una suavidad que chocaba frontalmente con el hombre que había masacrado a otros antes de su boda.

​—El mundo es mucho más pequeño de lo que tu padre te hizo creer, cara mia—respondió, guardando la pulsera en su bolsillo y clavando su mirada azul en la mía— crees que eres un sacrificio, que te entregaron hoy por un simple pedazo de papel y una ruta de contrabando.

​—¡Es lo que soy! —grité, las lágrimas de frustración empezando a nublarme la vista— soy la moneda de cambio para que los rusos y los italianos no se maten entre ellos.

​Nikolai se acercó más, hasta que la punta de mi daga tocó el centro de su pecho, justo sobre su corazón, no se detuvo. Sintió el filo presionar su camisa, pero continuó avanzando hasta que solo unos centímetros nos separaban. Podía olerlo de nuevo, ese sándalo embriagador, y ver que sus ojos no reflejaban odio, sino una determinación feroz.

​—Te equivocas en una cosa, Alessandra—susurró, bajando la voz hasta que fue una caricia oscura— tú no fuiste un sacrificio, fuiste mi condición. Yo no acepté la alianza por el territorio de tu padre, acepté la alianza porque te quería a ti y te he estado esperando mucho más tiempo del que puedes imaginar.

​Me quedé helada, con el brazo flaqueando mientras la daga bajaba lentamente, la revelación me golpeó con la fuerza de un rayo. Este matrimonio no era un accidente del destino ni una necesidad de último minuto, era un plan trazado por él, una cacería que había durado años.

​—¿Por qué? —logré articular, mi voz apenas un soplo.

​Él no respondió con palabras, extendió la mano y, con una delicadeza que me hizo temblar, apartó un mechón de pelo de mi cara. Su tacto era cálido, demasiado cálido para un hombre hecho de hielo.

​—Porque en este mundo de monstruos, tú eras lo único que valía la pena salvar, incluso si para hacerlo tengo que convertirme en tu mayor carcelero—dijo, y por un segundo vi una grieta en su armadura, una sombra de algo que se parecía al dolor— ahora vuelve a tu habitación, mañana empieza tu entrenamiento, si vas a ser la reina de los Petrov, tienes que aprender a morder antes de que te muerdan a ti.

​Se dio la vuelta y salió de la habitación secreta sin mirar atrás, dejándome allí, rodeada de los ecos de mi propio pasado y de la mirada de mil versiones de mí misma que él había coleccionado. Mi cabeza daba vueltas, el hombre que me asustaba era el mismo que me había estado vigilando desde las sombras de mi infancia para, según él, salvarme ¿De qué? ¿De mi propia familia?

​Volví a mi habitación casi en trance, cerrando la puerta con llave y apoyándome contra ella. La mansión de hielo ya no se sentía solo como una prisión, se sentía como el centro de una telaraña donde yo era la presa principal, pero el cazador no quería comerme, quería poseerme. Me acosté en la cama inmensa, apretando la daga contra mi pecho, sabiendo que el sueño no vendría fácilmente. Nikolai Petrov no era un desconocido, era alguien que me conocía mejor de lo que yo me conocía a mí misma, y eso era mucho más aterrador que cualquier arma de fuego.

​¿Qué era lo que Nikolai sabía sobre mi familia que yo ignoraba? ¿De qué peligro decía protegerme? La noche en Moscú era larga y silenciosa, pero el gancho ya estaba clavado en mi carne: Nikolai me conocía desde siempre, y el sacrificio que yo creía estar haciendo era, en realidad, el cumplimiento de un deseo oscuro que él había alimentado durante toda una vida. ¿Sería capaz de descubrir la verdad antes de que el hielo de esta mansión me consumiera por completo?

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