Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa luz del amanecer en Moscú entró por los ventanales con una crueldad metálica, recordándome que la calidez que había sentido al dormir junto a Nikolai era, quizás, solo una alucinación producto del agotamiento. Él ya no estaba en la cama, el lado que había ocupado estaba frío y las sábanas perfectamente estiradas, como si el momento de vulnerabilidad de la noche anterior, cuando me permitió ver sus cicatrices y limpiar su sangre, nunca hubiera ocurrido. Me levanté con el cuerpo entumecido, el vestido de seda negra que me habían prestado se sentía como una piel extraña, y el silencio de la mansión, que antes me parecía protector, ahora me resultaba sospechoso.
Caminé hacia el despacho de Nikolai, mis pasos eran apenas un susurro sobre la alfombra persa, esperando encontrarlo allí, quizás repasando mapas o dando órdenes de ejecución con esa voz de hielo que tanto me confundía. La puerta estaba entreabierta, dejando escapar un rastro de humo de cigarrillo y el aroma persistente a sándalo que lo acompañaba a todas partes, pero al entrar, el despacho estaba vacío. Su escritorio de caoba estaba cubierto de carpetas de cuero y ceniceros de cristal, un desorden organizado que hablaba de una mente que nunca descansaba, incluso con una bala recién extraída de la espalda.
Un impulso de curiosidad, o tal vez de desconfianza, me llevó a acercarme a sus papeles personales, buscando algo que confirmara lo que me había dicho sobre mi hermano Lorenzo. Necesitaba pruebas reales, algo que no viniera de sus labios, porque en este mundo de sombras la verdad era una moneda que se devaluaba rápido. Entre los informes de embarques y las listas de nombres escritos en cirílico, vi un sobre de papel crema, elegante y fuera de lugar entre tanta burocracia criminal, estaba semioculto bajo un pesado pisapapeles de bronce con forma de lobo.
Lo saqué con dedos temblorosos, sintiendo un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Dentro no había un informe de inteligencia, ni fotos de vigilancia, sino una hoja de papel perfumada, escrita con una caligrafía femenina, fluida y apasionada. Aunque mi ruso todavía era básico, las palabras saltaron a mis ojos como brasas ardientes: «Moy korol» (Mi rey), «Te espero donde siempre», «Tu toque es lo único que me mantiene viva en este invierno», y al final, una firma clara: Katerina.
El aire se escapó de mis pulmones, dejando un vacío helado en mi pecho, Katerina, una mujer rusa, alguien que lo llamaba su rey, alguien que hablaba de su toque con una familiaridad que yo, su esposa legal, apenas empezaba a vislumbrar. La carta tenía fecha de hacía apenas tres días, el mismo día que llegamos de Sicilia, el mismo día que él me juraba que yo era su condición y que me había estado esperando desde niño.
—Qué estúpida —susurré, dejando caer la carta sobre el escritorio como si quemara, mientras las lágrimas de rabia empezaban a nublarme la vista.
Todo había sido una farsa, las cicatrices, el atentado, el beso en la penumbra de su habitación, todo era parte de un juego para ganarse mi lealtad, para que la italiana insolente se convirtiera en un perrito faldero que no causara problemas mientras él seguía con su verdadera vida. Nikolai no me estaba protegiendo de Lorenzo porque me amara, me estaba protegiendo porque yo era un activo valioso, una pieza de ajedrez que necesitaba mantener intacta mientras su corazón, si es que tenía uno, pertenecía a otra.
Sentí que las paredes de la mansión se cerraban sobre mí, el lujo se volvió asfixiante y el recuerdo de su piel bajo mis manos la noche anterior me provocó una náusea violenta. Me había sentido especial, creí ver una grieta en el monstruo, pero solo había encontrado un espejo que reflejaba mi propia ingenuidad. Nikolai Petrov era un hombre de la mafia rusa, y yo era solo un trámite, un escudo legal frente a las familias de Italia, mientras Katerina era su refugio real.
—¿Se te ha perdido algo, Alessandra? —la voz de Nikolai retumbó desde la puerta, tan fría y repentina que sentí un escalofrío eléctrico recorrerme la espalda.
Me giré bruscamente, sin intentar ocultar la carta que aún descansaba sobre el escritorio, mi rostro debía ser una máscara de furia y desprecio porque él se detuvo en seco, su mirada azul recorriendo el despacho hasta posarse en el papel crema. Estaba pálido, su brazo izquierdo descansaba en un cabestrillo improvisado bajo la chaqueta, pero su presencia seguía siendo tan imponente que me obligó a retroceder un paso.
—¿Quién es Katerina, Nikolai? ¿Es ella la que te espera donde siempre mientras tú juegas a ser mi salvador? —le espeté, mi voz temblando por la humillación, mientras las lágrimas finalmente rodaban por mis mejillas.
Él no respondió de inmediato, se limitó a caminar hacia el escritorio con una parsimonia exasperante, ignorando el dolor que cada movimiento debía causarle en la espalda. Tomó la carta con su mano derecha, la leyó por encima y luego me miró con una expresión que no pude descifrar, no era culpa, ni vergüenza, era algo parecido a una decepción profunda.
—No deberías tocar lo que no te pertenece, Alessandra, en este mundo, la curiosidad suele terminar con una soga al cuello —dijo, dejando la carta a un lado como si fuera basura.
—¡No me hables de pertenencias! —grité, golpeando el escritorio con el puño— me vendieron a ti como un animal, me dijiste que me querías desde que era una niña, me dejaste curar tus heridas y me besaste... ¡Y todo el tiempo tenías a esta mujer esperándote! ¡Eres un mentiroso y un monstruo, igual que mi hermano!
Nikolai se acercó a mí, tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar, me acorraló contra la estantería de libros, su cuerpo cálido presionando el mío a pesar de su herida. Su aliento, que olía a café amargo y tabaco, rozó mi rostro mientras sus ojos se clavaban en los míos con una intensidad que me hizo querer desaparecer.
—Crees que lo sabes todo porque has leído cuatro palabras en un papel, crees que soy tan predecible como los hombres de tu padre —susurró, su voz bajando a un tono peligroso que me hizo temblar— Katerina no es mi amante Alessandra, y si hubieras tenido la decencia de preguntar antes de juzgar, te habrías ahorrado este ridículo drama italiano.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué te escribe así? ¿Por qué te llama su rey? —le desafié, intentando empujarlo, pero él era una roca, incluso herido.
—Katerina es la viuda de mi hermano mayor, el que murió protegiéndome de mi propio padre cuando yo no era más que un niño con la espalda llena de cicatrices frescas —soltó él, y por un momento vi un destello de dolor genuino en su mirada— Ella perdió la cordura el día que él murió, vive en un sanatorio privado a las afueras de la ciudad y cree que yo soy él, me escribe esas cartas todas las semanas y yo las guardo porque es lo único que queda de la lealtad en mi familia.
Me quedé paralizada, el aire se volvió pesado en mis pulmones y la rabia que me consumía se transformó en una vergüenza abrasadora. Miré la carta de nuevo, las palabras que antes parecían una traición ahora se revelaban como los delirios de una mujer rota, buscando a un hombre que ya no existía en el único rostro que se le parecía.
—Yo... yo no sabía —balbuceé, bajando la mirada, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
—Ese es tu problema Alessandra, siempre asumes lo peor de mí porque es más fácil odiar a un monstruo que aceptar que quizás, solo quizás, el hombre que tienes delante está haciendo lo imposible por mantenerte viva —dijo Nikolai, alejándose de mí con un gesto de cansancio que me dolió más que cualquier grito.
Se sentó en su silla de cuero, cerrando los ojos por un momento mientras se llevaba la mano a la sien. El silencio en el despacho era insoportable, cargado de un malentendido que había levantado un muro de hielo entre nosotros justo cuando empezábamos a derretirlo. Me sentí pequeña, insignificante, una niña jugando a ser reina en un tablero donde las reglas se escribían con sangre y secretos familiares.
—Lo siento, Nikolai —susurré, acercándome a él con pasos vacilantes, queriendo tocar su hombro, pero temiendo su rechazo.
—No sientas nada Alessandra, los sentimientos nublan el juicio, y ahora mismo necesito que tu juicio esté más afilado que nunca —respondió él sin abrir los ojos— Lorenzo ha enviado un mensaje, cree que el atentado tuvo éxito y está pidiendo una confirmación de mi muerte a sus contactos en la Bratva, quiere que mi imperio caiga para reclamar lo que es suyo.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté, olvidando por un momento la carta y mi propia humillación.
—Voy a dejar que lo crea durante unas horas, voy a dejar que se confíe, pero mientras tanto, tú tienes que desaparecer —sentenció, abriendo los ojos para clavarlos en mí— mañana te enviaré a un refugio en las montañas, estarás sola con un par de mis hombres de confianza, no puedes estar en esta mansión si Iván decide que es el momento de un golpe de Estado.
—No quiero irme, quiero quedarme contigo —dije, y para mi sorpresa, lo decía en serio. La idea de estar lejos de él, de volver a estar sola frente al peligro de mi hermano, me aterraba.
Nikolai se levantó con dificultad, caminó hacia mí y, con una suavidad que me desarmó por completo, tomó mi rostro entre sus manos. Sus dedos, fríos por el invierno ruso pero firmes, acariciaron mis mejillas secando el rastro de mis lágrimas.
—Si te quedas aquí y yo fallo, Lorenzo te tendrá en un pedestal antes de cortarte el cuello —susurró, su rostro a milímetros del mío— tienes que irte para que yo pueda pelear sin miedo a que te usen como moneda de cambio, ¿entiendes? Eres mi única debilidad Alessandra, y no puedo permitirme tener debilidades en Moscú ahora mismo.
Me besó, pero esta vez no fue un beso de respeto, fue un beso desesperado, amargo y cargado de una posesividad que me hizo entender que, para bien o para mal, mi destino estaba sellado al suyo. Me aferré a su chaqueta, sintiendo el latido de su corazón contra el mío, mientras el malentendido de la carta se disolvía en la urgencia de una guerra que apenas estaba empezando.
—Vete a descansar, prepara una bolsa pequeña, saldrás antes del alba —me ordenó, rompiendo el contacto con una brusquedad que me dejó sin aliento.
Salí del despacho en trance, caminando por los pasillos oscuros de la mansión, mi mente volaba hacia Katerina, hacia el hermano muerto de Nikolai y hacia las cartas que guardaba por lealtad. ¿Cuántas capas más tenía este hombre? ¿Cuántos secretos más escondía bajo su armadura de hierro?
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con llave y me senté en la cama, mirando hacia la ventana. La nieve seguía cayendo, cubriendo el mundo con un manto de silencio, pero yo sabía que bajo esa calma se estaba gestando una tormenta de traición y sangre. Mañana estaría en las montañas, lejos de Nikolai, lejos de la única persona que, a pesar de sus sombras, se había convertido en mi centro.
¿Y si no volvía a verlo? ¿Y si Iván o Lorenzo lograban su objetivo? la angustia se clavó en mi garganta mientras empezaba a guardar lo poco que sentía como mío en una maleta de cuero. La carta de Katerina había sido un error, pero me había revelado la verdad más profunda de todas: Nikolai Petrov no solo me protegía del mundo, me protegía de sí mismo y de un pasado que todavía sangraba.
¿Podría sobrevivir sola en las montañas mientras mi esposo libraba una guerra por ambos? El sonido de un motor arrancando en el patio me puso en alerta. ¿Ya era hora de irse o alguien acababa de llegar sin invitación?







