La costa de Calabria apareció ante nosotros como un lomo de animal prehistórico, oscuro y amenazante bajo la bruma del amanecer, el aire olía a pino, a tierra mojada y a ese aroma metálico que solo precede a la muerte a gran escala, me encontraba en la proa del yate, sintiendo el rocío salado en mi rostro mientras ajustaba las correas de mi chaleco táctico, Nikolai estaba a mi lado, revisando su fusil con una parsimonia que solo los hombres que han hecho las paces con su propio fin pueden permitirse, no era el hombre herido de San Petersburgo, ni el Don arrogante que me compró en Sicilia, era mi igual, mi sombra y mi verdugo, un ser forjado en el mismo fuego que ahora consumía mis entrañas.
—Este es el corazón de la bestia, Alessandra, si cruzamos esa línea de árboles, no habrá mediadores turcos ni territorio neutral que valga —dijo Nikolai, su voz siendo un susurro ronco que el viento se llevaba hacia los acantilados— Lorenzo ha reunido a los clanes que quedan, están atrincherados e