Mundo ficciónIniciar sesiónEn un futuro donde la tecnología y la naturaleza se han fusionado para salvar a un planeta al borde del colapso, la Dra. Elena Blackwood y Alexander Volk lideran la última resistencia de la humanidad. Tras años de guerra contra corporaciones despiadadas, ahora deben proteger la Red de Vida, una conexión mística y biológica que vincula a la Tierra con una nueva generación de seres humanos. A medida que antiguas amenazas resurgen de las sombras y nuevos desafíos llegan desde el espacio exterior, la familia Blackwood-Volk se enfrenta a su prueba definitiva: demostrar que la evolución no se trata de poder, sino de armonía
Leer másEl zumbido del aire acondicionado en el piso setenta y dos me estaba taladrando los oídos. Siempre odié este despacho. Huele a ese perfume de Alexander, una mezcla de sándalo y poder que se te pega en la garganta y no te deja respirar. Me alisé la falda del vestido perla, una prenda que ahora me parecía un disfraz de payaso. Tres años siendo la esposa perfecta, la sombra que caminaba de puntillas para no molestar al gran Alfa lisiado, y todo se reducía a un montón de papeles con olor a tinta fresca sobre su escritorio de roble.
Alexander estaba de espaldas, como siempre, mirando por el ventanal hacia una ciudad que creía poseer. Su silla de ruedas de fibra de carbono brillaba bajo las luces led, fría y eficiente.
—Firma de una vez, Elena —soltó. Su voz no tenía rastro de duda, solo ese tono de quien ordena un café en un autoservicio— No lo hagas más dramático de lo que ya es.
Sentí una punzada de calor en la nuca, pero no era tristeza. Era una rabia vieja y oxidada que finalmente se quebraba. Miré los papeles: Convenio de Divorcio. Ni siquiera me daba una pensión digna después de haberle limpiado los vómitos y haberle rehabilitado los músculos cada maldita noche.
— ¿Es por Chloe, verdad? —pregunté. Mi voz salió más rasposa de lo que quería. Me aclaré la garganta, negándome a sonar como una víctima.
Él giró la silla. Sus ojos estaban nublados por esa membrana blanquecina que yo misma había ayudado a tratar, pero su mirada seguía siendo una prensa hidráulica. Me estudiaba, aunque técnicamente no pudiera verme.
—Chloe está embarazada —dijo, y vi cómo sus labios se curvaban en una sombra de orgullo que nunca tuvo para mí— Ella sí puede darme un heredero. No voy a criar a un Volk bajo el mismo techo que una mujer estéril. No es personal, Elena. Es genética. Es el legado de la manada.
Vientre seco, genética. Las palabras de Alexander eran como escupitajos. Me toqué el bolso, sintiendo el borde del sobre donde guardaba mi propia verdad. Chloe no estaba embarazada; la muy cínica se había ligado las trompas hacía años para no arruinar su carrera de modelo, algo que descubrí hackeando su historial clínico mientras Alexander dormía. Y lo más irónico: yo llevaba dos semanas aguantando las náuseas matutinas de un embarazo doble que él, en su arrogancia, creía imposible.
—Entiendo —dije, y por primera vez en años, le sonreí de verdad. Una sonrisa que le hizo fruncir el ceño— Es sobre el legado, siempre ha sido sobre eso.
Caminé hacia el escritorio. Mis tacones golpeaban el mármol con un sonido seco, casi agresivo. Tomé la pluma, sintiendo el peso del oro en mis dedos, y garabateé mi nombre. Fue el orgasmo más intenso de mi vida. Ver mi firma ahí, liberándome de este tipo, fue mejor que cualquier noche que pasamos juntos.
—Ya está —le dije, arrojando la pluma sobre los papeles. Rodó hasta el suelo, pero no me molesté en recogerla— Pero antes de irme a recoger mis trapos, como dice tu madre, tienes que saber algo, Alexander. Porque yo no soy tan ciega como tú.
Él ladeó la cabeza, su instinto de lobo detectando que el ambiente en la habitación acababa de volverse eléctrico.
— ¿Qué quieres decir?
—Ese tónico suizo que te inyectaba cada noche... —Me incliné sobre él, lo suficiente para ver el poro de su piel, para que mi aliento le rozara la oreja— No venía de los Alpes. Lo sintetizaba yo en el laboratorio de la cocina mientras tú te quejabas de que la sopa estaba fría. Soy la única que sabe la combinación exacta de péptidos para que tus nervios no se colapsen.
Vi cómo su mandíbula se tensaba. Sus dedos apretaron los apoyabrazos de la silla hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Estás delirando —masculló, pero había un rastro de duda en su voz.
—Pruébame. En cuarenta y ocho horas, tus piernas dejarán de sentir el calor. En setenta y dos, la oscuridad de tus ojos será total otra vez. Y Chloe... —solté una carcajada seca, casi cruel— Chloe no sabe distinguir una aspirina de un supositorio. Disfruta de tu heredero, Alfa. Yo ya estoy fuera de contrato.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta sin mirar atrás. En el pasillo, el aire estaba más pesado. Me cruzo con ella: Chloe. Venía caminando como si fuera la dueña del edificio, con un vestido rojo que gritaba mírame y una expresión de triunfo que me dio ganas de vomitar.
—Vaya, si es la ex —soltó con una vocecita chillona— ¿Ya te dieron tu cheque de liquidación o vas a necesitar que te pague el taxi?
La miré directo a los ojos. No con odio, sino con una piedad absoluta que pareció descolocarla.
—Quédate con él, Chloe. Quédate con el trono y con el hombre roto. Pero un consejo: aprende a usar una silla de ruedas, porque vas a tener que empujarlo por el resto de tu vida.
No esperé a que respondiera. Bajé por el ascensor privado, sintiendo cómo la presión en mis oídos cambiaba. Saqué mi segundo teléfono, el de fibra de carbono que nadie conocía, y marqué un número que tenía grabado a fuego.
—Es hora —dije en cuanto contestaron— Activa el protocolo de vaciado. No quiero que Industrias Volk tenga ni para pagar la luz mañana por la mañana. Y avisa a la junta de Blackwood Corp. La verdadera heredera regresa a casa.
Salí a la calle y el frío de la ciudad me golpeó como una bendición. Un coche negro me esperaba. Al subir, me toqué el vientre. Todavía estaba plano, pero sentía un fuego dentro que no tenía nada que ver con la biología.
—Señora, ¿a dónde vamos? —preguntó el chófer.
—Al hotel más caro de la ciudad —respondí, mirando por la ventana cómo la torre de Alexander se hacía pequeña— Tengo un imperio que reclamar y dos cachorros que no van a conocer lo que es pedir permiso para existir.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de Alexander.
"Elena, vuelve. No puedo sentir los pies. ¿Qué demonios me has hecho?"
Bloqueé el número con una sonrisa cínica. La caza acaba de empezar, y él ni siquiera se ha dado cuenta de que ya no tiene colmillos.
La biblioteca de la mansión en Maine se había convertido, por necesidad, en el epicentro de nuestra nueva realidad, el aire allí olía a papel viejo, cera de abejas y al aroma penetrante del café que Aiden preparaba a ráfagas. Me encontraba sentada tras el escritorio de caoba maciza, observando cómo la luz del atardecer se filtraba por las vidrieras, proyectando patrones geométricos sobre las alfombras persas.Llevaba puesto un pantalón sastre de lana negra y una camisa de seda color burdeos, con los puños remangados, mis manos, apoyadas sobre una serie de expedientes digitales, ya no buscaban el pulso de la Red, sino la solidez de los hechos. Frente a mí, Alexander revisaba una serie de mapas topográficos del perímetro, vestía un jersey de punto grueso color carbón y unos vaqueros oscuros; su presencia era un ancla física en una habitación que se sentía cada vez más cargada de una energía que no podíamos ver, pero que todos sentíamos.—Maya dice que el chico lleva dos horas esperand
El otoño en Maine tiene una forma cruel de recordarte que todo lo que florece debe, eventualmente, morir o transformarse. Esa mañana, la niebla era tan espesa que parecía haber borrado el océano del mapa, dejando nuestra casa flotando en un vacío blanco y silencioso.Me encontraba en el solárium, una habitación que Alexander había reformado para mí el año pasado, es un espacio de cristal y hierro forjado, lleno de helechos que cuelgan del techo y alfombras de lana persa que amortiguan el eco de mis pasos. Llevaba puesto un pantalón de seda negro y una blusa de lino color marfil, de cuello alto, que ocultaba la pequeña cicatriz en la base de mi cuello donde una vez el puerto de enlace neural intentó echar raíces. En mi regazo descansaba una tableta de datos que Aiden me había entregado esa misma mañana, no era tecnología de Luna Corp; era algo nuevo, orgánico, que respondía al calor de mi piel.—Elena, ya está aquí —la voz de Alexander me sacó de mi ensimismamiento.Él estaba apoyad
Diez años, Dicen que en una década el cuerpo humano renueva casi todas sus células, si eso es cierto, ya no queda ni un solo átomo en mí de la mujer que descendió al abismo de las Marianas. Sin embargo, hay cicatrices que no se rinden a la biología.Me encontraba en el balcón de la biblioteca de nuestra casa en Maine, ya no es una casa de guerra, ni una estación de investigación, es un hogar. El viento del Atlántico traía consigo el aroma del otoño, una mezcla de salitre, madera quemada y tierra húmeda. Llevaba puesto un vestido largo de lana fina en color gris humo y un cárdigan de cachemira que me envolvía los hombros. Mis manos, que antes sostenían el destino del mundo, ahora sostenían un libro de poemas antiguos que Selene me había regalado, mis dedos, ya libres de la tensión de los sensores, pasaban las páginas con una calma que me seguía pareciendo un milagro.El sol se ponía sobre el horizonte, tiñendo el mar de un color cobre que me recordaba al resplandor del portal que sel
El descenso a través de la columna de agua se sentía como una caída libre hacia el olvido, a medida que la luz del sol se extinguía sobre nosotros, reemplazada por un azul marino denso que pronto se tornó en una negrura absoluta, el silencio del océano se filtró incluso a través del casco de mi traje de inmersión. Ya no escuchaba el oleaje de Maine, ni el viento golpeando los acantilados, solo escuchaba mi propia respiración, un eco rítmico y confinado, y el siseo suave de los servos de mi armadura ajustándose a la presión externa.Llevaba puesto el prototipo Neumática que Aiden había diseñado, era una obra maestra de ingeniería: una aleación de titanio y polímeros sintéticos que se sentía extrañamente ligera, a pesar de estar soportando toneladas de presión por centímetro cuadrado. El interior del traje estaba forrado con una capa de gel térmico que mantenía mi temperatura corporal estable frente al frío abisal. En mi brazo derecho, una pantalla de cristal líquido me mostraba los ni
Dos años, veinticuatro meses de una paz que, al principio, se sentía como una tregua frágil y que ahora, por fin, se ha convertido en mi piel.Me encontraba en la terraza acristalada de nuestra nueva residencia en Maine, una casa construida con madera de deriva y piedra local que mira directamente al Atlántico, El frío de las Adirondacks quedó atrás, sustituido por el olor a salitre y el rugido rítmico de las olas golpeando los acantilados. Llevaba puesto un jersey de punto grueso en color crema, de esos que te envuelven como un abrazo, y unos pantalones de lino oscuro. Mis manos, que una vez sostuvieron fragmentos de poder divino y armas de alta tecnología, ahora sostenían una taza de cerámica caliente con té de jazmín, mis dedos ya no tiemblan; las cicatrices de la Cresta Blanca se han desvanecido hasta ser apenas hilos plateados que solo yo noto bajo la luz del sol.Alexander apareció tras de mí, no lo escuché llegar —sus pasos siguen siendo los de un depredador— pero sentí el ca
El estuche de transporte de alta seguridad pesaba más de lo que sus dimensiones sugerían, no era un peso físico, era la gravedad moral de llevar el fantasma de mi padre encerrado en una matriz de cuarzo y grafeno. Sentada en el asiento trasero del todoterreno blindado, observaba cómo los pinos de las Adirondacks desfilaban como centinelas sombríos a través del cristal reforzado, el invierno se negaba a morir; una cellisca fina golpeaba el vehículo, creando un sonido metálico que erizaba los vellos de mis brazos.Llevaba puesto mi traje de expedición de alta montaña: una chaqueta técnica de color azul medianoche con refuerzos de aramida y unos pantalones de combate térmicos. Mis botas estaban ajustadas hasta el último ojal, listas para el terreno traicionero que rodeaba la cima de la Cresta Blanca. En mi cuello, el colgante de la Luna Negra se sentía frío, un recordatorio de que, aunque la Red estaba apagada, el legado de mi sangre seguía latiendo en mi interior.Alexander conducía,





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