El aullido que rasgó el aire no era el de un lobo común. Era un sonido gutural, cargado de una vibración que hizo vibrar los cristales de mi habitación y que se sintió como una descarga eléctrica en la base de mi columna. No era un saludo, ni una advertencia territorial. Era una declaración de caza.
Me incorporé en la cama, con el corazón martilleando contra mis costillas. La oscuridad de la suite era absoluta, rota solo por el parpadeo de la luz roja de la alarma de seguridad en la esquina del techo. El silencio que siguió al aullido fue aún más aterrador; era el silencio de un bosque que contiene la respiración.
—Elena.
La voz de Alexander, baja y alerta, llegó desde el sofá de la estancia contigua. Escuché el crujido del cuero mientras se ponía de pie y el sonido metálico de su arma al ser amartillada. Un segundo después, su silueta se recortó contra el marco de la puerta. Estaba a medio vestir, con los pantalones del traje y la camisa blanca abierta, revelando la tensión de sus