Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl hospital San Judas no olía a muerte, sino a dinero. Era ese aroma aséptico, casi dulce, que solo las clínicas de cinco mil dólares la noche pueden permitirse. Caminé por el pasillo de la unidad de cuidados VIP, y cada paso de mis botas de combate resonaba contra el mármol como un disparo. Me detuve frente al espejo del ascensor para ajustarme la chaqueta de cuero negro. Silas tenía razón: mi rostro había cambiado. Ya no estaba esa palidez sumisa, esa mirada de quien pide permiso para existir. Ahora, mis ojos tenían el frío del acero.
Llevaba un vestido ajustado de punto de seda negro bajo la chaqueta y un collar de diamantes negros que pesaba lo suficiente como para recordarme que ya no era una mendiga. Era una armadura. Me toqué el vientre por encima de la tela. Mis pequeños. Apenas eran un susurro de vida, pero sentía que me daban la fuerza de una legión.
— ¿Estás lista? —Silas apareció a mi lado, moviéndose con esa gracia depredadora que me ponía los pelos de punta. Él vestía un abrigo largo de lana gris oscuro y sus manos, llenas de cicatrices, estaban hundidas en los bolsillos.
—No vine a preguntar si estoy lista, Silas. Vine a cobrar —respondí, y las puertas del ascensor se abrieron.
La habitación 701 era más grande que mi antiguo apartamento. Tenía paredes paneleadas en madera de nogal y una iluminación tenue que intentaba, sin éxito, ocultar la desesperación que emanaba del hombre en la cama.
Alexander estaba allí. No era el Alfa imponente que me había echado de casa hacía menos de veinticuatro horas. Tenía una venda sobre los ojos y varios cables conectados a su torso desnudo, revelando esos músculos de lobo que tantas veces me habían protegido y que, al final, me habían asfixiado. Su respiración era errática, pesada.
— ¿Quién es? —Su voz salió rota, una sombra de su antiguo trueno— ¿Chloe? ¡Chloe, maldita sea, dile al médico que mis piernas no responden! ¡No siento nada!
Me quedé en el umbral, observándolo con una mezcla de náusea y una satisfacción oscura que me asustó un poco. A unos metros, en un sillón de terciopelo, estaba Chloe. Su vestido rojo del día anterior estaba arrugado, y su maquillaje se había corrido, dándole un aspecto de muñeca rota. Al verme, se puso de pie de un salto, sus uñas postizas enterrándose en su bolso de diseñador.
— ¿Tú? —chilló, pero su voz murió cuando vio a Silas entrar detrás de mí— ¿Qué haces aquí, Elena? Alexander dio órdenes de que no te dejaran acercarte a menos de un kilómetro. ¡Seguridad!
—Seguridad está tomando un café pagado por mi empresa, Chloe —dije, caminando hacia el pie de la cama con una parsimonia que la hizo retroceder— Y Alexander ya no da órdenes aquí. El hospital acaba de recibir una notificación: su seguro ha sido cancelado porque la cuenta corporativa de los Volk está bloqueada.
Alexander se tensó en la cama. Sus manos buscaron desesperadamente el aire hasta que encontraron la barandilla de metal.
— ¿Elena? —Su voz era un susurro de horror— ¿Eres tú?
—Soy yo, Alexander. La mujer estéril, la huérfana sin nombre, la que te curaba mientras tú soñabas con otra —me acerqué a su oído, ignorando el olor a sudor y pánico que desprendía— ¿Cómo se siente la oscuridad? ¿Es tan fría como la habitación donde me dejabas esperando cada noche?
— ¡Hija de puta! —Gritó Alexander, intentando incorporarse, pero sus músculos fallaron y cayó pesadamente sobre las almohadas— ¿Qué me hiciste? ¡El médico dice que es un colapso neuroquímico! ¡Dales la fórmula! ¡Te daré lo que quieras, dinero, la mansión...!
—Ya tengo tu dinero, Alexander. Y la mansión entró en proceso de embargo hace dos horas por los préstamos impagados que tu hermano Leo firmó usando tu sello —mentí un poco, o más bien, omití que yo había provocado que Leo firmara esos papeles— No busco un trato, busco verte caer.
Chloe se lanzó hacia mí, con la mano levantada para darme una bofetada.
— ¡Tú lo estás matando! ¡Él es el padre de mi hijo!
La detuve en el aire. Mi agarre en su muñeca fue tan fuerte que escuché el crujir de sus huesos. La miré fijo, con una rabia que llevaba tres años contenida.
—Tu hijo no existe, Chloe —le solté, y vi cómo sus pupilas se dilataban por el terror— Sé lo de tu cirugía en la clínica de estética de Suiza. Sé que este embarazo es una farsa para quedarte con las acciones de la manada. Si no te largas de este hospital en los próximos sesenta segundos, le entregaré a Alexander y a la prensa las fotos de tu ligadura de trompas y los recibos de los pagos que le hiciste al médico para falsificar la ecografía.
Chloe palideció. Miró a Alexander, que estaba jadeando en la cama, y luego a Silas, que le sonreía como un tiburón que ha olido sangre. Sin decir una palabra, agarró su bolso y salió de la habitación casi corriendo. Sus tacones se alejaron por el pasillo, dejando un rastro de perfume barato y cobardía.
— ¿Chloe? —Alexander llamó, girando la cabeza hacia donde ella estaba— ¿Chloe, a dónde vas? ¡No la escuches! ¡Elena miente!
—Ella no miente, Alexander —dijo Silas, hablando por primera vez desde el rincón de la sombra— Tu mate te ha dejado tirado en cuanto el barco empezó a hundirse. Típico de las ratas.
— ¿Silas? —Alexander reconoció la voz de mi primo y su rostro se transformó en una máscara de pura furia— ¿Tú también? ¡Mi propia sangre!
—La sangre de Elena es más pura que la tuya, Alex —Silas caminó hacia la cama y le puso una mano en el hombro, no con afecto, sino con una presión dominante— Ella es una Blackwood. Tú solo eres un Volk que se creyó demasiado importante por tener una silla de ruedas cara.
Me acerqué a la mesita de noche. Saqué un pequeño frasco azul de mi bolso y lo puse sobre el mármol con un golpe seco. Alexander, aunque ciego, pareció sentir la presencia del objeto. Su respiración se detuvo.
—Aquí tienes tu medicina, Alexander —dije, mi voz ahora era gélida— Es la última dosis que existe en este continente. La creé yo, con mis manos, con mi intelecto, mientras tú me llamabas inútil.
—Dámela... por favor —suplicó. El gran Alfa estaba suplicando. Se arrastró por la cama hacia el sonido de mi voz— Elena, perdóname. Estaba confundido, Chloe me manipuló... por favor, necesito caminar. Tengo que salvar la empresa.
Sentí una punzada de algo que podría haber sido lástima hace un año, pero ahora solo era desprecio. Me incliné sobre él, sintiendo el calor de su cuerpo.
—Te la daré —susurré— Pero el precio ha cambiado. Ya no quiero el divorcio, Alexander.
Él se quedó inmóvil.
— ¿Qué?
—He cancelado los papeles que firmé ayer. Técnicamente, seguimos casados. Pero ahora, yo soy la tutora legal de todos tus bienes debido a tu incapacidad física y mental. He presentado los informes médicos de tu colapso. Todo lo que posees, desde este hospital hasta el último centavo de tu cuenta personal, está bajo mi control.
— ¡Nunca! —rugió él— ¡Prefiero morir!
—Morir es fácil, Alexander. Vivir siendo nada es lo difícil —tomé el frasco y lo guardé de nuevo en mi bolso— Tienes veinticuatro horas para decidir. O firmas el traspaso total de los derechos de la manada a mi nombre, o te quedas en esa cama, ciego y paralítico, viendo cómo yo reconstruyo tu imperio a mi imagen y semejanza.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta. Silas me siguió, pero antes de salir, se detuvo y miró a Alexander.
—Un consejo, primo. Elena no es la mujer que conociste. Si intentas morderla ahora, te arrancará los dientes antes de que cierres la mandíbula.
Salimos al pasillo. El aire se sentía más ligero, pero mi corazón latía con una fuerza dolorosa. Al llegar al ascensor, me apoyé contra la pared de acero frío. Mis manos empezaron a temblar.
—Lo hiciste bien, Elena —dijo Silas, poniéndome una mano en el hombro. Su tacto era cálido, demasiado cálido— Pero Alexander es un lobo acorralado. Y los lobos acorralados son los más peligrosos.
—No me asusta su mordida, Silas —dije, mirándolo a los ojos— Me asusta que, a pesar de todo, una parte de mí todavía quería que él me detuviera cuando salí de esa oficina ayer.
Silas se acercó más, invadiendo mi espacio personal. Su aroma a tabaco y lluvia era muy distinto al de Alexander.
—Esa parte morirá de hambre, Elena. Porque a partir de hoy, tú eres la que caza.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, una horda de periodistas nos rodeó. Las luces de los flashes eran como ráfagas de ametralladora. "¡Señora Volk! ¿Es cierto que su marido está en coma?", "¡Elena, se rumorea que Industrias Volk ha quebrado!", "¿Qué hay de los rumores de su embarazo?".
Mantuve la cabeza alta. Me puse mis gafas de sol de Chanel, ocultando mis ojos, pero no mi sonrisa.
—Mi marido está descansando —dije con voz clara, proyectando la autoridad que había heredado de los Blackwood— Y en cuanto a Industrias Volk... ya no existe. A partir de mañana, todo el holding operará bajo el nombre de Luna Corp.
Caminamos hacia el coche bajo la lluvia que empezaba a caer. Mientras Marcus abría la puerta, vi un coche negro estacionado al otro lado de la calle. Los cristales estaban tintados, pero por un momento, juré que vi un par de ojos amarillos observándome desde la oscuridad.
No era Alexander. Era alguien más. Alguien que sabía mi secreto.
—Vámonos, Marcus —dije, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima— Tenemos una junta que presidir.
Mientras el coche se alejaba, saqué mi teléfono. Tenía un mensaje nuevo de un número desconocido: "Bonito collar, Elena. Pero los diamantes no pueden ocultar el olor de dos cachorros Alfa. Nos vemos en la Luna Roja".
Apreté el teléfono contra mi pecho. La guerra no solo era financiera. Era por la supervivencia de mi especie. Y por primera vez, sentí que Alexander no era mi mayor enemigo, sino que quizás, muy a mi pesar, iba a ser mi único aliado contra lo que venía.







