CAPITULO 9

El olor a desinfectante del hospital de la mansión se mezclaba con el aroma a sangre seca de Alexander y el dulce y enfermizo tufo a acónito que Leo aún desprendía. La sala de enfermería, que antes era una habitación decorativa para curar resfriados, ahora parecía un búnker de guerra. Las paredes de madera oscura estaban cubiertas de monitores médicos que pitaban suavemente, y un equipo de élite de Blackwood montaba guardia en la puerta, con sus armas tan pulcras como sus uniformes.

​Me acerqué a la cama donde Leo yacía inconsciente, Mi hermano. Su rostro estaba hinchado y amoratado, y una vía intravenosa goteaba suero en su brazo. Llevaba una simple bata de hospital, revelando los moratones que cubrían su torso delgado. Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de rabia y una punzada de dolor. Él me había traicionado, me había vendido a Alexander, y ahora, a Julian. Pero seguía siendo mi única familia biológica.

​—Estable, por ahora —dijo Alexander, entrando en la sala. Su voz sonaba
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