El aire en la Academia de Maine se había vuelto gélido, pero no era por el invierno que azotaba la costa. Era una frialdad distinta, una que nacía del miedo contenido y de la incertidumbre, me encontraba en el puente de mando de la Estación de Escucha, una estructura circular de cristal y acero que habíamos construido sobre los acantilados más altos. Desde aquí, el océano Atlántico parecía una sábana de plomo bajo el cielo gris.
Llevaba puesto un traje de vuelo técnico en color azul cobalto, fabricado con una aleación de fibras que ayudaba a estabilizar mi sistema nervioso frente a las interferencias externas. Sobre los hombros, una capa de lana gruesa me protegía del aire filtrado, y mis botas magnéticas hacían un clic metálico rítmico contra el suelo de rejilla. El mechón blanco de mi sien ya no palpitaba; estaba rígido, emitiendo una luz fría y constante, como si fuera una brújula apuntando hacia arriba, hacia lo que acechaba en el vacío.
—El primer paciente de la enfermería acab