Había algo en el silencio de esa madrugada que no me dejaba dormir, no era el silencio de la paz, sino esa quietud antinatural que precede a un terremoto o a una ruptura en el tejido de la realidad, me levanté de la cama intentando no despertar a Alexander, cuyas facciones se relajaban solo cuando el sueño lo vencía, aunque sus dedos todavía se cerraban en un puño inconsciente sobre las sábanas de lino oscuro.
Caminé descalza por el pasillo de madera crujiente de la mansión, llevaba puesto un camisón de seda negra y una bata de terciopelo azul noche que me arrastraba ligeramente por los talones, al pasar frente a un espejo de pasillo, me detuve. El mechón blanco de mi sien ya no emitía ese brillo azul zafiro constante; ahora parpadeaba, era un pulso errático, como una señal de radio que intenta sintonizar una emisora lejana, un frío metálico me recorrió la nuca, la advertencia del Estratega en el Mojave no era el delirio de una máquina moribunda.
Llegué a la cocina, una habitación q