CAPITULO 49

Había algo en el silencio de esa madrugada que no me dejaba dormir, no era el silencio de la paz, sino esa quietud antinatural que precede a un terremoto o a una ruptura en el tejido de la realidad, me levanté de la cama intentando no despertar a Alexander, cuyas facciones se relajaban solo cuando el sueño lo vencía, aunque sus dedos todavía se cerraban en un puño inconsciente sobre las sábanas de lino oscuro.

​Caminé descalza por el pasillo de madera crujiente de la mansión, llevaba puesto un
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