Había algo en el silencio de esa madrugada que no me dejaba dormir, no era el silencio de la paz, sino esa quietud antinatural que precede a un terremoto o a una ruptura en el tejido de la realidad, me levanté de la cama intentando no despertar a Alexander, cuyas facciones se relajaban solo cuando el sueño lo vencía, aunque sus dedos todavía se cerraban en un puño inconsciente sobre las sábanas de lino oscuro.
Caminé descalza por el pasillo de madera crujiente de la mansión, llevaba puesto un