CAPITULO 6

La primera noche que pasé en la mansión siendo la dueña absoluta fue la más fría de mi vida. No era el clima de finales de noviembre, ni la humedad que se filtraba por los ventanales de la suite principal; era el peso del silencio. Dormir en esta cama inmensa, con sábanas de seda negra que ahora se sentían como una armadura fría, me recordaba que el poder es una habitación vacía donde el eco de tus propias dudas no te deja descansar.

​Me desperté antes de que el sol lograra romper la niebla que cubría el bosque trasero. Mis manos buscaron instintivamente el otro lado de la cama, pero solo encontraron el vacío. Un vacío que yo misma había provocado al mandar a Alexander al ala norte. Una punzada de náusea me recordó que mis gemelos también estaban despiertos, demandando su parte de mi energía antes de que yo tuviera fuerzas para ponerme de pie.

​—Vamos, Elena. Un día a la vez —susurré, obligándome a salir de las sábanas.

​Para mi primer día oficial en Luna Corp, elegí un vestido de lana gris antracita que se ajustaba a mis curvas de una manera que antes me habría avergonzado. Tenía un cuello alto y mangas largas, pero el corte era impecable, agresivo. Me puse unos tacones de aguja negros que me hacían sentir dos centímetros más alta de lo que Alexander recordaba. Si iba a gobernar a los lobos, tenía que verme como si pudiera degollar a uno sin despeinarme.

​Bajé las escaleras y el olor a café recién hecho y tocino inundó mis sentidos, revolviéndome el estómago. En el comedor de gala, Alexander ya estaba sentado. Llevaba una camisa blanca impecable con los primeros botones desabrochados y unos pantalones de traje negros. Su cabello estaba algo húmedo, y aunque su rostro todavía mostraba los estragos del hospital, la medicina estaba haciendo milagros. Su piel tenía ese brillo saludable de nuevo, y sus ojos ámbar seguían cada uno de mis movimientos con una intensidad que me quemaba la piel.

​—Llegas tarde —dijo, sin levantar la vista de su tableta. Su voz había recuperado ese tono barítono que solía hacerme temblar— Tenemos tres informes de seguridad de los límites del sector sur y un desplome del cuatro por ciento en las acciones de apertura.

​Me senté en la cabecera, la que solía ser su silla, y lo miré con desdén.

​—No eres mi jefe de estrategia, Alexander. Eres un asesor en periodo de prueba. Come tu tostada y cállate —respondí, mientras Martha me servía un té de jengibre para las náuseas.

​—Silas no sabe lo que hace con el perímetro —continuó él, ignorando mi insulto. Dejó la tableta sobre la mesa de caoba con un golpe seco— Ha puesto guardias humanos con rifles de alta precisión. Eso está bien para los ladrones, pero no para los Hermanos de Sangre. Necesitamos patrullas en los árboles. Necesitamos marcar el territorio.

​—Silas es mi sangre, Alexander. Tú eres solo el hombre que me llamó estéril hace dos días. Mi confianza tiene un precio que aún no has empezado a pagar.

​Alexander se levantó de la silla. Caminó hacia mí con esa gracia letal que solo un Alfa recuperado posee. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo mi espacio personal hasta que pude oler el jabón de pino y el aroma metálico de su propia naturaleza.

​— ¿Quieres cobrarme? —Susurró, y por un segundo vi un destello de deseo salvaje en sus ojos— Hazlo, quítame el apellido, quítame la empresa, pero no juegues con la vida de esos cachorros. Siento sus latidos desde aquí, Elena. Son fuertes. Y están asustados porque su madre está demasiado ocupada siendo una reina de hielo como para darse cuenta de que la están vigilando.

​Sentí un escalofrío. Antes de que pudiera responder, Silas entró en el comedor. Su rostro estaba más pálido de lo habitual y llevaba el teléfono en la mano.

​—Elena, tenemos un problema en la sede de la ciudad —dijo, lanzando una mirada de odio a Alexander— Alguien ha colgado una cabeza de lobo tallada en piedra en la entrada principal. Está bañada en sangre de buey. Es un aviso formal.

​Me puse de pie de un salto, ignorando el mareo súbito.

​— ¿Cuándo?

​—Hace veinte minutos. Las cámaras se apagaron justo antes. Fue un trabajo profesional —Silas se acercó a mí— No puedes ir a la oficina hoy. Es demasiado arriesgado.

​—Si no voy, habrán ganado —dije, agarrando mi bolso— Alexander, quédate aquí. Silas, prepara el convoy.

​—No —Alexander rodeó la mesa y me agarró del brazo. No fue un agarre violento, pero sí firme— Si vas, yo voy contigo. Conozco los puntos ciegos de ese edificio mejor que nadie. Y si intentan algo, Silas no podrá protegerte de un ataque de energía Alfa. Yo sí.

​Miré a Silas, que apretaba los puños, y luego a Alexander. Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Silas era un estratega humano brillante, pero no entendía la brutalidad mística de los radicales de nuestra especie.

​—Bien —dije, soltándome de su agarre— Pero irás en el tercer coche. Y no abrirás la boca a menos que yo te lo pida.

​El trayecto a la ciudad fue un ejercicio de tensión pura. El convoy de tres SUVs blindados se abría paso por la autopista mientras la lluvia empezaba a golpear los cristales con una violencia inusual. Yo iba en el asiento trasero del segundo coche, con Silas a mi derecha. Alexander iba detrás, custodiado por dos de mis hombres de mayor confianza.

​Al llegar a la torre de Luna Corp, el caos era evidente. Había patrullas de policía y un grupo de curiosos grabando con sus teléfonos. En la entrada de cristal, colgada de una cadena de hierro, estaba la cabeza de piedra. Era grotesca, con los ojos pintados de un rojo brillante que parecía seguirme.

​—No mires —dijo Alexander, que de alguna manera había logrado adelantarse y ahora estaba a mi lado, bloqueando mi vista con su cuerpo— Es solo teatro para asustarte.

​—No me asusta el teatro, Alexander. Me asusta la incompetencia —le respondí, empujándolo a un lado para entrar en el edificio.

​El vestíbulo era una colmena de actividad. Los empleados me miraban con una mezcla de lástima y terror. Subimos al ascensor privado hacia el piso setenta y dos. El silencio dentro de la cabina de cristal era asfixiante. Podía sentir la respiración de Alexander detrás de mí, constante, protectora, irritante.

​Al entrar en mi nueva oficina, me detuve en seco. Alguien había dejado una caja sobre mi escritorio de roble. Era una caja de madera antigua, con el sello de los Blackwood roto.

​— ¡Atrás! —gritó Silas, desenfundando su arma.

​Alexander fue más rápido. Usó su brazo para empujarme hacia la puerta y se acercó a la caja. Olfateó el aire, cerrando los ojos por un segundo.

​—No hay explosivos —dijo con voz grave— Pero no te va a gustar lo que hay dentro.

​Él abrió la tapa. Dentro había dos mantitas de bebé, de seda blanca, manchadas con una sustancia negra que olía a azufre y acónito. Debajo de las mantas, una nota escrita con una caligrafía perfecta: "El linaje impuro no verá la primera luna. Devuelve lo que no es tuyo o el siguiente regalo será de carne".

​Sentí que las piernas se me doblaban. Me apoyé en la pared, tratando de que el aire llegara a mis pulmones. La náusea regresó con una fuerza devastadora.

​—Elena... —Alexander se acercó, y esta vez dejé que me sostuviera. Sus manos eran grandes y cálidas contra mis hombros. Por un momento, olvidé que él era el hombre que me había traicionado— No van a tocarte. Te lo juro por mis ancestros.

​—Son mis hijos, Alexander —susurré, enterrando la cara en su camisa blanca. El olor a pino me dio un segundo de paz en medio de la tormenta— Son solo unos bebés. Ni siquiera han nacido y ya los odian.

​—No los odian a ellos —dijo él, y sentí la vibración de su pecho contra mi mejilla— Odian que hayamos unido los dos linajes más poderosos. Odian que tú seas una Blackwood con mi descendencia. Eres la amenaza más grande que han enfrentado en siglos.

​Me separé de él, recuperando la compostura. Me limpié una lágrima traicionera y lo miré con dureza.

​—Si soy una amenaza, es hora de empezar a actuar como tal. Silas, quiero a todos los empleados de este piso bajo investigación. Alexander, dijiste que sabías cómo patrullar el bosque. Tienes veinticuatro horas para diseñar un plan de defensa para la mansión que incluya a tu manada y a los mercenarios de Silas.

​—Elena, no puedes confiar en su manada —protestó Silas— Siguen siendo leales a él.

​—Su manada ahora es mi manada, Silas. Yo tengo las acciones, yo tengo el territorio y yo tengo a sus herederos —miré a Alexander, que me observaba con una extraña mezcla de orgullo y dolor— Si me traicionas en esto, Alexander, no habrá medicina en el mundo que te salve de lo que te haré.

​—No te traicionaré —respondió él, y por primera vez, su voz sonó sincera— No por la empresa, ni por el dinero, por ellos.

​El resto del día fue un torbellino de auditorías financieras y reuniones de seguridad. Mientras afuera el mundo creía que Luna Corp estaba en crisis, dentro yo estaba moviendo las piezas de un tablero que Alexander ni siquiera entendía. Descubrí que Chloe no solo había robado dinero, sino que había estado vendiendo información confidencial a una empresa competidora llamada Cresta de Plata, que casualmente tenía vínculos con los radicales.

​Al caer la noche, regresamos a la mansión. El edificio estaba rodeado de nuevas patrullas. Alexander pasó horas en el estudio con Silas, discutiendo sobre perímetros y frecuencias de radio. Yo me retiré a mi habitación, agotada.

​Me quité los tacones y el vestido gris, quedándome solo en mi ropa interior de seda. Me miré en el espejo de cuerpo entero. Mi vientre estaba un poco más hinchado que por la mañana. Pasé la mano por la piel suave, sintiendo una conexión eléctrica.

​—Mamá los va a proteger —susurré.

​De repente, un ruido en el balcón me hizo girar. La puerta de cristal se deslizó y Alexander entró. Tenía la camisa manchada de sudor y los ojos brillantes de adrenalina.

​— ¿Qué haces aquí? —pregunté, cubriéndome instintivamente con una bata de seda azul.

​—He terminado el plan —dijo, acercándose— Pero hay algo que no pude decir delante de Silas.

​— ¿Qué?

​—Los Hermanos de Sangre no son el único peligro. He detectado un rastro en los registros de la empresa. Alguien ha estado comprando tus deudas personales, Elena. Alguien quiere que entres en quiebra técnica para poder reclamar la custodia de los niños basándose en tu inestabilidad económica.

​— ¿Quién podría hacer eso? He bloqueado todas las cuentas.

​Alexander se detuvo a un paso de mí. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo de lobo.

​—Tu hermano, Leo. No se fue de la ciudad, Elena. Se ha aliado con alguien de la familia Blackwood que te odia tanto como él.

​Me senté en la cama, sintiendo que el mundo giraba de nuevo. Leo. Mi propio hermano, el niño que protegí, ahora intentaba venderme otra vez.

​—No me dejes sola en esto —la frase salió antes de que pudiera filtrarla. Me sentí vulnerable, expuesta.

​Alexander se arrodilló frente a mí, poniendo sus manos sobre las mías.

​—Nunca más volverás a estar sola, Elena. Fui un imbécil, un ciego y un cobarde. Pero ahora veo todo con claridad. Eres mi Reina, y esos niños son mi vida. Si Leo o los radicales quieren llegar a ti, tendrán que pasar por encima de mi cadáver.

​Me quedé mirándolo, debatiéndome entre el deseo de abrazarlo y la necesidad de golpearlo por todo lo que me hizo sufrir. El conflicto en mi pecho era tan real como los latidos de mis hijos.

​—Duerme en el sofá de la sala de estar de la suite —dije finalmente, soltando sus manos— No quiero que estés lejos si pasa algo. Pero no creas que esto significa que te he perdonado.

​Alexander asintió, una chispa de gratitud en sus ojos.

​—Es un comienzo —dijo.

​Mientras él se acomodaba en el sofá de la estancia contigua, yo me acosté en la cama grande. Por primera vez en días, no sentí el frío. Pero justo cuando estaba a punto de quedarme dormida, escuché un aullido lejano que venía del bosque. 

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