Había pasado una semana desde que vimos arder el Ojo de Hera en la atmósfera superior, el silencio que siguió a la destrucción del satélite no fue el vacío que yo esperaba, sino una suerte de murmullo constante y orgánico que vibraba bajo mis pies. La Red de Vida, ahora libre de la interferencia de la Quimera, había dejado de ser una herramienta para convertirse en una entidad con voluntad propia.
Me encontraba en el invernadero de cristal de la planta baja, el lugar donde la luz del sol de Maine se filtraba con una suavidad dorada a pesar del frío exterior, llevaba puesto un pantalón de algodón grueso en color oliva y una túnica de lana de alpaca gris humo que me llegaba a los muslos. Mis pies estaban descalzos; necesitaba sentir el suelo, mis manos marcadas por las cicatrices de la sobrecarga en el satélite, sostenían una taza de té de hierbas que ya se había enfriado, el mechón blanco de mi sien ya no emitía luz, pero se sentía cálido, como una brasa que nunca termina de apagarse.