Nueva York ya no es la capital del mundo, pero sigue siendo su cicatriz más profunda, tras la caída de la Red original de mi padre, la ciudad se convirtió en un laberinto de rascacielos vacíos y acero oxidado, una jungla vertical donde la naturaleza y la tecnología fallida luchan por cada centímetro de asfalto. Me encontraba en la cubierta de asalto del Ícaro, nuestro transporte sigiloso, observando cómo la silueta de Manhattan emergía entre la bruma del amanecer como el esqueleto de un gigante