Nueva York ya no es la capital del mundo, pero sigue siendo su cicatriz más profunda, tras la caída de la Red original de mi padre, la ciudad se convirtió en un laberinto de rascacielos vacíos y acero oxidado, una jungla vertical donde la naturaleza y la tecnología fallida luchan por cada centímetro de asfalto. Me encontraba en la cubierta de asalto del Ícaro, nuestro transporte sigiloso, observando cómo la silueta de Manhattan emergía entre la bruma del amanecer como el esqueleto de un gigante.
Llevaba puesto mi traje de incursión urbana: una malla de polímero negro que se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, capaz de dispersar el calor y anular las firmas de frecuencia latente. Sobre el traje, una chaqueta táctica de cuero reforzado con placas de grafeno y un cinturón multiusos donde descansaban mis inhibidores de fase y un escáner de resonancia. Mi cabello iba trenzado con hilos de cobre para estabilizar mi propia estática, y el mechón blanco de mi sien parecía quemar, puls