El tiempo ha dejado de ser una línea recta para convertirse en un ciclo, una marea que sube y baja siguiendo el ritmo de los Árboles de Cuarzo. Han pasado diez años desde que los Otros dejaron su baliza en la Luna y nos concedieron aquel ciclo de prueba, diez años desde que el mundo dejó de ser una fábrica de humo para convertirse en un jardín de resonancia.
Me encuentro en la terraza superior de la Academia, el lugar donde antes solo había antenas y ahora florece un jardín colgante de glicinias que brillan con una luz azul tenue al anochecer, llevo puesto un vestido largo de lino teñido con índigo natural, una prenda sencilla que se mueve con la brisa salada de Maine. Ya no necesito trajes de presión ni armaduras tácticas; mi piel se ha vuelto más resistente, y el mechón blanco de mi sien es ahora una marca plateada que se funde con las primeras canas reales de mis cincuenta años. Sostengo un viejo diario de papel, aquel que perteneció a Elias, y mis dedos acarician los bordes desga