El viaje hacia las coordenadas que mi madre había dejado ocultas en el reverso de una vieja fotografía familiar no fue un trayecto de lujo. Olvídate de los Mercedes negros y el aire acondicionado purificado. Esta vez, nos movíamos en un convoy de camionetas todoterreno Range Rover, reforzadas con planchas de acero y cristales de polímero, trepando por los senderos casi inexistentes de las Montañas de Adirondack.
El aire dentro del vehículo era espeso. Yo llevaba unos pantalones de combate reforzados y un jersey de cuello alto de lana negra que picaba un poco contra mi piel, ahora mucho más sensible. Encima, una parka técnica con bolsillos tácticos donde guardaba la grabadora de Julian y mi arma. Alexander estaba sentado a mi lado, ocupando casi todo el espacio del asiento trasero. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada sobre una sudadera gris, y su presencia emanaba un calor constante, casi febril. Sus ojos ámbar no se apartaban del bosque, rastreando amenazas que mis ojos humanos