El amanecer en Maine ya no era solo un fenómeno astronómico; ahora era una conversación, desde que regresamos del abismo y activamos la resonancia del zafiro, el aire parecía vibrar con una nota musical constante, un zumbido de baja frecuencia que te acariciaba los huesos.
Me encontraba en mi habitación privada, el único rincón de la Academia que aún conservaba el papel tapiz de seda color champán y los muebles de caoba maciza que pertenecieron a mi madre, estaba de pie frente al gran ventanal