El amanecer en Maine ya no era solo un fenómeno astronómico; ahora era una conversación, desde que regresamos del abismo y activamos la resonancia del zafiro, el aire parecía vibrar con una nota musical constante, un zumbido de baja frecuencia que te acariciaba los huesos.
Me encontraba en mi habitación privada, el único rincón de la Academia que aún conservaba el papel tapiz de seda color champán y los muebles de caoba maciza que pertenecieron a mi madre, estaba de pie frente al gran ventanal, observando cómo la escarcha del cristal se derretía no por el sol, sino por el calor que emanaba de mis propias manos. Llevaba puesto un conjunto cómodo: unos pantalones de lana gris antracita y un jersey de cuello alto de color marfil que contrastaba con la palidez de mi piel, el mechón blanco de mi sien, cargado con el regalo del abismo, emitía un brillo azulado tan sutil que solo era visible en la penumbra. Me sentía... expandida, como si mis terminaciones nerviosas no terminaran en mis ded