CAPITULO 48

El amanecer en Maine ya no era solo un fenómeno astronómico; ahora era una conversación, desde que regresamos del abismo y activamos la resonancia del zafiro, el aire parecía vibrar con una nota musical constante, un zumbido de baja frecuencia que te acariciaba los huesos.

​Me encontraba en mi habitación privada, el único rincón de la Academia que aún conservaba el papel tapiz de seda color champán y los muebles de caoba maciza que pertenecieron a mi madre, estaba de pie frente al gran ventanal
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