CAPITULO 5

La mansión de los Volk siempre se sintió como un mausoleo de mármol y soberbia. Al bajar del coche, el aire frío y húmedo de la noche me golpeó la cara, trayendo consigo el aroma a tierra mojada y a los pinos que rodeaban la propiedad. Miré hacia arriba, hacia la fachada neoclásica iluminada por focos de luz blanca que hacían que las columnas parecieran huesos de un gigante muerto. Hacía menos de cuarenta y ocho horas, salí de aquí bajo la lluvia, con el alma rota y el estigma de la esterilidad marcándome la frente.

​Hoy, las puertas se abrieron antes de que yo llegara a ellas.

​Llevaba puesto un abrigo de lana de camello sobre mi traje borgoña, y mis manos estaban enguantadas en cuero negro. Silas caminaba a mi izquierda, alerta, con su mirada gris escaneando cada rincón de la entrada. Detrás de nosotros, dos enfermeros empujaban la silla de Alexander. Él estaba extrañamente silencioso. Ya no tenía la venda, y sus ojos ámbar, ahora claros y feroces, se movían con una intensidad casi dolorosa, devorando cada detalle de la casa que creía haber perdido.

​—Bienvenida a casa, señora —dijo la vieja ama de llaves, Martha. Su voz temblaba y no se atrevía a mirarme a los ojos.

​—No soy la señora de esta casa, Martha. Soy la dueña —respondí sin detenerme.

​Nos dirigimos al salón principal. Es una estancia inmensa, con techos de doble altura decorados con frescos de escenas de caza y una chimenea de piedra que podría albergar a un hombre de pie. El fuego estaba encendido, pero no lograba calentar el ambiente. En el centro del salón, sentada en un sofá de seda color crema que yo misma había elegido el año pasado, estaba Chloe.

​Ya no era la mujer radiante y provocadora que vi en la oficina. Tenía el pelo rubio desordenado, los ojos inyectados en sangre de tanto llorar y un vestido de lana gris que se le ajustaba al cuerpo, recordándome la mentira que llevaba dentro. Al vernos entrar, intentó ponerse de pie, pero uno de los hombres de Silas, apostado junto al piano, le puso una mano en el hombro, obligándola a sentarse.

​— ¡Alexander! —Gritó ella, viendo a su amante en la silla— ¡Alexander, diles que me dejen ir! ¡Esa loca me ha secuestrado! ¡Está celosa porque yo tengo lo que ella nunca tendrá!

​Alexander hizo una señal para que detuvieran su silla justo frente a ella. Se puso de pie con una lentitud calculada, apoyándose un poco en el brazo del enfermero antes de recuperar el equilibrio por completo. Verlo erguido de nuevo, con su altura imponente y sus hombros anchos, fue como ver a un fantasma cobrar vida. Caminó dos pasos hacia Chloe. Su mirada era un juicio final.

​— ¿Me extrañaste, Chloe? —su voz era un susurro peligroso, el tono que usaba antes de despedazar a alguien en una reunión de negocios.

​— ¡Cariño, puedes ver! ¡Es un milagro! —Ella intentó sonreír, una expresión patética que no llegó a sus ojos— ¡Nuestro hijo estará tan feliz! Tenemos que irnos de aquí, Elena se ha vuelto loca, ha robado dinero de la empresa...

​—Basta —cortó Alexander. Se giró hacia mí— Elena, muéstraselo.

​Saqué un sobre de mi abrigo. No era el historial clínico de Chloe; eso ya lo conocía. Era un informe de laboratorio fresco, obtenido por Silas esa misma tarde. Caminé hacia Chloe y dejé caer los papeles sobre sus piernas.

​—Léelo en voz alta, Chloe. O prefieres que lo haga yo? —pregunté, quitándome los guantes lentamente, dedo por dedo.

​Ella miró los papeles. Sus manos empezaron a temblar tanto que el papel crujió.

​—Es... es falso. Esto es un montaje de los Blackwood —balbuceó.

​—Es un análisis de sangre y una ecografía de alta resolución realizados por el equipo forense de Silas mientras estabas bajo custodia —intervino Silas desde las sombras del salón— No hay feto, Chloe. No hay latido. Lo que hay es una ligadura de trompas antigua y una dosis alta de hormonas sintéticas para simular los síntomas de un embarazo.

​Alexander se inclinó sobre ella, agarrando los brazos del sofá, encerrándola. Su olor a lobo, ahora cargado de una furia gélida, llenó el espacio entre ellos.

​—Me mentiste —dijo él, y la palabra sonó como una sentencia de muerte— Me hiciste echar a mi esposa, la mujer que me salvó la vida, basándote en una mentira sobre un heredero que sabías que nunca vendría.

​— ¡Lo hice por nosotros, Alexander! —chilló ella, rompiendo en un llanto histérico— ¡Tú la odiabas! ¡Ella era aburrida, una carga! ¡Yo te amo, yo puedo darte la vida que te mereces!

​Alexander la agarró por la barbilla, obligándola a mirarlo. Vi cómo sus dedos se hundían en la piel de Chloe. Por un segundo, pensé que iba a romperle el cuello allí mismo.

​—Tú no me amas. Tú amas el apellido Volk y la cuenta bancaria que conlleva. —Él la soltó con asco, como si se hubiera manchado las manos con basura. Luego se giró hacia mí. Sus ojos buscaron los míos, buscando una redención que yo no estaba dispuesta a dar— Elena... yo... lo siento. Fui un estúpido. Fui un ciego en más de un sentido.

​—Lo fuiste —asentí, manteniendo mi voz firme a pesar de la presión en mi pecho— Pero tu arrepentimiento llega tarde, Alexander. Chloe se va de esta casa ahora mismo. Y tú te quedas aquí, pero bajo mis condiciones.

​— ¿Qué condiciones? —preguntó él, enderezándose.

​—Martha —llamé a la ama de llaves— Prepara la habitación de invitados del ala norte para el señor Volk. Y retira todas sus pertenencias de la habitación principal. A partir de hoy, Alexander es un huésped en mi casa.

​Vi el destello de rabia en sus ojos, el orgullo del Alfa herido. Pero también vi la derrota. Sabía que no tenía a dónde ir, que sus activos estaban congelados y que su salud dependía de la medicina que yo tenía en mi bolso.

​—Y en cuanto a ti, Chloe —me acerqué a ella— Marcus te espera afuera. Te llevará a la estación de autobuses. Tienes prohibido entrar en esta ciudad. Si vuelvo a ver tu cara, los informes de tu fraude irán directos a la fiscalía. Y créeme, las cárceles de mujeres no son tan cómodas como este sofá de seda.

​Chloe se levantó, temblando, y caminó hacia la salida con la cabeza baja. Al pasar junto a mí, murmuró algo que solo yo pude oír: "Disfruta de tu victoria, Elena. Pero los Hermanos de Sangre ya saben lo que llevas dentro. No vas a llegar al parto".

​Me quedé helada, pero no dejé que mi rostro mostrara nada. La vi salir, una mancha roja desapareciendo en la oscuridad de la noche.

​El salón quedó en un silencio sepulcral, solo roto por el chisporroteo de la leña. Silas hizo una señal a sus hombres y todos se retiraron, dejándome a solas con Alexander. Él caminó hacia la chimenea y se quedó mirando el fuego. Llevaba una camisa negra entreabierta que dejaba ver las cicatrices de su espalda, aquellas que yo había besado tantas veces cuando creía que el amor era suficiente para salvarnos.

​— ¿Es cierto? —preguntó sin mirarme.

​— ¿Qué cosa?

​—Lo que Silas dijo en la sala de juntas. Sobre el embarazo.

​Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Sabía que este momento llegaría. Me toqué el vientre, esta vez sin ocultarlo.

​—Sí, estoy embarazada de gemelos, Alexander.

​Él se giró lentamente. Su rostro era una mezcla de asombro, dolor y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza. Caminó hacia mí, y por un momento, la antigua Elena quiso retroceder, esconderse. Pero la nueva Elena se quedó firme, con la barbilla en alto.

​— ¿Son... míos? —su voz era un hilo quebrado.

​—Tuvimos una sola noche en los últimos tres meses, Alexander. La noche de nuestro aniversario, antes de que Chloe te convenciera de que yo era el problema. Saca tus propias conclusiones.

​Él extendió una mano, como si quisiera tocarme, pero se detuvo a pocos centímetros de mi vientre. Sus dedos temblaban.

​— ¿Por qué no me lo dijiste? —Había una agonía real en su voz—Podríamos haber evitado todo esto.

​—Te lo iba a decir esa tarde en tu oficina —le recordé, y mi voz salió cargada de todo el veneno acumulado— Llevaba la ecografía en mi bolso, pero antes de que pudiera abrir la boca, me llamaste vientre seco. Me pediste el divorcio porque Chloe te daría lo que yo no podía. En ese momento, decidí que mis hijos nunca tendrían a un hombre como tú como padre. Tendrían a una madre poderosa y eso sería suficiente.

​Alexander cerró los ojos y apoyó la frente contra la pared de la chimenea. Parecía que el peso del mundo se le había caído encima.

​—Lo voy a arreglar, Elena. Te lo juro por mi vida. Voy a recuperar la empresa, voy a protegerte...

​—No vas a arreglar nada —lo interrumpí— Tú vas a sentarte en esa ala norte y vas a esperar mis órdenes. Si quieres ver a estos niños alguna vez, vas a tener que ganarte el derecho de ser un padre. Y ahora mismo, ni siquiera tienes el derecho de ser un Volk.

​Me di la vuelta para subir las escaleras, pero su voz me detuvo una vez más.

​—Silas me contó lo de los Hermanos de Sangre —dijo, y esta vez su tono era el de un guerrero— Saben lo de los gemelos. Elena, dos cachorros Alfa de linajes puros como los nuestros son una amenaza para los radicales. Van a venir por ti. Y Silas es un buen soldado, pero no sabe cómo pelean los de nuestra especie.

​—Sé cuidarme sola, Alexander.

​—No, no sabes —él se acercó, y esta vez no pude evitar que me atrapara el brazo. Su mirada ámbar brillaba con una luz salvaje— Ellos no juegan a las finanzas. Ellos juegan con colmillos y garras. Me necesitas, aunque me odies. Me necesitas para que esos niños nazcan.

​Lo miré a los ojos, sintiendo la electricidad que siempre había existido entre nosotros, una conexión de sangre y destino que ni el odio más profundo podía borrar.

​—Duerme bien, Alexander —dije, soltándome de su agarre— Mañana empieza tu primer día como subordinado de Luna Corp. No llegues tarde a la oficina.

​Subí las escaleras sintiendo el peso de cada palabra. Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con llave y me apoyé contra la madera. Me deslicé hasta el suelo, abrazando mis rodillas. El silencio de la mansión era absoluto, pero en mi mente, las palabras de Chloe y la advertencia de Alexander resonaban como tambores de guerra.

​Saqué mi teléfono y vi el último mensaje de Silas: "Hemos detectado movimientos en los límites del bosque. No estamos solos".

​Me toqué el vientre y cerré los ojos.

​—No dejaré que les pase nada —susurré a la oscuridad—. Aunque tenga que quemar este mundo con Alexander dentro.

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