CAPITULO 4

La sala de juntas de Blackwood Corp no se parecía en nada a la frialdad minimalista de los Volk. Aquí, las paredes estaban cubiertas de terciopelo verde botella y madera de caoba que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. El aire pesaba; olía a cera de muebles antigua, a café cargado y a ese aroma metálico que solo desprenden los hombres que han pasado su vida cazando, ya sea en los bosques o en la bolsa de valores.

​Me detuve frente a las grandes puertas dobles de bronce. Mis manos, ocultas tras la espalda, estaban heladas. Llevaba un traje de sastre de tres piezas en color borgoña profundo, casi del color de la sangre seca. El chaleco se ajustaba a mi cintura, ocultando todavía con éxito la ligera curva de mi vientre, y la chaqueta descansaba sobre mis hombros como una capa de guerra. Silas, que caminaba a medio paso detrás de mí, soltó un gruñido bajo que solo mis oídos de loba —ahora agudizados por el embarazo— pudieron captar.

​—Huelen tu miedo, Elena —murmuró Silas cerca de mi oreja— No dejes que vean que tus manos tiemblan. Si lo haces, estos viejos te devorarán antes de que llegues a la cabecera de la mesa.

​—No es miedo, Silas —respondí, enderezando la espalda mientras sentía el peso de mis botas de cuero golpeando el suelo— Es asco.

​Las puertas se abrieron. Diez hombres y tres mujeres, los pilares de la familia Blackwood, se giraron al unísono. La conversación murió al instante. Me senté en la silla principal, la que había pertenecido a mi abuelo, y apoyé los antebrazos sobre la mesa de caoba. Los diamantes negros de mis anillos brillaron bajo la luz de la lámpara de araña, proyectando sombras que parecían garras sobre los documentos que yacían frente a mí.

​—Veo que todos han recibido la invitación —dije. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, una vibración que cortó el silencio como un cuchillo— Supongo que ya saben que Industrias Volk ha caído. Y que yo soy la razón.

​Un hombre anciano, con la cara surcada de cicatrices y el cabello blanco como la nieve, se inclinó hacia delante. Era mi tío Arthur, el miembro más conservador del consejo.

​—Sabemos que has causado un caos financiero, Elena. Pero también sabemos que sigues casada con ese lisiado. La manada no aceptará a una mujer que todavía lleva el apellido de un enemigo. ¿Cómo pretendes liderar Luna Corp si tu lealtad está dividida?

​Me reí. Fue una risa seca, desprovista de humor, que hizo que Arthur se tensara.

​—Mi lealtad no está dividida, tío. Mi lealtad está conmigo misma y con los hijos que llevo —solté la bomba sin pensar. El silencio que siguió fue absoluto. Silas dio un paso al frente, sorprendido por mi franqueza, pero le hice una señal para que se detuviera— Alexander Volk no es mi marido; es mi prisionero. Y sus hijos serán Blackwoods de pura cepa. Si alguien en esta mesa tiene un problema con eso, puede retirarse ahora. Pero se llevará consigo una demanda por traición y la cancelación inmediata de sus dividendos.

​Arthur abrió la boca para protestar, pero en ese momento, mi teléfono personal —el que Alexander conocía— empezó a vibrar sobre la mesa. El nombre Enfermería San Judas parpadeaba en la pantalla. Lo puse en altavoz.

​— ¿Diga? —respondí, mirando fijamente a Arthur.

​— ¡Elena! ¡Elena, por favor! —era la voz de Alexander. Estaba gritando, de fondo se oían pitidos de máquinas y el cristal rompiéndose— ¡Chloe me ha robado! Se llevó las llaves de la caja fuerte y los registros de los laboratorios... ¡Dile a los guardias que me dejen salir! ¡No puedo ver, Elena, todo está oscuro!

​Los miembros del consejo se miraron entre sí. La desesperación del que fuera el gran Alfa era patética.

​—Alexander, ya te lo dije —dije con una calma gélida— Estás incapacitado. Chloe solo está haciendo lo que tú me hiciste a mí: tomar lo que cree que le pertenece. Si quieres que te ayude, firma el traspaso. No me llames para llorar por una traición que tú mismo sembraste.

​Colgué. El silencio en la sala de juntas ahora era de respeto, o quizás de terror.

​—Cómo iba diciendo —continué, ajustándome el puño de la chaqueta— la fusión de los activos farmacéuticos empezará esta tarde. Silas se encargará de la transición de seguridad. Arthur, tú te encargarás de calmar a los inversores. Si alguno de ustedes intenta contactar con Alexander o con Chloe por la espalda... —me incliné hacia delante, dejando que mis ojos brillaran con un destello ámbar que no pude contener— recordarán por qué los Blackwood fuimos desterrados una vez. No tenemos piedad con los que nos muerden la mano.

​La reunión terminó una hora después. Cuando el último de los consejeros salió de la sala, me derrumbé en la silla. Me dolía la espalda y sentía una punzada punzante en el costado. El embarazo me estaba drenando más rápido de lo que quería admitir.

​—Eso fue... intenso —dijo Silas, acercándose con un vaso de agua— No esperaba que les contaras lo del embarazo. Ahora Alexander es un objetivo, pero tú eres una presa aún mayor.

​—Tienen que saber que hay un futuro, Silas. No solo una venganza —tomé el agua y bebí con sed— ¿Qué hay de Alexander? ¿Es cierto lo de Chloe?

​Silas asintió, apoyándose contra la mesa.

​—Ella no es tonta. Sabe que tú tienes el control legal, así que está intentando liquidar lo que pueda antes de huir del país. Intentó entrar en la caja fuerte de la mansión hace veinte minutos, pero mis hombres la detuvieron. Está bajo custodia en la casa de invitados.

​—Llévala a la mansión —ordené, levantándome con esfuerzo— Quiero verla. Y dile a Marcus que prepare el coche. Vamos al hospital primero.

​— ¿Al hospital? ¿Para qué?

​—Alexander necesita su medicina —dije, y una sonrisa amarga cruzó mis labios— No quiero que muera todavía. Quiero que recupere la vista justo a tiempo para que vea cómo Chloe le confiesa la verdad. Quiero que su primer recuerdo al volver a ver sea el de su propia estupidez.

​Salimos de la torre Blackwood bajo una lluvia torrencial. La ciudad de Nueva York se veía borrosa tras los cristales tintados del coche. Me sentía como si estuviera caminando sobre una cuerda floja sobre un abismo de fuego. Por un lado, mi deseo de destruir a Alexander; por el otro, la necesidad biológica de que él sobreviviera para proteger a la manada y a nuestros hijos de las amenazas externas que Silas mencionaba.

​Llegamos al hospital San Judas. El ambiente era aún más tenso que antes. La prensa se había multiplicado y la policía montaba guardia en la entrada. Al entrar en la habitación de Alexander, el olor a orina y sudor era insoportable. Él estaba atado a la cama; aparentemente había tenido un ataque de ira y había intentado agredir a una enfermera.

​—Suelten a mi marido —ordené a los celadores.

​—Señora, es peligroso... —empezó a decir uno.

​—He dicho que lo suelten. Yo me haré cargo.

​Cuando nos quedamos solos, me acerqué a la cama. Alexander estaba despeinado, con la barba de varios días y los ojos vendados. Parecía un animal herido en una trampa de acero.

​—Elena... —susurró al oír mi perfume— Sé que eres tú. Por favor... la medicina. No puedo más. Siento que mi cabeza va a estallar.

​Saqué el frasco azul de mi bolso. Me senté en el borde de la cama y, con una suavidad que me dolió aplicar, le quité la venda de los ojos. Sus párpados estaban hinchados, pegajosos. Usé una gasa con agua tibia para limpiarlos mientras él temblaba bajo mi tacto.

​— ¿Por qué haces esto? —Preguntó él, su voz era apenas un soplido— Si me odias tanto, ¿por qué no me dejas pudrirme aquí?

​—Porque la muerte es demasiado barata para ti, Alexander —respondí, cargando una jeringa con el suero— Quiero que sientas cada pérdida. Quiero que veas a la mujer que despreciaste gobernando tu mundo. Y sobre todo... —me detuve, con la aguja rozando su brazo— quiero que sepas que el vientre seco es lo único que mantiene a tu manada unida ahora mismo.

​Le inyecté el suero. Vi cómo sus venas se tornaban de un azul brillante por un segundo y cómo sus músculos se tensaban violentamente. Alexander soltó un grito ahogado y se arqueó sobre el colchón. Sus ojos se abrieron de golpe. Eran ámbar otra vez, pero estaban llenos de lágrimas.

​—Puedo... puedo ver —susurró, enfocando la vista en mi rostro. Se quedó paralizado, observándome como si fuera la primera vez que me veía de verdad. Su mirada bajó por mi traje borgoña, por mis labios rojos, hasta detenerse en mi vientre— Elena... tu olor... es diferente.

​—Es el olor de la victoria, Alexander —me puse de pie y me ajusté la chaqueta— Ahora, levántate. Tenemos una cita en la mansión. Chloe te está esperando para darte una noticia que te va a encantar.

​Él intentó moverse, y aunque sus piernas todavía estaban débiles, logró sentarse en el borde de la cama. Estaba desnudo de cintura para arriba, mostrando las cicatrices de la batalla que yo le había ayudado a ganar años atrás. Se veía vulnerable, pero también empezaba a recuperar esa aura de peligro que lo hacía un Alfa.

​—No voy a dejar que me quites todo, Elena —dijo, su voz recuperando parte de su antigua fuerza— Puedes tener el dinero, puedes tener las empresas... pero no me vas a quitar mi orgullo.

​—Tu orgullo murió el día que me echaste bajo la lluvia, Alexander. Lo que queda de ti es solo lo que yo decida dejarte.

​Caminé hacia la puerta sin mirar atrás. Sabía que él me estaba siguiendo con la mirada, una mezcla de odio, deseo y confusión. En el pasillo, Silas me esperaba con el rostro sombrío.

​—Tenemos un problema, Elena —dijo, mostrándome una tableta— No es Chloe. Alguien ha entrado en los registros del hospital y ha robado las muestras de sangre de Alexander y las tuyas.

​— ¿Quién?

​—No lo sabemos. Pero dejaron una marca en el servidor. —Silas me mostró una imagen de un lobo rojo devorando una luna— Es la marca de los Hermanos de Sangre. Una facción extremista que odia los híbridos y los embarazos múltiples en los Alfas.

​Sentí un frío gélido recorrerme la columna. La venganza contra Alexander empezaba a parecer un juego de niños comparado con la tormenta que se avecinaba.

​—Llévalo a la mansión bajo máxima seguridad —dije, señalando la habitación de Alexander— Ya no es solo mi prisionero. Es el cebo. Si esos tipos vienen por nosotros, quiero que Alexander sea el primero que vean.

​Subí al coche sintiendo una náusea repentina. Me tapé la boca con la mano, tratando de no vomitar sobre mi traje de mil dólares. El poder era una corona de espinas, y hoy, las espinas empezaban a clavarse hondo.

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