La mansión de los Volk siempre se sintió como un mausoleo de mármol y soberbia. Al bajar del coche, el aire frío y húmedo de la noche me golpeó la cara, trayendo consigo el aroma a tierra mojada y a los pinos que rodeaban la propiedad. Miré hacia arriba, hacia la fachada neoclásica iluminada por focos de luz blanca que hacían que las columnas parecieran huesos de un gigante muerto. Hacía menos de cuarenta y ocho horas, salí de aquí bajo la lluvia, con el alma rota y el estigma de la esterilidad marcándome la frente.Hoy, las puertas se abrieron antes de que yo llegara a ellas.Llevaba puesto un abrigo de lana de camello sobre mi traje borgoña, y mis manos estaban enguantadas en cuero negro. Silas caminaba a mi izquierda, alerta, con su mirada gris escaneando cada rincón de la entrada. Detrás de nosotros, dos enfermeros empujaban la silla de Alexander. Él estaba extrañamente silencioso. Ya no tenía la venda, y sus ojos ámbar, ahora claros y feroces, se movían con una intensidad casi
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