El bosque que rodeaba la mansión Volk siempre me había parecido un cuadro decorativo, algo que se miraba a través de los cristales reforzados mientras se tomaba una copa de vino. Pero estar dentro de él, a medianoche y bajo una tormenta que parecía querer arrancar los pinos de raíz, era una experiencia religiosa y aterradora. El olor a tierra mojada, a resina y a ese rastro almizclado que dejaban los de la especie de Alexander inundaba mis pulmones, haciéndome sentir pequeña, humana y peligrosamente expuesta.
Iba sentada en la parte trasera del todoterreno blindado. Llevaba unos pantalones tácticos de cordura negra que me rozaban los muslos con cada movimiento y una chaqueta técnica repelente al agua. Mis botas de montaña estaban encajadas contra el asiento delantero para estabilizarme mientras el vehículo saltaba sobre las raíces y el barro. Me sentía pesada. No era solo el equipo o el arma que llevaba en el muslo; era el peso de las dos vidas que crecían dentro de mí. Cada vez que