El bosque que rodeaba la mansión Volk siempre me había parecido un cuadro decorativo, algo que se miraba a través de los cristales reforzados mientras se tomaba una copa de vino. Pero estar dentro de él, a medianoche y bajo una tormenta que parecía querer arrancar los pinos de raíz, era una experiencia religiosa y aterradora. El olor a tierra mojada, a resina y a ese rastro almizclado que dejaban los de la especie de Alexander inundaba mis pulmones, haciéndome sentir pequeña, humana y peligrosa